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Los niños de ahora no son como los de antes

MARUXA
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EN EL pueblo, durante el verano, había dos grupos de chavales. Por un lado estaban los mayores, que tendrían unos trece o catorce años. Y por otro estábamos nosotros, los pequeños, que rondábamos los diez. Hoy me parece una distancia mí- nima. Casi inexistente. Al fin y al cabo, cumplir dos o tres años más es algo que le puede ocurrir a uno de repente, una noche cualquiera, en el preciso instante en el que el nuevo camarero del bar te llama "señor" o a tus espaldas se sientan una docena de universitarios. Pero en aquella época, cuando en tres o cuatro años cabía una vida entera, para un chaval de diez no había mucha diferencia entre uno de catorce y un legionario de pelo en pecho.

Una mañana descubrimos que los mayores habían construido una cabaña en el bosque. Lo había mencionado de soslayo la madre de uno de ellos mientras charlaba con la madre de uno de nosotros, que ejercía de agente doble, así que aquella misma tarde iniciamos las labores de rastreo. Nadie conocía el bosque como nosotros. Sus senderos, sus riachuelos, cada uno de sus recovecos eran nuestra zona diaria de juegos. La encontramos hacia el final de la tarde en un pequeño claro que había en el medio de una carballeira. Desde el primer momento nos pareció una construcción impecable. Uno de los mayores era el hijo del carpintero, así que disponía de tablones, clavos, martillos y serruchos. Hasta le habían puesto una puerta con bisagras. Si la memoria no me falla, regresamos a casa considerando mudarnos a vivir allí.

Aquel verano solo veíamos a nuestros padres para comer

Al día siguiente nos armamos de valor y nos reunimos con los mayores. Les propusimos unir fuerzas y construir entre todos una nueva cabaña más grande, pero esta vez en la copa de un árbol. Uno muy voluminoso con forma de mano abierta hacia arriba, parecida a una garra, que había en un prado cerca del río. Sorprendentemente, los mayores aceptaron sin vacilar y enseguida nos pusimos a colaborar. A los pocos días, todo nuestro tiempo estaba dedicado a levantar aquella cabaña. Sólo veíamos a nuestros padres para comer y para cenar. Todos sufrimos numerosos cortes y rasguños, nos caímos varias veces desde el árbol, uno de nosotros se rompió una muñeca, otro se hizo un esguince de tobillo... Fue uno de los mejores veranos de nuestra vida.

Hace poco, unos amigos me comentaron que le iban a regalar una bici a su hijo por su cumpleaños. El chaval, de unos doce años de edad, es un crío normal. Un poco tímido, pero muy buen estudiante. Su padre me explicó, sin embargo, que le habían programado toda una serie de actividades para los próximos meses de julio y agosto. Academia de inglés y clases de pintura por las mañanas, lecciones de flauta y deberes de redacción en casa por las tardes, etcétera. Me dijo que si quería hacerle yo un regalo, podía comprarle el casco, las coderas, las rodilleras y los guantes. Su intención, de hecho, era motivarlo con la bici para que disfrutase un poco más del buen tiempo durante las vacaciones, porque por alguna razón, dijo, a su hijo no le gustaba el verano.

"Es que los niños de ahora no son como los de antes", añadió la madre con cara de estar revelándome un secreto inaudito. "Puede que tampoco lo sean los padres", le contesté. Pero no me escuchó. Su atención estaba ya centrada en su móvil, donde había reservado el casco que había elegido para que yo se lo regalase a su hijo.

Los niños de ahora no son como los de antes
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