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Macarrones con chorizo

UN VERANO, hace ahora algo más de una década, decidí que tenía que irme a vivir solo. Recapitulando, me di cuenta de que siempre había vivido con alguien. Con mis padres y mi hermano; con un ciento de universitarios en un colegio mayor; con mi novia; con algunos amigos en un piso de estudiantes. Hoy en día me parece una idiotez, pero en aquel momento, quizá tomándome la quinta caña en un chiringuito de playa, con la mirada perdida en un horizonte de proezas inútiles, lo enfoqué como una prueba vital. Una especie de hazaña para tomar conciencia de mí mismo. Un rito de paso. Un viaje iniciático.

Y me mudé. Empaqueté mis cosas, me despedí de mis compañeros con sentidos abrazos y lágrimas en los ojos y puse rumbo a lo desconocido. Al cautiverio de la soledad. A la muerte de mi adolescencia y el nacimiento de mi madurez. Mi metamorfosis particular. Mi inevitable crisálida -esa en la que, y quizá esta no sea la mejor metáfora, me convertiría en mariposa-. Concretamente, un apartamentito de 30 metros cuadrados ubicado en la calle Alfredo Brañas, en Santiago de Compostela, a unos cinco portales del piso en el que vivía tres minutos antes y al que, por cierto, tuve que regresar un cuarto de hora después, ya que no fui capaz de llevarme todos los bultos en un solo viaje. Me quedé allí de cháchara hasta medianoche.

Durante los seis meses que viví solo -no fui capaz de aguantar más- en mi diminuto apartamento, mi madre diseñó un sistema para enviarme fiambreras a través de un señor que conducía un autobús entre su ciudad y la mía. Por ese canal improvisado se empeñaba en mandarme fiambreras, como digo, pero también ropa, dinero, libros, a los bomberos, a la policía, al CNI o a mi médico de cabecera. Insistía en tratar de enviarme cualquier cosa con tal de asegurarse de que me encontraba bien. Por fortuna, médicos, bomberos, espías y policías no le hicieron nunca mucho caso y ninguno aceptó subirse a aquel autobús.

Desde hace algo más de una década, todos los viernes preparo macarrones con chorizo


Y así sobreviví. Sumido en la profunda rutina de las albóndigas, la merluza en salsa verde, el pollo guisado y el cordero al horno. Sin variación. Los sábados y los domingos comía pizza en casa de mis antiguos compañeros de piso y los lunes a primera hora llegaba a Santiago el esperado cargamento con comida para cuatro días. Un problema aritmético que me obligó a ingeniármelas para subsistir también los viernes. Y con mi propio esfuerzo. Sin ayuda de papá y mamá. Que para algo me había ido a vivir solo. Para enfrentarme a las dificultades y estrecheces de la vida.

Fue entonces cuando descubrí los macarrones con chorizo. Mi madre solía preparar platos de pasta cuando yo era un crío, pero siempre eran más elaborados. Los macarrones con chorizo eran la sencillez hecha receta. Y qué buenos estaban. Hervías la pasta, rehogabas amablemente el chorizo, añadías la salsa de tomate, espesa y envidiable, recubriendo la carne con solemnidad, lo mezclabas todo, espolvoreabas una pizca de queso rallado, que al poco tiempo se derretía esmaltando la parte superior de los macarrones, y asaltabas el plato armado con un tenedor que te abría las puertas de la gloria. Hay momentos en la vida de un chico de veinticinco años en los que toda la belleza y toda la poesía se resumen en un plato de macarrones con chorizo.

El viernes se convirtió de este modo en mi día favorito de la semana. Te despertabas con aquella terrible y familiar resaca que, de forma inexplicable, siempre te dejaban los jueves, te ponías un chándal, preparabas una olla entera de macarrones suculentos, incontestables, reconstituyentes, y te los comías con la sensación de haberte convertido en el mejor cocinero de macarrones con chorizo que jamás había alumbrado la gastronomía española. "Cuando termine mis estudios montaré un restaurante de macarrones con chorizo", te decías a ti mismo, vencido ya sobre el sofá. Y la siesta siguiente, hecha de utopías y de resaca y de macarrones con chorizo, era lo más parecido que conocías a la felicidad.

Fue así como la rutina, ese hábito llano y desganado, esa sucesión soporífera de pizza, albóndigas, merluza en salsa verde, pollo guisado y cordero al horno, se vio interrumpida por otra costumbre tan rutinaria como la anterior pero mucho más satisfactoria. Porque si hay algo capaz de dar al traste con una rutina es otra rutina mejor. Y por eso, desde hace algo más de una década, todos los viernes preparo macarrones con chorizo. Y todos los viernes regreso a aquellos días felices en los que comencé a enfrentarme al mundo desde mi diminuto apartamento frente a una olla de pasta.

Todos los viernes, salvo cuando voy a comer con mis amigos al Pingallo, en Ourense, claro. Que son casi todos. Qué aburrimiento, si no.