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Límites

Es difícil aceptar que hay una voz que nunca más vas a volver a escuchar. Una que te ha acompañado desde siempre. La que estaba ahí cuando llegaste. Susurrándote, arrullándote, cobijándote. La primera que escuchaste. Al mundo que conoces le falta esa voz por primera vez. No está en ninguna parte. Guardas silencio unos instantes y te das cuenta de que el sonido del mundo es ahora otro. Se trata de un mundo distinto. Más vacío. Y sientes que cada vez tienes menos que ver con él.

Perder a una madre es comenzar a estar más solo. Para siempre. Cada mañana te encuentras con la misma gente caminando por la calle, pero tú estás más solo. Tu trabajo es el de siempre, pero mientras lo desempeñas te sientes más solo. Ahora hay alguien que no está. Alguien por quien no te puedes interesar. A quien no puedes enviar una foto de tus hijas. A quien no puedes llamar, aunque a veces te descubres a ti mismo, sin saber por qué, sosteniendo en la mano el teléfono, que ahora es un poco más inútil y pesa menos.

Uno nunca sabe en qué momento está escuchando una determinada voz por última vez, cuándo se está despidiendo de alguien para siempre sin saberlo. Resulta sobrecogedor. Borges se refiere a esa idea en el inicio de su poema Límites: "De estas calles que ahondan el poniente, una habrá (no sé cuál) que he recorrido ya por última vez, indiferente y sin adivinarlo, sometido a quien prefija omnipotentes normas y una secreta y rígida medida a las sombras, los sueños y las formas que destejen y tejen esta vida". Ahora sé cuál fue la última calle que recorrí cogido de la mano de mi madre. En ese momento no lo sabía. Me pregunto si resistiríamos la locura de ser conscientes de algo así.

Solo aquello que es finito tiene límites. Aquello que, en un momento dado, se acaba para siempre. Todos crecemos aprendiendo que las personas tienen un final, que las personas que nos acompañan en la vida también tienen un final, aunque quizá nunca lleguemos a asimilarlo por completo. Y cuando esas personas se acaban, se acaban las cosas que nos gustaban de ellas. Cosas que de repente pasan a ser intangibles, a estar hechas de recuerdos que poco a poco se irán deformando, como nubes pasajeras, hasta llegar a desaparecer.

Una de las cosas que más me gustaban de mi madre era el tacto suave de sus manos. Me gustaba acariciarlas, alisar su piel con la yema de mis dedos mientras conversábamos. Cuando yo era pequeño y ni siquiera llegaba a la altura de la pila del baño, siempre le pedía a mi madre que me diese de beber con las manos. Ella recogía entonces un poco de agua bajo el grifo ahuecando las palmas y acercaba sus manos a mis labios. Y me sonreía. Y yo bebía complacido, muchas veces sin sed, solo por la sensación de tener tan cerca las manos de mi madre. Siempre me digo a mí mismo que es algo que nunca olvidaré, pero sé que no es cierto. Todo se olvida. Lo que queda es el recuerdo del recuerdo.

Me gustaba de ella la forma en que organizaba sus cosas, siempre tan caóticamente ordenadas. Desde una cierta distancia, todo en su mesa parecía una anarquía, pero a medida que te acercabas comprendías que cada cosa estaba donde debía estar. Y colocada de la manera en que debía estar colocada. Era cuidadosa con lo importante y descuidada con lo irrelevante. Quiero pensar que he heredado esa virtud. Me gustaba la manera en que quería a mi padre. Y su forma de cantar. Y su empeño por seguir aprendiendo siempre.

Me gustaba que me llamase Bibi. Y Manueliño. Y el amor que siempre sintió por mi hermano pequeño y por mí.

Las personas que nos acompañan en la vida se acaban, igual que nosotros también nos acabaremos en su momento para ellas. Hace casi dos semanas, mi madre supo que había alcanzado su límite. No nos dijo nada, pero lo supo. Había llegado al final. Cuando por fin pude entrar en su habitación, en un mundo extraño en el que por primera vez faltaba su voz, todo me pareció una anarquía. Más o menos como siempre. Pero entonces me fijé en sus gafas. Las gafas que llevaba puestas a diario desde hacía algunos años. Se las había quitado y estaban perfectamente colocadas. En el sitio en el que debían estar. Como una metáfora perfecta de ese caos ordenado que siempre ha sido su vida.

Me quedé un rato observándolas. Reparando en la importancia de aquel gesto. El de una persona que siempre ha sido cuidadosa con lo que había que serlo. Y comprendí en ese momento que la había perdido para siempre. Que la había perdido a ella y a todas las cosas que me gustaban de ella. Que ya no había nadie en el mundo a quien yo pudiese llamar "mamá". 

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