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La vida era otra cosa

SUCEDIÓ MÁS o menos por azar, como en realidad suceden todas las cosas que se planean en la vida. Durante los dos últimos años mi hija se ha quedado varias veces a dormir en casa de sus abuelos. Han sido fines de semana que su madre y yo hemos aprovechado para disfrutar de algún tiempo a solas. Es decir, para asistir a alguna boda encantadora y tan soporífera como ineludible, para cumplir con eventos sociales demasiado lejanos en ciudades demasiado cercanas o para pasar el día en el Ikea de Oporto y comprar todo lo necesario para redecorar alguna habitación. Esta es, en resumidas cuentas, mi vida. Al menos en lo esencial. Todos los escenarios se han ido repitiendo en mayor o menor medida, pero desde que Julia nació, por alguna razón que ignoro, nunca habíamos pasado un fin de semana en casa los dos solos. Todo un sábado y todo un domingo. Ha habido planes completos sin la niña. Rutas diferentes. Actividades distintas. Pero siempre lejos. Nunca en casa. Ni una sola vez en dos años. Hasta ahora.

Supongo que a veces basta con revivir una fracción mínima de tu pasado para que en cierto modo se contagie todo el presente. De repente, como si los acontecimientos durante los dos últimos años hubiesen sido otros, me vi inmerso en un mundo en el que Julia no aparece corriendo por el pasillo para que le leas un cuento en su habitación impidiendo que te derrumbes felizmente sobre el sofá al final del día. Un mundo en el que puedes empezar a ver una película y después continuar viéndola y por último verla terminar, sin cortes ni retrasos, sin tener que tumbarte en la alfombra en mitad de un bellísimo giro argumental para levantar una torre de piezas de Lego o pintar el contorno de tu propia mano sobre un papel una docena de veces. Un mundo en el que si te sirves un vaso de vino, lo puedes dejar en cualquier parte de la mesita del salón sin temor a que termine en el suelo. Un mundo en el que, aún avisándote tus amigos a las diez de la noche, todavía puedes ponerte cualquier cosa y en diez minutos estar en la calle para ir a cenar. Un mundo sin parques ni columpios. Un mundo en el que pides comida a las cuatro de la tarde. Y solo porque de pronto te das cuenta de que todavía no has comido. No porque haya que dormir a la niña a continuación. No porque hayas establecido un hábito en casa que no conviene alterar. No porque lo digan las manecillas del reloj. Comes porque te apetece. Porque de pronto te entran ganas de pizza. Sin más. Y decides que ese momento es tan bueno para comer como cualquier otro. Porque, ya que no tienes nada que hacer, qué menos que hacerlo cuando a ti te dé la gana.

Comes porque te apetece, porque te entran ganas de pizza

Resulta desconcertante. Es curioso cómo a veces nos olvidamos del modo en que eran las cosas hace apenas un instante, en una época muy antigua pero inmediatamente anterior. Durante este fin de semana sin horarios, ni obligaciones ni responsabilidades, he podido recuperar un trocito de aquellos días. De aquella existencia indiferente que forma parte de otro tiempo y de otro lugar. Y he recordado que la vida era otra cosa. Que la vida antes de existir Julia era muy distinta. Y he confirmado, sin lugar a dudas y con una diferencia insalvable, que sin ella era muchísimo peor.

*Ilustración de MARUXA

La vida era otra cosa
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