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La trampa de la puntualidad

SUELO CHARLAR a diario con Javier Fraiz. Ambos formamos parte de un grupo de WhatsApp en el que también militan otro periodista y un abogado. Es asombrosa la cantidad de asuntos que podemos llegar a comentar sin apenas decir nada. Nos pasamos el día hablando a lo largo de extensísimos silencios. Por supuesto, todos permanecemos en el grupo libremente, aunque contra nuestra voluntad.

Resulta curioso cómo, hoy en día, las relaciones más próximas, las amistades más íntimas, son capaces de sobrevivir a distancia. Una persona puede ser tu confidente, tu guía, el hombro sobre el que te apoyas para llorar, y no haberla visto ni una sola vez durante los últimos seis o siete meses. Javier y yo no somos nada de eso el uno para el otro, por lo que concluímos que lo natural sería vernos lo antes posible.

Nos citamos el martes pasado en un bar oscuro y malhumorado del centro de Santiago. Un antro de esos que están llenos de periodistas empeñados en aprovechar su jornada laboral bebiendo, maldiciendo y jactándose de sus conquistas, como exige la profesión.

Habíamos quedado a las once, así que me presenté a las doce menos cuarto. No es que me entretuviese en otros asuntos o me fuese imposible llegar a la hora prevista. De hecho, pasé por delante del bar dando un paseo a las diez y media. Sencillamente, estuve haciendo tiempo en una cafetería cercana para evitar ser puntual. Supe después que Javier había llegado diez minutos antes de lo acordado, por lo que, cuando por fin acudí a la cita, llevaba casi una hora esperando. Por alguna razón, mi tardanza le sentó muy mal.

"Hay que ser un poco más responsable", me gritó con la mirada en cuanto crucé la puerta del bar. Le di un abrazo, me senté a su lado y, con cierto tono despreciativo, me acusó de ser impuntual. Como si fuese algo negativo. Comprendí entonces que a las personas puntuales no sólo les molesta que los demás las hagan esperar, sino que, además, de algún modo, les duele. Les hiere en su orgullo. Ignoran que a veces esa clase de pequeñas derrotas, análogas a las pequeñas victorias, es lo único que te queda. No perduran. No llegan a importarte del todo. Pero durante un breve lapso de tiempo es todo lo que tienes. Como un amor de verano en la adolescencia.

"Eso te lo guardas para una columna –me contestó, todavía molesto–. No me vengas con discursitos". Su actitud egoísta me desconcertó. Era como si realmente estuviese convencido de que era él quien había obrado correctamente y no yo. Como si el hecho de haber acudido a nuestra cita a la hora que habíamos convenido fuese la conducta apropiada.

Días más tarde me cité en Ourense con Juan Tallón. Había quedado en pasar a buscarlo por su casa a las diez de la noche y fui a las diez y media. Al llegar le envié un mensaje comunicándole que estaba frente a su portal y me contestó: "Fúmate un cigarro, tardo quince minutos". No esperaba menos. Aprovechando que no fumo, seguí su consejo.

Le comenté lo ocurrido en Santiago con Fraiz. No daba crédito. Me pidió que le repitiese la historia de nuevo por si se nos estaba escapando algo y, tras muchas deliberaciones, a base de interpretar la reacción de Javier desde distintos ángulos, terminamos llegando a una conclusión disparatada pero plausible.

Por lo que se ve, la gente considera que la puntualidad, la formalidad, la responsabilidad, en definitiva, es síntoma de orden y disciplina. A aquel que cumple con sus compromisos en tiempo y forma se le tiene, de forma automática, por un hombre sistemático y equilibrado. Se produce una equiparación instantánea entre puntualidad y método. Valiente falacia.

Los que somos ordenados y nos ajustamos a rutinas estrictas no necesitamos demostrarlo siendo puntuales o cumpliendo con nuestras obligaciones de forma responsable. Por eso somos informales. Incluso poco serios e incumplidores. Porque, después de todo, somos tan responsables que no necesitamos actuar responsablemente. Si lo hiciésemos, alguien podría pensar que tenemos algo que ocultar.

La persona puntual, sin embargo, es a todas luces un individuo caótico, desorganizado, carente de disciplina. La formalidad es su forma de esconder su grave falta de método. El sentido de la responsabilidad es propio de gente errática y desordenada. De lo contrario, no lo necesitarían. La diligencia en el cumplimiento de un compromiso, hacer siempre las cosas cuando se debe hacerlas y como se debe hacerlas, es una ficción. Un engaño. Una trampa tras la que se esconde un ser anárquico.

Javier Fraiz llegó puntual a nuestra cita del martes pasado porque, en el fondo, es un impuntual. Estoy deseando volver a quedar con él para explicarle por qué es él y no yo quien debería sentirse avergonzado por su poca seriedad. Pienso citarlo mañana mismo a las dos en punto del mediodía. Más le vale tener la decencia de no aparecer antes de las tres.

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