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La reforma de la cocina

EL FINAL del verano no es un simple momento más del año. No es un punto exiguo e insustancial en algún lugar del calendario que, por aproximación, uno sitúa en la primera o la segunda semana de septiembre o cuando desaparezca el calor. No es un hueco desnudo que uno llena a voluntad con un cambio de estación, como quien hace limpieza general o le pasa la ITV al coche. El final del verano tiene la misma sustantividad que la Navidad, la final de la Champions League o el día de tu cumpleaños. No es intercambiable. Y tiene consecuencias. 

El año no comienza el 1 de enero, sino el día siguiente al final del verano. Uno se deshace de su viejo estuche, compra lápices nuevos, les saca punta, los coloca por colores, se acomoda la mochila al hombro y vuelta a empezar. Es el momento de apuntarse al gimnasio, realizar el cambio de armario, ponerse al día con las cuentas, buscar academias para los niños, plantearse nuevos propósitos y, por qué no, hacer la reforma de la cocina. Al menos, en mi caso. Al menos, este año. 

No son acontecimientos correlativos. No es una mera coincidencia. Cum hoc ergo propter hoc. El final del verano implica necesariamente la reforma de la cocina, del mismo modo que las legumbres provocan gases o una votación de investidura en España desencadena la celebración de nuevas elecciones. Una cosa es consecuencia de la otra. Son sucesos concatenados entre los que existe un nexo inevitable de causalidad. Pensar lo contrario sería cometer la estupidez de creer que en mi casa mando yo. 

Y qué amenas son las reformas. Constituyen una singularidad idónea para volverle las tornas a una etapa de agobios y sinsabores. No hay nada como una buena reforma doméstica para relajarse, dejar a un lado las preocupaciones y tumbarse al sol bajo una palmera en cualquier esquina fresquita del salón. La casa se llena de un apacible ruido de sierras radiales cortando baldosas mientras un polvo espeso muy rico en propiedades minerales se deposita poco a poco sobre tu rutina, invadida por plásticos, cartones, electrodomésticos empaquetados y un par de albañiles a los que, por lo que se ve, no conviene pedirles que te acerquen un daikiri a la hamaca de vez en cuando. Ni siquiera el paraíso es perfecto.

Cometes el error de olvidar que una reforma es un organismo vivo

Aunque el mejor momento de toda reforma, el instante en que realmente vale la pena detenerse a paladear su sabor y recrearse en sus matices, no se produce durante el constante martilleo o el chirrido de la sierra de calar. Una reforma alcanza su punto óptimo de degustación en los momentos anteriores a su comienzo. En la fase de toma de decisiones. 

Es ahí cuando comprendes que no hay laberinto más retorcido ni desierto más vasto que un catálogo de muebles. El día que asumes que vas a reformar la cocina das por supuesto que el reloj se pondrá en marcha cuando los obreros lleguen a casa y comiencen a derribar muebles y azulejos. No te das cuenta de que antes de eso hay que solucionar el problema de qué otros muebles y azulejos ocuparán su lugar. 

Y ante ti comienzan a desfilar interminables comparsas formadas por encimeras, mallas de gresite, estanterías e innumerables clases de papel pintado. Todas son distintas entre sí y al mismo tiempo todas son iguales. Como iguales son todas las tiendas y grandes almacenes de muebles y todos sus empleados, que en realidad son el mismo, e iguales son sus insondables catálogos. Llega un momento en que te da igual. Eliges a ciegas, con los ojos cerrados, señalando al azar qué tipo de baldosas quieres y confiando en que, de algún modo, armonicen con el resto de las cosas que has elegido sin mirar. Te das por vencido. La enormidad te ha derrotado. Qué más da una encimera de roble que una encimera de haya, te dices a ti mismo, creyendo que es algo irrelevante. Qué más da una encimera de roble que una encimera de haya, dices incluso en voz alta... 

Pues no. Al parecer no da igual. 

Es increíble lo relevantes que son a veces las cosas irrelevantes. No te das cuenta hasta que estás inmerso en una reforma. El equilibrio de todo cuanto te rodea puede depender de que el mosaico de tonos gris pizarra, gris antracita y gris asfalto sea la decisión correcta en vez del formado por tonos gris ceniza, gris acero y gris grafito. Porque pueden parecer lo mismo, pero resulta que no lo son. Y acertar, llegado el momento clave, es lo más importante. 

Sin embargo pasa el tiempo y llega un día en el que por fin has elegido y los obreros han llegado y la antigua cocina ha desaparecido y la nueva empieza a adquirir sentido y cuando te quieres dar cuenta la reforma ha terminado y todo ha vuelto a la normalidad. Las cosas irrelevantes vuelven a ser irrelevantes, el verano se aleja, has cambiado el armario, te has apuntado al gimnasio y tienes una cocina nueva. 

Cometes el error, no obstante, de olvidar que una reforma es un organismo vivo, cambiante, que se cuela por las rendijas y adopta nuevas formas para no marcharse jamás. Y una tarde de octubre estás leyendo el periódico y tomando un café con leche en tu recién estrenada cocina cuando, de repente, detrás de ti pero en otro eje de coordenadas, escuchas: "Podríamos aprovechar y reformar el baño al final del otoño". Y todo vuelve a empezar.

La reforma de la cocina
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