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La obra de un monstruo

MARUXA
MARUXA

HE VUELTO a ver Un dios salvaje. Es una película a la que disfruto regresando de vez en cuando. Quizá por esa forma tan magnética que tienen sus personajes de romperse en pedazos. O por la habilidad de su argumento para soportar el peso de toda la obra con una sola escena. O por su destreza y precisión desmontando una farsa tan contemporánea como la hipocresía disfrazada de corrección política. Son muchos los aspectos de esa película que me resultan interesantes. Aprecio un enorme talento tanto en el guión como en la actuación y, por supuesto, en la dirección. Lo cual no significa que Roman Polanski, su director, no sea un tipo repugnante.

Tras un acuerdo con la justicia estadounidense en 1978 para evitar cargos más graves, Polanski aceptó declararse culpable de haber mantenido relaciones sexuales con una niña de trece años. Resulta nauseabundo, pero es así. Pasó cuarenta y dos días en la prisión de Chino, en California, para ser sometido a una evaluación psiquiátrica que debía servir para determinar su condena definitiva. Pero nunca hubo tal condena. El cineasta se fugó del país, procurando evitar desde entonces cruzar cualquier frontera que pudiese desembocar en su extradición a Estados Unidos. Durante estas cuatro décadas ha seguido siendo reclamado por la justicia estadounidense, ha sido acusado de haber abusado sexualmente de otras mujeres cuando eran niñas —entre ellas las actrices Charlotte Lewis y Renate Langer— y, al mismo tiempo, ha filmado películas impecables, y a lo mejor perfectas, como Un dios salvaje o El pianista. Y mucho me temo que esto último, aunque pueda doler o molestar, no tiene nada que ver con lo anterior.

No obstante, hay quien opina lo contrario. Muchos sostienen que artista y obra son inescindibles. Que no pueden ser juzgados por separado. Que “el arte de los hombres monstruosos”, como los llama la escritora Claire Dederer en su célebre artículo para The Paris Review Daily, debe ser condenado con ellos. El profesor y teórico del cine Laurent Jullier opinaba en un reportaje publicado en octubre de 2017 en la edición francesa de Vanity Fair que, en nuestro empeño por sacralizar el arte, hemos querido crear una nueva aristocracia: la de los artistas, “situados en un pedestal y sujetos a diferentes leyes”. Aunque matizaba: “Históricamente,  dos actitudes coexisten en el espectador: quienes consideran que la estética es autónoma y quienes creen que está conectada con la ética y la moral”.

Sin embargo, exista o no una conexión entre la moral de un individuo y la forma en que éste se expresa artísticamente, no entiendo de qué manera puede influir eso en el espectador, que en la inmensa mayoría de los casos —por no decir absolutamente todos, incluyendo el de Polanski— desconoce el código ético por el que rige su conducta un artista determinado. La obra es observada y evaluada por el espectador de manera objetiva. De igual forma que, por lo general, uno ignora qué intentaba expresar concretamente el autor de un cuadro o una escultura y valora la obra basándose únicamente en la información que ésta le proporciona. Lo artístico debe ser considerado aisladamente de la moral. Los cuadros de Caravaggio son exactamente los mismos antes y después de descubrir que mató a un hombre. La obra de Céline es la misma antes y después de descubrir —Antoine Gallimard mediante— que era antisemita. Y lo mismo ocurre con H.P. Lovecraft, James Levine y tantos otros. Que un artista sea mala persona, incluso un delincuente, incluso un monstruo, no quiere decir que no pueda firmar una obra magnífica y, lo que es más importante, libre de culpa. Porque defender lo contrario es defender la perversión de que sólo las buenas personas pueden hacer arte. De modo que no es cierto que los artistas estén “sujetos a diferentes leyes”. Aquí el que la hace, la paga. Pero no son las películas de Polanski las que fueron constitutivas de delito. Fue su comportamiento despreciable con aquella niña.

Llevado hasta el extremo, este razonamiento conduciría a defender que un violador, por ejemplo, escriba poemas sobre la violación. Y en realidad así debe ser. Sus atrocidades serán juzgadas y él será condenado, pero sus poemarios no deben ser condenados con él. Aunque cada uno decidirá si la conexión entre el arte y la moral de un individuo es lo bastante sólida como para no querer acercarse jamás a su obra. O si, sencillamente, la ignorará porque su autor le repugna. Como me repugna a mí Polanski. Aunque piense que El pianista es una de esas películas que cada vez que las ves te salvan un poco la vida. Y lo seguiría siendo la firmase quien la firmase. Pero, sobre todo, no lo habría sido nunca si sólo las buenas personas pudiesen hacer arte.

La obra de un monstruo
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