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La importancia de saber morirse

EN EL fondo, morirse tiene sus cosas malas. Al contrario de lo que pueda parecer, no todo son ventajas. En cuanto uno fallece, por ejemplo, deja de existir para siempre, lo que puede constituir un inconveniente cuando lo que nos pide el cuerpo es seguir existiendo. En determinadas ocasiones, de hecho, no existir puede convertirse en algo muy molesto. Como esa escena de La última noche de Boris Grushenko en la que al viejo Nehamkin le cae encima un rayo que lo reduce a ceniza y el pobre no llega a tiempo a la cena, haciendo esperar a un montón de gente. La madre de Boris sale en su búsqueda y, al encontrarse el montón de ceniza en el suelo, pregunta: "¿Qué te ha pasado, Nehamkin? No tienes buen aspecto. ¿Te encuentras bien? ¿Estás muerto?".

Morirse no es para todo el mundo. Hay personas a las que se les hace raro. No creo que llegue a ser una incomodidad insufrible -al fin y al cabo, cuando uno fallece pierde bastante sensibilidad-, pero entiendo que les resulte extraño. Que no se sientan del todo católicos. Como cuando te pica un poco el jersey o notas que has comido demasiado. Estás bien, no te duele nada, pero estás raro. Por fortuna, la muerte es algo a lo que, al final, con toda la eternidad por delante, te acabas habituando.

Las ventajas de morirse son obvias. La barba deja de crecer, por lo que uno ya no tiene que afeitarse todas las mañanas. En general, el colapso del organismo supone un ahorro considerable en todos los gastos relacionados con la higiene diaria, como el papel higiénico, la pasta de dientes, el desodorante, los bastoncillos para los oídos o el champú. Es difícil que a alguien le parezca mal que a un muerto le huela el aliento o que no vaya bien peinado. Y aunque así fuese, lo normal es no comentarlo. Por puro decoro con el finado.

Que al fallecer se ahorra una barbaridad en cosas materiales es un hecho demostrado. Se acabó eso de pagar el alquiler, la letra del coche, la cuota de autónomos o las facturas de la luz y el teléfono. La renuncia obligatoria al WhatsApp y las redes sociales puede suponer un hándicap, pero se trata de un proceso de depuración en el que al final queda sólo lo importante, que es uno mismo y su espíritu. No hay más dolencia de riñones, ni reuma, ni gastroenteritis, ni preocupaciones, ni jaquecas. Es gloria bendita. Que a morir se le llame "pasar a mejor vida" no es casualidad.

Sin embargo, contra toda lógica, hay gente que no quiere morirse. En la última entrevista que le hicieron a Roberto Bolaño -figura en el volumen Entre Paréntesis (Anagrama, 2004) junto a una recopilación de artículos, columnas y discursos del escritor-, publicada en la edición mexicana de Playboy, le preguntan al autor chileno qué cosas desea hacer antes de morir, a lo que él responde que no morirse. Como si Bolaño, al igual que tantos otros, le encontrase alguna utilidad a vivir indefinidamente.

Cuánto mejor le habría sentado a ese hombre morir en los años setenta y que la gente pudiese llorar su pérdida



Es una equivocación muy común anhelar la vida eterna, cuando morirse, aunque sea sin querer, es algo de lo más conveniente. Cuánta gente lo ha echado todo a perder por no querer irse a tiempo al otro barrio. No hace mucho ha fallecido Chuck Berry. Llevaba treinta y ocho años sin publicar un solo disco. Callado. Apartado. Casi cuatro décadas siendo olvidado. Cuánto mejor le habría sentado a ese hombre morir en los años setenta y que la gente pudiese llorar su pérdida y echarlo de menos y lamentar que no fuese a publicar más discos y desear todo este tiempo que todavía estuviese entre nosotros. Son ganas de arruinar tu leyenda empeñándote en continuar viviendo.

Algo similar les ocurre a otras viejas glorias como Doris Day, Angela Lansbury o Charles Aznavour. Hoy podrían estar viéndose a sí mismos en las revistas, felizmente fallecidos, rodeados de sentidos homenajes y muestras públicas de cariño, y sin embargo están en sus casas completamente vivos. Aznavour, por si fuera poco, inaugurará este verano el festival Mawazine de Rabat, el evento musical más multitudinario de toda África, recogiendo así el testigo de artistas como Ricky Martin, Shakira, Justin Timberlake o Jennifer Lopez. A sus noventa y dos años. Habrá quien opine que su momento, a la vista de los acontecimientos, todavía no le ha llegado, pero es evidente que esto del festival de Marruecos es sólo un intento desesperado por hallar un pretexto para no hacer las cosas cuando es debido.

Pero los peores son los que ya han fallecido y sin embargo siguen ahí, vivitos y coleando. Como Elvis, quien, al parecer, según se comenta en los mentideros de Memphis, todavía vive en Buenos Aires. O Hitler, de quien también se dice que huyó a Sudamérica y vive en Argentina a sus ciento veintisiete años. Algo similar a lo que ocurre con otros como el Borbón Luis XVII, de quien se aseguró que no murió torturado a los diez años de edad durante la Revolución Francesa, como su padre, sino que fue rescatado por partidarios de la monarquía y, en consecuencia, todavía campa a sus anchas por Francia. Cumplió el pasado día 27 de marzo doscientos treinta y dos años. Es gente que no sabe morirse como Dios manda.

Claro que a Dios o, más concretamente, a su hijo, sobre lo de no morirse cuando le corresponde es mejor no decirle nada.

La importancia de saber morirse
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