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La imperfección en una cinta de cassette

HOJEANDO LA prensa he descubierto que vuelven las cintas de cassette. No van a sustituir a los servicios de música en 'streaming'. Ni a los CD. Ni siquiera a los vinilos. Pero cada vez hay más grupos que deciden publicar sus discos y maquetas en cassette. Como han hecho toda la vida las auténticas bandas de punk, siempre ancladas al futuro.

Al principio pensé que tenía algo que ver con esa especie de clasismo cultural que se da particularmente en la música y que tiende a confundir lo inusual o lo extravagante con lo genuino. Publicar en cassette te aparta del común de los grupos. Te hace especial. La eterna y aburridísima sobredimensión de la pose. El triunfo de la estética sobre el contenido. De la forma sobre el fondo. La necesidad de dejar claro al primer toque que no eres uno más. Sacas un disco en cassette porque tu obra, la de un tipo tan interesante y con tanto mundo interior, no tiene nada que ver con las bagatelas que publica la plebe. Y eso debe notarse.

No había razón para pensar que fuese otra la causa. Al fin y al cabo, es algo que ya sucedió en gran medida con los vinilos hace apenas tres o cuatro años. Sin embargo, precisamente esa coincidencia era la que dificultaba la posibilidad de que el regreso de las cintas de cassette se debiese a actitudes impostadas. Porque si se redujese a una mera cuestión de apariencia, se trataría de un apetito ya saciado. Por eso llegué a la conclusión de que el nuevo auge de los cassettes debía de obedecer a otro motivo. Y sospecho que tiene mucho que ver con las manzanas del supermercado.

Me explico. Hace unos días no tenía nada que hacer y decidí ir a comprar manzanas. Fue una idea como otra cualquiera. Podría haber quedado con algún amigo o haber visto una película o haber escuchado algún disco, pero decidí que me apetecía ir a comprar manzanas. Cuando llegué al supermercado, comprobé que parecían todas iguales. Ficticias. Como de atrezzo. Daban la impresión de haber sido seleccionadas a propósito. Carecían de esa saludable apariencia de realidad, tan apetecible de vez en cuando en un alimento, pero su belleza era hipnótica.

Las manzanas del supermercado, su aspecto inmaculado, casi prefabricado, son un síntoma de nuestra inexplicable querencia por la perfección. Por alguna razón, nos maravilla y nos atonta. Cuando creemos haber dado con ella, nos quedamos mirando embobados, envidiando sus inaccesibles cualidades. Nos ocurre con todo. Con las estupendas manzanas del supermercado, pero también con el fútbol, que endiosamos cuando se nos explica que un equipo ha alcanzado la excelencia porque ha completado ochocientos pases, o con algo tan superficial como la última versión de un teléfono. Con todo. Incluso admiramos la perfección en las vidas de los demás y maquillamos la nuestra con filtros idóneos y encuadres oportunos para subirla después a las redes sociales y exhibirla como inmejorable.

Hay algo incómodo y perturbador en la perfección. Su naturaleza, carente de vicios y defectos, nos es ajena


Sin embargo, hay algo incómodo y turbador en la perfección. Su naturaleza, carente de vicios y defectos, nos es ajena. No es posible identificarse con ella. Sentirse parte de ella. Es un espejo inalcanzable que devuelve una visión distorsionada de la realidad. Que refleja la imagen imposible de un mundo ilusorio. Y a pesar de ello, hemos llegado a un punto en el que la proximidad de la perfección se ha convertido en una cuestión de mínimos. Como si todo lo que no sea prácticamente perfecto ni siquiera pasase el filtro. Tu coche. Tu pareja. Tu casa. Tu ropa. Tu trabajo. Tu familia. Tu ordenador. Tus chistes. Tus razonamientos. El estilo de tu equipo de fútbol. Las manzanas del supermercado. La perfección se ha convertido en algo casi insoportable.

Por eso regresa el cassette. Porque nos hemos cansado de la pureza digital y circular de los CD. Del 'streaming' y su presencia intangible, invisible, etérea e hiperespacial. Por el sonido mágicamente escacharrado de las cintas de ferro-cromo. Porque, de vez en cuando, necesitamos volver a rebobinar. Por la misma razón por la que nos gusta ese lunar. La misma por la que adoramos ese extraño ruidito que hace nuestro coche y sólo nuestro coche al arrancar. Por eso nos gusta ese otro fútbol que no roza la excelencia. Y las muescas de nuestro teléfono. Y las fotos sin filtros. Y las manzanas únicas e irregulares de la frutería del barrio.

Vuelve porque es imposible vivir continuamente en lo inmaculado. Tal vez las cintas de cassette se hayan convertido en la metáfora perfecta. Imagino que no nos queda más remedio que terminar detestándola también.