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La Galicia fea

CUANDO ERA pequeño, mis padres decidieron apuntarme a clases de pintura. Por si no tenía yo bastantes problemas ya con estar gordito, no saber jugar al fútbol y pasarme los recreos leyendo solo en un rincón del patio.

Recuerdo que ocurrió una tarde extraña. Tan extraña que debió de ocurrir por la mañana. Unos días antes yo había regresado del colegio con unas ganas incontenibles de hacer los deberes, así que me puse a garabatear durante horas unas Tortugas Ninja en un cuaderno para reprimirlas. Mi madre se percató enseguida de mi interés por el dibujo y, como buena madre imparcial que era, comenzó a pensar que tal vez su hijo podría ser el nuevo Leonardo —el pintor renacentista, no la Tortuga Ninja del antifaz azul—. Por si acaso, me llevó al estudio de una conocida pintora amiga suya y me dejó allí para iniciar aquel mismo día mi formación. De repente me había convertido en aprendiz de algo.

La pintura no se me daba mal, pero tampoco bien. El principal problema es que no era lo bastante paciente. Quería terminar el cuadro lo antes posible y eso me llevaba a ser muy poco meticuloso. Tenía cierta habilidad para pintar los fondos. Reproducía bien las tonalidades del cielo, las texturas del mar, la penumbra de las montañas lejanas. Todo lo que se pudiese hacer con el pincel más gordo. Sin embargo era un desastre con los detalles. Con las ramas y las hojas de los árboles. Con las tejas de las casas. Con las caras de las personas. No tenía aguante para cambiar del pincel gordo al pincel fino y el resultado era desastroso. Pintaba bien si se trataba de pintar de lejos. Si se trataba de pintar de cerca, engendraba adefesios.

Descubre un somier a modo de canilla y se siente en casa

Mi maestra, la pintora, renegaba de mi obra. Cuando le mostraba uno de mis lienzos, pegaba un alarido de terror y se cubría la cara despavorida con el dorso de las manos, como Christine al contemplar el rostro aberrante del Fantasma de la Ópera. Aquella señora me habría repudiado sin dudarlo, pero su amistad con mis padres se lo impedía. A ellos, por el contrario, mis cuadros les resultaban de lo más satisfactorio. Mi madre llegó a colgar docenas en los pasillos y habitaciones de nuestra casa. La pintora les explicaba que aquellas pinturas eran lo que técnicamente se conocía como basura, pero a ellos no les importaba. Les gustaban mis cuadros porque eran míos. Porque si los hubiese pintado como mandaban los cánones, de acuerdo con las más elementales reglas estéticas, no sería yo. Aunque fuesen, en efecto, horrendos.

La de mis padres era una actitud comprensible. Por lo general, todos tendemos a otorgar un gran valor a lo nuestro solamente por el hecho de ser nuestro. Ese es el motivo por el que ese aforismo que dice que el nacionalismo se cura viajando siempre me ha parecido una perfecta estupidez. En primer lugar, porque hablar en términos de curación es de una superioridad moral ciertamente odiosa. Y en segundo lugar, porque uno siempre suele extrañar y sobrestimar lo propio e infravalorar lo ajeno. Especialmente cuando se encuentra fuera de casa. Aunque el césped de los vecinos siempre nos parezca más verde.

Y la razón de que siempre nos parezca más verde es que a lo mejor, sencillamente, lo es. Uno sale de Galicia a dar una vuelta por tierras del Cantábrico, por ejemplo, y se encuentra con pueblos impecables, con un medio rural armonioso, con un esmerado cuidado del paisaje. Cuando volvemos a casa y llegamos a ese punto de las montañas desde el que podemos observar Galicia entera, hasta la orilla del mar, nos reconforta comprobar que también se trata de un lugar hermosísimo. Pero a medida que nos vamos adentrando en él nos vamos dando cuenta de que, visto de cerca, mucho de lo que habría requerido paciencia y buen gusto también ha sido pintado con el pincel gordo. Con urgencia. Para acabar lo antes posible el cuadro. Porque por ahí fuera no se ven muchas casas centenarias rematadas con ladrillo hueco a la vista. O pegotes de hormigón que parchean alguna construcción de piedra. O fincas cerradas con chatarra. O láminas de metal a modo de puertas o contraventanas. Todo eso, que algunos podrían considerar técnicamente como basura, es algo que indigna a muchos gallegos. Que incluso los llevaría a renegar de su tierra.

Sin embargo a mí me encanta. Y me encanta porque es mío. Es un fenómeno que sólo he visto aquí. Uno llega, descubre un somier a modo de cancilla y de pronto se siente en casa. Porque esa es nuestra forma de hacer las cosas. Es así como somos. Y si las hiciésemos como mandan los cánones, de acuerdo con las más elementales reglas estéticas, no seríamos nosotros.

Por eso algunos sí apreciamos los elementos que dan forma a la Galicia fea. Porque son nuestros. Aunque sean, en efecto, horrendos.

La Galicia fea
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