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La felicidad es un sólido

EL VIERNES pasado, trabajando en la novela, se me atragantó un párrafo. Uno de esos importantes, definitivos, de los que te encuentras en el centro de una página y notas cómo arquean un poquito el papel. No era capaz de darle forma. Si le añadía un poco por aquí, se descompensaba por allá. Lo calzaba por un esquina y cojeaba por cualquier otra. Era difícil hallar el equilibrio. Llegué a pensar que jamás lograría nivelarlo. "Aquí se termina mi carrera como escritor —suspiré desmoralizado—. No soy capaz de salir de este párrafo".

Al final, y a base de puntales, conseguí domarlo. No era ninguna maravilla pero al menos no se venía abajo. Eché una mirada cobarde al reloj y eran las nueve de la noche. Por culpa de aquel párrafo holgazán y defectuoso iba a tener que quedarme en casa escribiendo hasta tarde. Justo ese viernes. Con las ganas que yo tenía de ir de bares para poder quejarme en voz alta de lo poco que se me perdía a mí en los bares y de cuánto mejor habría sido quedarme en casa escribiendo hasta tarde. Qué mundo más injusto.

Cogí el teléfono y le envié un mensaje a Miguel, un buen amigo, para que me contase sus planes. Me imaginaba que iría a cenar o a un concierto o a tomarse unas copas en algún antro tan innecesario como inevitable. Yo no podía acompañarlo, tenía que escribir. Sin embargo, por puro masoquismo, necesitaba terminar de fustigarme.

Miguel ejerció de gallego. Cuando le pregunté qué iba a hacer esa noche me contestó preguntándome qué iba a hacer yo. "Pues me quedo en casa —le dije—. Me ha sentado mal un párrafo que estaba en mal estado". Su respuesta fue un mensaje concluyente, firme como una baguette de dos días, en el que me decía que él tampoco salía esa noche: "Estoy tirado en el sofá con mis hijos comiendo cacahuetes y viendo Sherlock". Se notaba que lo había escrito con voz orgullosa, plena de satisfacción. Y ahí se terminó la conversación. Miguel también se quedaba en casa y aquello parecía hacerle sentirse afortunado.


Comprendí entonces que algo se me escapaba. Y recordé aquel párrafo de El periodo azul de Daumier—Smith, el penúltimo relato de Nine Stories, en el que Salinger escribe que, aunque siempre nos demos cuenta demasiado tarde, la diferencia más notable entre la felicidad y la alegría es que la felicidad es un sólido mientras que la alegría es un líquido. Y pensé en cuánto le gustaba a Miguel salir de fiesta los viernes. Tanto como a mí. Pero cuánto le hacía feliz, al mismo tiempo, quedarse en casa.

Y me lo imaginé en ese sofá, viendo esa serie británica con sus dos hijos, Iago y Miguelito, comiendo cacahuetes un viernes por la noche, ajenos al invierno, y entendí que, aunque le encantase salir de copas el fin de semana, aquello le hiciese feliz. Entendí que, después de una semana de trabajo duro y estrés en el despacho, de largas horas frente al ordenador y reuniones interminables, de madrugones imposibles, de comidas de negocios y aburridas cenas con clientes que se terminan cuando tu mujer y tus hijos ya llevan horas durmiendo y la casa está a oscuras y en silencio y tú entras sin hacer ruido y te sientes un poco un intruso, pocas cosas puede haber más agradables que quitarte los zapatos, ponerte una camiseta y echarte en el sofá con tu familia a ver un rato la televisión. Sin más.

No tengo horarios. Los descansos duran lo que a mi caprichosa y débil voluntad le dé la gana

Tal vez, como señala Salinger, yo me haya dado cuenta demasiado tarde. Sin embargo no es extraño, ya que en mi caso no existe ese contraste. Ese ritmo de vida asfixiante fuera del hogar que invade sin misericordia todas las horas del día y el deseo ansioso de disponer de algo de tiempo libre para pasar un rato con los tuyos en casa es algo de lo que yo carezco. Y uno no puede echar de menos aquello que no conoce.


Mi trabajo no me permite saber qué se siente regresando a casa el viernes por la tarde. Porque yo ya trabajo allí. Me levanto por la mañana, me preparo un café y me siento a escribir en pijama. A veces es a una hora y otras veces, dependiendo del sueño que tenga, es a otra. No tengo horarios fijos. Los descansos duran lo que a mi caprichosa y débil voluntad le dé la gana. Cuando estoy cansado me da por ver una película en el ordenador o echarme un rato a leer en cama. Y lo peor es que nadie me lo reprocha. A veces no vuelvo a escribir nada hasta el día siguiente. Si me aburro, caigo en la tentación y bajo al bar. Y no puedo extrañar a los míos porque me basta con pasar de vez en cuando por el salón. Mi vida, desafortunadamente, está a diez metros de mi despacho.

Es terrible. Después de hablar con Miguel y de comprobar lo dichoso que se sentía caí en la cuenta de lo desgraciado que soy. Tengo la impresión de estar viviendo en el Caribe y no saber lo que se siente cuando en Galicia, de repente, un par de semanas al año hace buen tiempo. No conozco esa sensación y me pregunto qué he hecho yo para merecer semejante condena. La felicidad no es más que un sólido contra el que estrellarse.

La felicidad es un sólido
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