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La felicidad era esto

RECUERDO A mi padre jugando al Super Mario Bros 3. Solamente ocurrió en una ocasión, un sábado por la mañana, a principios de los años 90, cuando las mañanas de los sábados eran eternas y ligeras y transcurrían en pijama al lado de una chimenea encendida, aunque no hubiese chimenea. Mi madre había salido a hacer unas compras con mi tía y mi hermano pequeño y yo nos habíamos quedado jugando a la consola en el salón, sentados en el suelo, frente a la tele, en un punto concreto de nuestra casa en el que, por aquel entonces y a aquellas horas de un sábado, se hallaba aproximadamente el centro del universo.

A mi padre no le interesaban los videojuegos. Solía sentarse frente a su máquina de escribir detrás de nosotros y se pasaba la mañana contemplando el horizonte a través de la ventana hasta que, de pronto, tecleaba algo compulsivamente, como si se le fuese a escapar entre los dedos, y regresaba con su mente a dondequiera que hubiese estado los últimos tres cuartos de hora. Y era precisamente por ese desinterés, por esa indiferencia que le causaban los videojuegos, por lo que mi hermano y yo insistíamos todos los sábados en que jugase. En que lo probase al menos una vez. En que lo rechazase con conocimiento de causa. Hasta que un día, quizá por llevarse a sí mismo la contraria, aceptó.

Imaxe para o blog de de Manuel de Lorenzo (13/04/2018)​Mi hermano y yo abandonamos de inmediato la partida que estábamos jugando y colocamos a Mario en la primera fase del primer nivel. Después de recibir toda una serie de instrucciones sobre cómo controlar a aquel diminuto fontanero que se movía errático por la pantalla, mi padre cogió el mando, se situó frente al televisor y comenzó a jugar. No duró ni cinco segundos. El primer goomba, el primer enemigo que se acercó a él avanzando distraída y flemáticamente, tal vez consciente de su destino, lo mató. Fin. Se terminó la partida. A excepción de lo de Paquirrín en Supervivientes, jamás he visto a nadie esforzarse tan poco por subsistir.

Entonces se echó a reír. Yo gritaba "¡tenías que haber saltado!" y él se partía de risa. Dejó el mando en el suelo y regresó a su mesa muy sonriente, feliz de no tener ni idea de cómo se jugaba a los videojuegos, restándole importancia a algo que para mí la tenía toda. Tardé años en comprender que mi padre estaba contento porque era consciente de que se había quedado atrás. Porque sabía que ya no necesitaba seguir esforzándose por seguirle el ritmo al mundo. Porque el futuro avanzaba en un tren que, definitivamente, él había perdido y tras el que ya no se sentía obligado a seguir corriendo. Con el tiempo llegué a envidiar esa sensación. La reacción que tuvo mi padre aquella mañana de sábado. La felicidad de quien por fin es libre para dejarse ir.

La semana pasada entré en un bar, pedí un café, abrí un periódico y leí que una empresa que se dedica a "desarrollar un mercado de productos basados en blockchain" había perdido "el capital de una emisión en criptomoneda". Al parecer, había realizado una "initial coin offering registrada en Gibraltar" en la que había conseguido "mil ethers", pero debido a un error de programación los había perdido. Continué leyendo el artículo con detenimiento y, cuando lo terminé, comprendí que no me había enterado absolutamente de nada.

"Por fin ha llegado mi momento —pensé mientras sonreía y removía mi café—. La felicidad era esto".

La felicidad era esto
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