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Juan Rulfo y el tiempo perdido

HAY ALGO sutil e irresistible en perder deliberadamente el tiempo. En cierta forma, se parece mucho a un placer culpable. Es como dormir despreocupado en el hotel hasta que te avisan de que tenías que haber dejado la habitación a las doce o ver cemento recién alisado en la calle y dejar para siempre la huella de una mano. A veces, cuando las obligaciones se te acumulan y tienes varias horas de trabajo pendiente por delante, no hay nada como sentarse a la sombra de un árbol con un gintonic inevitable y dejar que el tiempo transcurra sin hacer absolutamente nada de nada.

Suele ocurrir. Uno organiza su semana el lunes a primera hora de la mañana y el mundo, aunque resacoso y somnoliento, parece arrancar sin contratiempos. Al llegar el martes las cosas todavía se ajustan a lo previsto; la vida siempre es feliz y apacible los martes. Pero entonces se presenta el miércoles y, con él, a eso de media mañana, una tentación con forma de comida de viejos amigos aparece de la nada y te secuestra hasta bien entrada la tarde, que se tuerce sin remedio hasta echar a perder todo el plan, arrugado ya sin clemencia contra la mañana del jueves.

Todo se apelotona entonces y te ves obligado a correr para alcanzar tu propio calendario, pero qué tipo de rutina inclemente sería la existencia si no fuese por esa clase de oportunos despilfarros. Lo escribe Albert Camus en ‘La peste’ a través de las anotaciones del peculiar Jean Tarrou, quien entiende que la mejor forma de no perder el tiempo es, en efecto, perderlo a conciencia. Se refiere, en concreto a «sentirlo en toda su lentitud». Y añade los medios para lograrlo: «Pasarse los días en la antesala de un dentista en una silla inconfortable; vivir el domingo en el balcón, por la tarde; oír conferencias en una lengua que no se conoce; escoger los itinerarios del tren más largos y menos cómodos y viajar de pie, naturalmente; hacer la cola en las taquillas de los espectáculos, sin perder su puesto, etc.».

Porque perder el tiempo a propósito es, en realidad, la mejor forma de aprovecharlo. Todo es cuestión de constancia. Empiezas a no hacer nada en la sobremesa de un miércoles y, poco a poco, apenas sin darte cuenta, consigues no hacer nada en todo el día. Incluso en todo lo que queda de semana. Una cosa es ser incapaz de hacer lo que uno quiere por causas ajenas a su voluntad. El retraso de un tren. Un atasco en la autopista. Un contratiempo indeseable. Pocas cosas hay más molestas que perder el tiempo cuando uno no quiere perderlo. Pero malgastarlo a conciencia, dilapidarlo adrede, es quizá la única manera sensata y coherente de emplearlo.

Creo ciegamente en esta idea. En ocasiones, el tiempo perdido sirve, entre otras cosas, para gastarlo en todo aquello que aplazaríamos si nos dedicásemos a hacer únicamente lo que debemos. Hace poco he leído que estos días, en la ciudad mexicana de Puebla, se conmemora el centenario del nacimiento de Juan Rulfo mediante una exposición de algunas de las muchas fotografías que realizó a lo largo de sus viajes. Tengo la sensación de que Rulfo, quizá uno de los escritores más influyentes de la historia en lengua castellana, era un hombre que adoraba perder el tiempo escribiendo.

A su muerte, se hallaron en su casa varias cajas de zapatos en las que el autor guardaba casi siete mil negativos. En su biblioteca, además de miles de recortes de imágenes que se encontró en diferentes revistas, atesoraba más de setecientos volúmenes sobre fotografía. A veces, cuando pienso en la brevedad de su obra literaria -apenas algunos cuentos y un par de novelas- y la comparo con su extenso trabajo fotográfico, no puedo evitar pensar que tal vez Juan Rulfo, en realidad, era fotógrafo. Y en ese caso es una suerte que supiese perder el tiempo de vez en cuando con la literatura.

Me pregunto qué habría sido del realismo mágico si Rulfo si se hubiese dedicado enteramente a la fotografía y no hubiese perdido un minuto escribiendo ‘Pedro Páramo’. Me pregunto, si me abstengo de retorcer su biografía, qué habría sido de la obra de Juan Rulfo si todo el tiempo que perdió con la fotografía lo hubiese dedicado a escribir. Qué habría sucedido si hubiese terminado ‘El hijo del desaliento’. Me pregunto si no habría arruinado su carrera con una novela más, terrible y predecible. Qué sencillo parece a veces que toda una obra se eche a perder por una sola palabra de más.

Al principio de ‘La peste’, Camus escribe: «Nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir». No se daba cuenta el escritor francés de que es en esas felices pérdidas de tiempo donde, precisamente, a veces reside la vida. En todo lo que uno hace cuando no hace lo que se supone que tiene que hacer. Claro que a lo mejor yo estoy equivocado y toda esta columna no es más que una pérdida de tiempo.

Juan Rulfo y el tiempo perdido
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