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Un insoportable picor de espalda

SON LAS cuatro de la mañana y me pica la espalda. Me pica desde hace varias horas. Es un escozor preciso y profundo. Lo noto detrás de mí. Escarbando en mi piel. Mordisqueando poco a poco sus fibras. Arrancándolas sin misericordia. Desgarrándolas. Enterrándose subrepticiamente en ellas. Siento cómo va adentrándose en los tejidos, cómo me quema mientras avanza, excavando una gruta microscópica en la que poder ocultarse para siempre. 

MARUXA.Es un punto concreto. Como el haz de un puntero láser que se va concentrando hasta ocupar un micrómetro de piel. Y tú lo notas en tu espalda. Notas cómo te abrasa. Justo ahí. Te giras frente al espejo porque debería poder apreciarse. Un picor así debería verse. Te imaginas un punto rojo, incandescente, rodeado por un círculo degradado de carne muerta. Como el cráter de un volcán. Pero la imagen, descorazonadora, es la de una espalda sana y normal. 

Todavía girado frente al espejo, intentas alcanzarlo. Yo he probado a hacerlo con la mano izquierda primero y con la derecha después. He empuñado el abrecartas de la mesa de mi despacho y he intentado punzarlo, arponearlo como a un críptido subterráneo. He cogido un pequeño listón de madera sin pulir, pleno de astillas, y lo he frotado contra la piel, raspando varias capas de la epidermis con la intención de hallar su escondrijo. He notado cómo saltaban las virutas epiteliales a medida que iba penetrando en el tejido. Pero nada. 

Es imposible localizarlo. Cada vez que creo estar acercándome con las uñas se desplaza unos milímetros hacia un lado. Tengo la sensación de que si me perforase la piel y hurgase dentro acabaría encontrándolo. Como esas películas donde uno de los personajes se introduce los dedos en el agujero de bala que tiene en el abdomen y remueve las vísceras hasta extraer el proyectil. Cuando por fin estoy convencido de sus coordenadas exactas, ataco sin piedad con el abrecartas, pero para entonces ya me está mordiendo en otro lado. Se parece a uno de esos grillos intrusos que se cuelan en casa en verano y nunca están donde crees que están. Tienes la certeza de que su chirrido proviene de detrás de una maceta. Te acercas sigilosamente. La apartas a toda velocidad aprovechando el factor sorpresa. Y de repente lo escuchas grillar tranquila y distraidamente a lo lejos, en algún lugar recóndito del pasillo. 

No es la primera vez que me ocurre. El mío es un picor recurrente. Un escozor familiar. Si me descuido un poco, hasta podría descubrirme a mí mismo describiéndolo con adjetivos cariñosos. Aparece de vez en cuando. Normalmente, en el momento menos oportuno. A veces es durante una conversación formal, en la oficina de alguien que me habla y me mira sin pestañear, reduciendo por completo mi margen de maniobra. Otras veces me sobreviene en el coche, cuando no puedo contorsionarme ni separar ambas manos del volante. Hoy me ha visitado poco después de medianoche. Y todavía sigue aquí. 

Es un picor nervioso y afilado. Cercano a lo insoportable. Qué afortunado me siento de tenerlo ahí. De poder restregarme contra el gotelé para aliviarme. Si no fuese por él, si jamás notase este escozor abrasivo en mi espalda, no imagino qué diablos iba yo a rascarme.
 

Un insoportable picor de espalda
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