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Horarios europeos

HAY VERDADES que uno descubre poco a poco, a medida que va viviendo, como esos lugares ilustres que conoces por las fotos pero no acabas de creerte del todo hasta que un día los ves con tus propios ojos. Me vienen ahora a la mente la conciencia de la muerte, la naturaleza hipócrita del ser humano, la crueldad del primer mundo. Conceptos que han resonado desde siempre a lo lejos, ajenos a tu pequeña y manejable realidad juvenil, y que se hacen visibles de repente, el día menos pensado, ocupándolo todo para no marcharse jamás.

Como, por ejemplo, los extraños horarios que tienen en Portugal.Llevo visitando Vila Nova de Cerveira, Caminha, Vila Praia de Âncora y Viana do Castelo desde que nací. Si no estoy equivocado, aprendí a caminar en la playa de Moledo. Cuando era un crío me fascinaba ese momento imposible en que cruzábamos la frontera en el viejo Talbot Solara de mi padre y el mundo entero retrocedía una hora. Sesenta minutos extra que se te concedían para gastar aquel mismo día con la sola condición de retornarlos al regresar.

Sigo recordando esa escena cada vez que conduzco sobre el Miño entre Tui y Valença, dejando Galicia atrás. Miro el reloj, cruzo el puente y sonrío como un crío mientras pienso que es exactamente la misma hora que una hora antes. Y entonces medito embobado durante cincuenta kilómetros en qué emplear semejante obsequio. Si es por la mañana, dispongo de sesenta minutos más hasta la comida. Si es por la tarde, los gano antes de cenar. Como para no ponerse un poquito nervioso y todo.

Como siempre he ido de niño o, desde que soy adulto, estando de vacaciones con amigos, nunca me he preocupado por las rutinas cotidianas cuando estoy en Portugal. Esa hora extra se gasta en lo que sea y cuando sea. Y si tienes que comer a las cinco de la tarde unos bocatas con un poco de pan y fiambre que has comprado de camino a la playa en algún supermercado, comes a las cinco de la tarde, que no pasa nada. Lo mismo que si tienes que cenar de madrugada un sándwich al llegar al camping o al hotel. Así son los peajes del ocio.Pero la semana pasada, por primera vez en mi vida, viajé a Viana do Castelo por motivos menos joviales. El ambiente era serio, casi solemne. Comprendí que durante un par de días no iba a tener más remedio que ser formal y adaptarme a los hábitos y horarios de la sociedad portuguesa, lo que se reduciría, a fin de cuentas, a desayunar a la hora que ellos desayunan, almorzar a la hora que ellos almuerzan y cenar a la hora que ellos cenan. "Tampoco es para tanto -pensé ingenuamente. Será más o menos como aquí. Já está no papo".

Nada más lejos de la realidad.

Llevo toda la vida visitando Portugal, escuchándolos levantarse en los campings a las seis y media de la mañana, observándolos comer mientras yo casi acabo de desayunar, sentándome con ellos durante la cena cuando yo ni siquiera he merendado aún, viéndolos acostarse en verano cuando todavía se acaba de poner el sol, y no me he dado cuenta hasta hace sólo unos días de que esa gente, en realidad, y a diferencia de nosotros, es europea. Plenamente europea. ¡Y no les importa que se les note! Ha sido como si la verdad me hubiese estallado en la cara después de haberla visto en fotos toda la vida.

El primer día, una vez acomodados en el hotel, bajamos al vestíbulo para que el recepcionista nos recomendase algún lugar tranquilo para cenar en el barrio antiguo, cosa que hizo con toda amabilidad, señalando, además, que no llegásemos al restaurante más tarde de las siete y media porque a partir de esa hora ya no dan de cenar. Es evidente que cara de europeos no nos vio aquel buen hombre.

¿Pero a quién se le ocurre ponerse a cenar a las siete de la tarde? La mayoría de los días no han pasado siquiera dos horas desde que he terminado la sobremesa anterior. Casi podría asegurar que he participado en comidas que a esas horas todavía no han finalizado. ¿Y qué se supone que debe hacer uno a continuación? ¿Salir de copas a las ocho? ¿Meterse en cama a las nueve y media? ¿Volver a cenar?

Los horarios europeos son una grosería. Obligar a los ciudadanos a comer a la una del mediodía y regresar a su trabajo dos horas después es una falta de respeto a la buena mesa y a costumbres ancestrales como quedar a las dos para el vino, llegar al restaurante a las tres menos cuarto, empezar a comer a las tres y media, terminar a las cinco, fumar un cigarro, tomar un par de licores de hierbas y levantarse de la silla a las seis. Que es lo menos que se puede exigir en un país civilizado.

Fue tal la indignación que me produjo escuchar aquello que me disculpé ante mis acompañantes y regresé a Galicia en aquel mismo instante, cruzando el Miño entre Valença y Tui y arrojando por la ventana los falaces sesenta minutos extra que Portugal me había regalado apenas tres horas antes. Quién quiere una hora de más para no poder emplearla en nada.

La felicidad que me inundó al llegar a casa fue absoluta. Cené a las once de la noche, como debe ser, quedé con unos amigos para ir a tomar algo a partir de medianoche y regresé dando un paseo con un colega a eso de las tres de la mañana. El resto se quedaban en el bar, pero nosotros preferimos retirarnos temprano. Al día siguiente era miércoles y había que trabajar.

Por el camino fuimos hablando de fútbol y, una vez repasados todos los cotilleos sobre Messi y Cristiano, me comentó que por fin había fecha y hora para el partido de ida entre el Barça y el Madrid. "Será el sábado 3 de diciembre a las 16.15 de la tarde". De repente, se me congeló el espíritu. ¡Las cuatro y cuarto de la tarde! ¡Cuando no se puede aprovechar ni para tomar el vermú de las doce, ni la cervecita de las ocho ni el vinito de las diez con su gintonic al terminar! "Es el horario europeo", comentó entonces mi colega temiendo que alguna de las venas que se me habían hinchado en la frente le reventasen en la cara. Casi le pego una hostia que lo mando a Portugal.

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