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Historia de una cama imposible

ES TERRIBLE descubrir, sobre todo a cierta edad, que la única forma de regresar alguna vez a una cama es saliendo de ella. Sea la cama que sea. El regreso -quién lo iba a decir- está condicionado por la marcha. Uno no puede volver si antes no se ha ido, de igual forma que no puede haber reconciliación sin riña o redención sin pecado. Otra cosa es que tenga uno ganas de regresar a esa cama. O que sea capaz de salir de ella.

Hace mucho tiempo, durante mis primeros años de universidad, formé parte junto a mi hermano Jorge de un grupo de rock llamado Hijos de Caín. Aprovechando que no teníamos absolutamente nada que decir, nos subíamos a un escenario casi todos los fines de semana y lo decíamos. Sin tapujos. Delante de cualquier micrófono. (Siempre hay un montón de gente entusiasta dispuesta a no escuchar a quien, mientras tanto, no cuenta nada. Incluso durante varias horas. Alguien debería estudiar este curioso fenómeno).

Una noche de agosto, después de un concierto en A Coruña, llegamos a la pensión que habíamos reservado escasas horas antes, poco después de caer la tarde, nos identificamos ante el siniestro individuo que la regentaba, intercambiamos algunas palabras con él entre el miedo y la cortesía y nos retiramos cada uno a nuestra habitación a descansar. Con lo que yo no contaba es con que allí, enjaulada entre cuatro paredes miserables, aislada del mundo, hallaría una cama imposible a la que jamás querré regresar, de la que tanto me costó salir y en la que nunca debí entrar. Lo de descansar, como se comprenderá, quedaría para otro día.

Era, como digo, un engendro. Su edredón, escuálido, lastimero y vencido por la edad, estaba salpicado de irregulares manchas de típex -o un líquido corrector similar de color blanco- que traicionaban la escasa discreción del propietario. Bastó con arañarlas ingenuamente con una llave para que aflorasen las que, a primera vista, parecían ser pequeñas gotas de sangre o alguna extraña clase de jarabe. Al retirarlo, asomó una cama a medio hacer, de sábanas ásperas y antiguas, cuyo color enfermo me hizo pensar que, seguramente, no hacía demasiado tiempo, allí había fallecido alguien.

El entorno no era mucho mejor. En una pared resistían todavía los restos mutilados de un televisor violentamente arrancado de su soporte metálico. Una de las esquinas de la habitación, donde en algún tiempo debió de haber un retrete y ahora había un escritorio olvidado, como se olvidan todos los escritorios, permanecía alicatada y a la vista, conformando un espacio asimétrico e irritante. Una repisa vacía corría a lo largo de toda la pared frontal, interrumpida ocasionalmente por un par de matrioskas rotas y los cadáveres de alguna cucaracha. La ventana, que parecía nublada, velada, como un negativo expuesto a la luz, se perdía en un callejón sin salida. Como lo era la propia habitación.

Eran las cuatro de la mañana y en toda Coruña no había otro lugar donde hospedarse. A la hora de cenar, cuando nos dimos cuenta de que no habíamos reservado alojamiento, llamamos a todos los hoteles y pensiones que figuraban en la guía, con tan mala suerte de que, siendo el fin de semana que coincidía con el puente del día 15, ésta era la única en la que todavía quedaban habitaciones libres. No podía dormir en la calle así que, tragando saliva, con los párpados apretados, me recliné delicadamente sobre la cama procurando que la menor parte posible de mi cuerpo tocase aquellas sábanas y recé para no moverme en toda la noche. Y para no sudar. Nada podría empeorar aquello, salvo ponerme a sudar.

Para mi sorpresa, la cama me engulló. Al recostarme sobre el colchón, éste se plegó sobre sí mismo por el centro, como un suflé desinflándose lentamente y sin compasión. Una vez, de niño, quedé atrapado en un castillo hinchable que se vino abajo. La sensación fue idéntica. Los muelles del somier habían cedido tanto, estaban tan dados de sí, y el colchón era tan flaco y débil, que sentí como si hubiese caído de repente en arenas movedizas. Braceaba desesperado pero era incapaz de agarrarme a nada. Poco a poco, me hundía sin remedio en el centro de aquella cama sucia y acartonada.

Mientras me resistía, pensaba en cuánta gente habría caído ya en aquella trampa. En cuántos huéspedes habrían desaparecido para siempre en ese colchón carnívoro que ahora me deglutía a mí. Almas inocentes que alguna vez entraron en aquel limbo y jamás lograron salir. Imaginé los oscuros mundos que me aguardaban al otro lado. Los rostros de los condenados que una noche alquilaron aquella habitación fantasmagórica y acabaron cruzando, como yo, el portal del averno.

Como último gesto, alcé mi mano teatralmente hacia el exterior del colchón mientras el resto de mi cuerpo ya había desaparecido en sus adentros. Qué menos que una escena final para el recuerdo. Mi hermano irrumpió entonces en la habitación y, visiblemente enfadado, dijo: "Estas habitaciones son una mierda; nos vamos de aquí, dormimos en la furgoneta". Me agarró la mano, tiró con fuerza hacia fuera y, como si se tratase de un parto, sentí que volvía a nacer. Me había salvado de mi destino.

La historia que mi hermano recuerda, no obstante, es distinta. Según su versión, cuando él entró en la habitación yo estaba ligeramente hundido sobre el colchón, como sucede en cualquier cama vieja, y gimoteaba como un crío en el pediatra.

Todavía hoy no entiendo cómo Jorge pudo haber interpretado la realidad de un modo tan distorsionado. Aunque, por otra parte, con los músicos, la noche y el rock and roll ya se sabe: vaya usted a saber lo que habría fumado aquel día mi hermano.

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