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Hasta siempre, Madrid

Madrid.MARUXA
Madrid.MARUXA

MADRID ES una ciudad apasionante y adictiva. Todos los días piden uno más. Incluso los buenos. Pero también es sofocante y agotadora. Cada uno de sus rincones tiene algo de asfixiante. A según qué horas, hay en la ciudad algo irrespirable.

Siempre me voy de Madrid con la sensación de que me ahoga. De que si me quedase un día más —ese día más que la ciudad nunca perdona—, de alguna manera me aplastaría. Supongo que es una cuestión de contexto y perspectiva. Los peces tropicales seguramente encontrarán frío, rocoso y oscuro el confortable oleaje del mar Cantábrico.

La mayoría de las personas que viven en Madrid no lo notan. Son como esa gente que ha nacido en El Alto, en Bolivia, a más de cuatro mil metros de altitud, e ignoran que su saturación de oxígeno en sangre es menor que la del resto del mundo. La saturación de oxígeno en sangre, al fin y al cabo, es una de esas cosas en las que tampoco reparas demasiadas veces al día. Igual que ocurre con la compresión de Madrid. Sin embargo muchas de esas personas ya están agotadas. Las calles y el aire y cada uno de los rincones de la ciudad ya las han aplastado. Y el problema es que, como decía antes, la mayor parte de ellas ni siquiera se ha dado cuenta.

Es algo que uno advierte especialmente en el metro. Cada vez que lo utilizo pienso que no hay ningún servicio de metro como el de la ciudad de Madrid, que es como el de todas partes. A veces, a pesar de ir lleno de gente, uno tiene la sensación de que en realidad allí dentro no hay nadie. Nadie se mira. Nadie se relaciona con nadie. Todo el mundo parece haberse quedado momentáneamente en pausa, tal vez en otra parte, lejos de allí, donde el mundo no se extiende a lo largo de un laberinto de túneles negros y luces que huyen hacia atrás en la oscuridad. Son sólo caras vacías. Personas vacías. Una cantidad enorme de nadie en absoluto. Y es normal. Uno termina cada día aplastado por la compresión de la ciudad. Sale de su trabajo hecho un emplasto que se arrastra bajo sí mismo, cansado después de estar todo el día delante de un ordenador, tratando con gente tan aplastada y deformada como todos los demás, y antes de poder caerse sobre su sofá como uno se cae sobre el agujero abierto de una tumba, todavía tiene que empujarse a sí mismo hasta el metro, desperdiciar allí dentro media hora respirando un aire quinientas veces ya respirado, subirse a un tren, estropear otra media hora y por fin llegar a su casa, que es ese lugar donde uno se abre una cerveza, calienta algo insípido en el microondas y después se va a la cama para, siete u ocho horas más tarde, volver a subirse a la rueda de un hámster que tiene su nombre, sus apellidos y su número de carné de identidad.

Dice un amigo mío que exagero. Me lo está diciendo ahora mismo, mientras escribo esto en un tren que acaba de salir de Chamartín con destino a Galicia. Lo bueno de Galicia es que llegas y te bajas en cualquier lugar, da igual dónde. Eso no pasa en Madrid. Mi amigo Miguel me dice que de Madrid hay que marcharse a menudo, pero despidiéndose hasta la próxima vez y volviendo sin miedo. Le recuerdo aquella entrevista que le hizo Juan Cruz a Miguel Delibes a finales de los años 90 en la que el escritor vallisoletano explicaba por qué había rechazado dirigir el diario El País cuando a José Ortega Spottorno se le ocurrió viajar hasta su casa para proponérselo en persona: "Para mí Madrid es la ciudad del miedo. A mí Madrid me da miedo, porque si Valladolid me parece un enorme aparcamiento, Madrid me parece cinco veces ese aparcamiento". Después mencionaba lo descontentos que estaban Umbral, Leguineche y Martín Descalzo en Madrid. Quién lo habría dicho.

Desde el tren veo en el horizonte las cuatro torres que rompen la silueta de la ciudad y siento una extraña mezcla de melancolía y alivio. Pienso en lo mucho que necesito alejarme ya de Madrid y, al mismo tiempo, en lo mucho que estoy deseando regresar cuanto antes. Es una de esas escenas casi cinematográficas en las que uno, como decía Miguel, se ve tentado a murmurar "hasta la próxima" mientras observa cómo la ciudad se aleja al fondo, pero esa clase de reacciones me resultan demasiado melindrosas.

Siempre he pensado, además, que a esa próxima vez le sucederá otra próxima y después otra próxima y luego otras muchas más. Hasta que un día comprendes que a Madrid no se vuelve una próxima vez, sino que se vuelve siempre. Porque en realidad da lo mismo el resto. La compresión y el metro y el miedo y Delibes. A Madrid siempre le debes un día. Así que no merece la pena despedirse hasta la próxima, sino más bien hasta siempre, Madrid.

Hasta siempre, Madrid
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