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Una galleta por Navidad

EN UNA de las colecciones de cuentos que les leo a mis hijas por las noches hay un aplaudido relato sobre Papá Noel. Es un texto con vocación pedagógica cuyo objetivo es que los niños no sientan envidia de los regalos que reciben sus amigos y compañeros. Especialmente en cuanto a su cantidad. El propio Papá Noel explica en el cuento que su sistema para decidir cuántos regalos deja bajo el árbol de Navidad se basa en la felicidad del niño. Si un crío tiene muchos juguetes, aclara, el motivo debe de ser que sus padres no pasan demasiado tiempo con él y lo compensan con cosas materiales, por lo que el día de Navidad se encontrará con un montón de regalos para que su felicidad aumente. Pero si un niño tiene pocos juguetes, la razón probablemente será que posee muchas otras cosas inmateriales que le alegran la vida, como el cariño de sus padres, por lo que le bastará con un regalo o dos. Es decir, si recibes pocos regalos es porque eres un chaval feliz y viceversa. Entiendo que se trata de consolar a los niños menos afortunados, pero el razonamiento es un disparate que conduce a conclusiones disparatadas.

Papa Noel.Mis hijas han sido —están siendo— educadas de forma idéntica y, a pesar de ello, son dos personas completamente distintas. Desde que tiene uso de razón, la mayor nos pide con frecuencia que le compremos muñecas y vestidos de princesas, sobre todo si son de color rosa. La pequeña, sin embargo, casi nunca pide nada. Lo que le gusta es correr, trepar a sitios, jugar a la pelota y destruir propiedades ajenas. Quizá se deba a que ha tenido acceso a los juguetes de su hermana desde que nació, pero es muy raro que reclame juguetes nuevos. A Papá Noel, por ejemplo, le pidió servilletas. Nada más que servilletas. Y el día de Navidad, debidamente envueltos en papel de regalo, se encontró bajo el árbol con tres paquetes de servilletas de papel que no tardó ni diez minutos en hacer añicos, repleta de satisfacción. Si unos padres deciden regalar a sus hijos pocas cosas el día de Navidad o el de Reyes, los motivos pueden ser de muy distinto tipo. Quizá sean personas con pocos recursos que no pueden permitirse gastar demasiado. Quizá consideren que es perjudicial para sus hijos colmarlos de regalos. Quizá los críos no se hayan portado bien y no merezcan tantos obsequios. La felicidad, a pesar de lo que se explica en ese cuento tan conocido, no tiene nada que ver aquí. De lo contrario, y llevando ese razonamiento hasta el extremo, cabría pensar que si un niño no recibe ningún regalo es porque es inmensamente feliz.

"La felicidad, a pesar de lo que se explica en ese cuento tan conocido, no tiene nada que ver aquí"

Una mujer a la que admiro mucho y por la que siento un inmenso cariño, me contó hace unos días que ella tardó mucho tiempo en descubrir que una vez al año los Reyes Magos dejaban regalos en las casas de los niños. Su hermana y ella pasaron la infancia en un orfanato y, según me explicaba, las monjas que lo regentaban jamás les hablaron del día de Reyes. Mucho menos, de recibir juguetes o muñecas en Navidad. Cuando ella tenía once años y su hermana siete, abandonaron por fin el orfanato y se mudaron a la que sería su casa. Me decía que, nada más llegar al pueblo, un invierno cualquiera a comienzos de los años 60, se dio cuenta de que todo el mundo hablaba allí de la proximidad del día de los Reyes Magos. A pesar de que ya era una niña mayor, al no haber tenido noticia jamás de esa fiesta, su fe en la magia de esa noche milagrosa fue absoluta. Su universo se había reducido hasta entonces a un barracón gris y anémico en el que convivía con otras niñas, tan alejadas de la felicidad como ella. Así que el día 5 de enero por la noche, muy ilusionada, dejó en su ventana dos zapatos. Uno suyo y otro de su hermana pequeña. Y al día siguiente, nada más despertarse, fue a comprobar qué le habían dejado los Reyes Magos. Pero no encontró nada. El resto de niños en el pueblo disfrutaban de sus juguetes nuevos y ellas no recibieron nada. Fueron a preguntarle a su madre y les contestó que eso eran patrañas. Que en aquella casa no había regalos. Y efectivamente, nunca los llegó a haber.

La semana pasada enviamos la carta de mis hijas a los Reyes Magos. Julia, la mayor, pidió muñecas y vestidos de princesa, sobre todo de color rosa. Y Candela, que todavía recordaba las servilletas de Papá Noel, a los Reyes les pidió una galleta. Yo le pregunté si se refería a alguna clase de juguete, incluso a un paquete o a una bolsa de galletas, pero no: quería que le trajesen una galleta. La víspera del día de los Reyes Magos fui a una pastelería a comprarle una enorme galleta, que ella desempaquetó el día 6 con una alegría desbordante. Mi hija no recibió una simple galleta porque sea una niña feliz, sino que ese día lo fue porque tuvo su galleta. Quizá una historia parecida habría sido mucho más apropiada para escribir un cuento decente. Si es que esa era la intención, claro.

Una galleta por Navidad
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