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Formas de acertar

ilustraciónA VECES LA VIDA CONSISTE en acertar por casualidad y a la primera, casi sin querer. Como esa pelotita arrugada de papel que encestas en algún recipiente imposible desde la otra punta de la habitación cuando nadie te está mirando. Te reclinas sobre el respaldo de la butaca y lanzas sin esperanza, con la tranquilidad que te proporciona la previsibilidad del fracaso. No se trata de un acto de fe. Estás convencido de que no la vas a meter. Solamente lanzas para contemplar lo inevitable. Para observar cómo la pelotita de papel se desvía en el aire y se estrella felizmente contra el suelo. Pero entonces algo se tuerce y la pelotita entra. A pesar de tus cálculos, aciertas. Y te das cuenta de que a veces las cosas, contra todo pronóstico, salen inesperadamente bien.

No suele ocurrir, pero ocurre. Igual que ocurren, de forma semejante, los aciertos por accidente. Necesitaríamos una serie entera de artículos monográficos para explicar cómo Charles Goodyear descubrió el caucho galvanizado cuando se le cayó sin querer una mezcla de caucho natural y azufre sobre una estufa encendida una noche de 1838. Cómo el asistente del farmacéutico John Pemberton vertió por error agua carbonatada en un medicamento compuesto por jarabe de azúcar, nueces de cola y hojas de coca, creando así la Coca-Cola. Cómo Henri Becquerel descubrió la radiactividad realizando experimentos sobre fosforescencia con sales de uranio. Cómo Alexander Fleming descubrió la penicilina al dejarse unas placas de Petri abiertas en su laboratorio con cultivos de bacterias en su interior. También fue accidental el descubrimiento del LSD. Y la invención del marcapasos. Y la de la Viagra. Pero lo habitual cuando viertes agua carbonatada en un medicamento, te dejas unas placas abiertas con bacterias o te cae caucho en una estufa es que las cosas salgan mal.

No obstante, entre las equivocaciones, las malas decisiones y los aciertos por accidente se extiende un territorio mucho más interesante. Una superficie intermedia en la que los aciertos y los fracasos se entrelazan y se confunden. Un espacio en el que a menudo acertar significa fallar y viceversa. En el que uno fracasa acertando y al revés. Cuando George Orwell decidió viajar a España para participar en la Guerra Civil, cometió uno de los mayores errores de su vida: terminaría viéndose envuelto en un conflicto del que tuvo que terminar huyendo, por poco fue asesinado en Barcelona y además recibió un disparo de bala en el cuello cuando combatía en la sierra de Alcubierre. Sin embargo, aquello le sirvió para convertirlo en la persona y el escritor que era. En 1946 escribió: "La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo". Es célebre una de las frases que escribió en una carta enviada a su amigo Rayner Heppenstall el 31 de julio de 1937: "Me alegro de haber recibido un balazo". 

A veces las cosas, contra todo pronóstico, salen bien. No suele ocurrir, pero ocurre

En ocasiones, por fortuna, se trata de aciertos derivados de fallos menores. George de Mestral se equivocó al elegir su ropa para hacer senderismo en los Alpes suizos una tarde cualquiera de 1941. Pretendía ir vestido de una forma cómoda para caminar, pero se dio cuenta de su error al comprobar que las semillas de los cardos se adherían a sus pantalones una y otra vez de forma muy molesta. Cuando se detuvo a analizar la causa en su laboratorio y descubrió cómo se enganchaban entre sí los distintos filamentos de la planta y de la tela, inventó el velcro.

Aunque uno de los casos más fascinantes de errores que mudaron en aciertos fue el del delincuente y escritor francés Pierre Goldman. A los veinticinco años cedió a la tentación del dinero fácil y atracó una farmacia, una boutique y también a un funcionario. La mala suerte quiso que, al detenerlo, lo culpasen también de la muerte de dos farmacéuticas que habían sido asesinadas el mismo día en una farmacia cercana, y fue condenado a cadena perpetua. Años más tarde conseguiría que se repitiese el juicio y salir en libertad, pero durante el tiempo que permaneció en prisión, creyendo que sería para toda la vida, escribió su novela ‘Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia’, con la que adquirió un gran prestigio como escritor y que terminó cambiándole la vida. Goldman acertó porque se equivocó.

No es infrecuente. Los aciertos pueden provenir de la equivocación, ser accidentales o ser inesperados. Aunque existe otra categoría de aciertos mucho más llamativos que los anteriores: los aciertos a propósito. Los que nacen de la voluntad y la planificación. No obstante, me temo que son tan excepcionales que no sería acertado dedicarles una explicación.

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