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Me estaba llamando gilipollas

LLEGUÉ A Vilagarcía el sábado a mediodía y me encontré en el ascensor con Humberto, uno de los vecinos que viven todo el año en el edificio. Como siempre, arreglamos el país entre el primer piso y el tercero, despachamos la liga a la altura del cuarto y volvimos a poner el país patas arriba a partir del quinto. Al llegar a nuestra planta le pregunté si ya sabía en qué iba a emplear tan magnífico día. No pude evitar indignarme cuando me comentó, casi con desgana, que había decidido quedarse en casa. Con el buen tiempo que hacía. Con todas las posibilidades que ofrece un fin de semana de primavera en pleno enero.

Cargado de razón y de sarcasmo, le contesté que era muy normal vivir frente a la playa y que no se notase. Que tenía mucho sentido pasar el sábado como cualquier inquilino de una colmena en una gran ciudad. Que hiciese lo que le viniese en gana, oye, faltaría más, pero que la vida estaba para ser vivida, Humberto, coño, a ver si espabilas. Orgulloso, dejé la mochila dentro de casa, cerré la puerta y me marché a comer por ahí. Qué menos que predicar con el ejemplo.

Resulta asombrosa la facilidad con la que a veces recomendamos a los demás cómo deberían aprovechar su tiempo. La superioridad moral que nos asiste en esa clase de reconvenciones veladas. Ocurre lo mismo cuando un exfumador se empecina en repetirle a algún colega que deje el tabaco. O cuando un nuevo runner aconseja a todo el mundo que haga ejercicio. Es el mismo púlpito desde el que corregimos severamente a otro cuando expresa una opinión que juzgamos equivocada. Esa gravedad repentina con la que un compañero del trabajo, henchido de dignidad, un día se pone a darte la tabarra con el compromiso social. Todos hemos estado en ambos lados más de una vez.

Y nos resulta tan sencillo ametrallar al prójimo así porque en realidad nos importa muy poco cómo emplee su ocio un vecino. O si la gente a nuestro alrededor sale a correr por las mañanas o no. A nadie le quita el sueño que otra persona esté equivocada con respecto a cualquier tema o si un compañero del trabajo está o no concienciado con según qué causa. Lo que de verdad queremos es que sea evidente que nosotros no desperdiciamos los sábados porque  somos gente que sabe disfrutar de la vida. Gente especial. Lo que queremos es presumir de lo sanos que ahora estamos. De nuestra fuerza de voluntad. Lo que nos interesa es que se sepa lo inteligentes que somos, no sacar a nadie de su error. Que aplaudan lo bien que razonamos. Que nos den palmaditas en la espalda. Le echamos en cara a otro no haberse sensibilizado con tal o cual protesta para que se aprecie lo grande y luminosa que es nuestra ética y nuestra humanidad.

El sábado comí fatal. Por empeñarme en darme la razón a mí mismo, terminé pagando un dineral por un menú que ni me apetecía en un comedor abarrotado. Mucho día soleado, pero en enero ningún restaurante coloca la terraza. Cuando regresé a casa, salí al balcón a fumar un cigarro de consolación y vi a Humberto preparándose la comida en el suyo. Había dispuesto una pequeña parrilla en la que se estaba preparando unas chuletas a la brasa mientras escuchaba música y se bebía una cervecita al sol. Hizo un gesto con el brazo, levantando la espátula con la que cocinaba, como saludándome con amabilidad. Resultó evidente que me estaba llamando gilipollas. Y con toda la razón.

Me estaba llamando gilipollas
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