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¿Está Hitler? Que se ponga

LA SEMANA pasada un buen amigo me contó que a principios de los 90 su cuñado lo llamó una tarde para preguntarle si podría acompañarlo al día siguiente hasta Cambados, donde tenía que recoger un paquete. «Ya verás qué maravilla —comentó—. Lo mejor para animar las fiestas navideñas». Intrigado, mi amigo aceptó.

A mitad de camino, mi amigo preguntó a su cuñado en qué consistía el paquete que iban a buscar, a lo que éste contestó que se trataba de un encargo que le había hecho unos días antes a Laureano Oubiña. De haber viajado en un descapotable, mi amigo se habría quedado sentado en la carretera del salto que pegó. No pudo evitar imaginar su nombre escrito en negrita veinticinco años después entre las páginas de Fariña, víctima de un secuestro. De repente, la expresión «animar las fiestas navideñas» adquirió un nuevo y escurridizo sentido.

Por fortuna, resultó tratarse de otro Laureano Oubiña. Mayorista también, pero de marisco. Quién podría haber previsto que un nombre tan poco frecuente sirviese para designar a dos personas distintas en la misma zona. Una circunstancia improbable que, sin embargo, tranquilizó a mi amigo, quien recogió con su cuñado las nécoras y las centollas y regresó a su casa felizmente, sin noticias de Baltasar Garzón.

Llamarte Laureano Oubiña en el Salnés en los años 90 es tener mala pata. Cualquiera se atreve a telefonear a tu empresa preguntando qué tal la mercancía. La de clientes que se ahorrarían en aquella época la llamada para evitar un posible pinchazo policial. Supongo que a veces basta con tener un nombre equivocado para incomodar a la suerte, pero quién puede responsabilizarse de la forma en que sus padres decidieron bautizarlo.

Siempre he pensado que el nombre de cada uno tiene algo que ver con su personalidad. Ese compañero que se llama Daniel tendría otro carácter de haberse llamado Julio. Quizá otro sentido del humor. Es difícil creer que el nombre, lo segundo que uno tiene en la vida, incluso antes de nacer —lo primero son los padres— no afecta en modo alguno a nuestra manera de ser. A nuestro destino. Al fin y al cabo, si tipos como Paul David Hewson o Allan Stewart Königsberg decidieron que preferían ser llamados, respectivamente, Bono y Woody Allen sería por algo.

Por eso siempre me ha fascinado un reportaje que se publicó hace años en el suplemento Crónica de El Mundo en el que se hacía referencia a los extraños nombres que tiene la gente en Chone, un pueblo de Ecuador situado entre montañas cuyos habitantes tienen por costumbre bautizar a sus hijos con los términos que más les impactan cuando bajan a la capital para realizar la inscripción en el registro. Allí podemos encontrarnos con personas que se llaman Burger King, Vick Vaporub, Frank Sinatra, Alka Seltzer, Land Rover, Gaduol Compuesto, Ford Chevrolet, Autoridad Portuaria o Alí Babá.

Pero puede que lo más llamativo de todo sea la recurrente utilización de un nombre un tanto peliagudo. Es el caso del juez Adolfo Hitler Flores, el mecánico Adolfo Hitler Corral o el vecino Adolfo Hitler Mendoza. Chone debe de ser el único lugar del mundo en el que a nadie le extraña levantar el teléfono y escuchar: «¿Está Hitler? Que se ponga».

No entiendo cómo Laureano Oubiña no lo dejó todo en los 90 y se mudó allí. Especialmente el segundo Laureano. Pero especialmente el primero.

¿Está Hitler? Que se ponga
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