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El universo

POR LA parte de atrás, mi casa da un inmenso patio de manzana formado por una curiosa geometría de parcelas, patios particulares, terrazas y jardines, muchos de ellos seguramente inaccesibles. Sus propietarios ni siquiera deben de recordar que todavía siguen ahí, rodeados por la ciudad. Algunos parecen náufragos flotando en medio del hormigón. Tal vez un buen día alguien acuda a rescatarlos a base de ladrillo.

Es un universo diminuto, concreto, que todos los días despierta alrededor de las seis de la mañana. En una caseta destartalada, a la luz de una miserable bombilla, un hombre desentumece su bicicleta estática con pedaladas perezosas pero constantes. Cada una de ellas parece siempre la última. Da la impresión de ser el pedal el que desplaza a la pierna y no al revés. Ésta arranca desde abajo con escaso ímpetu y, cuando por fin llega a la cumbre, se desploma medio muerta para volver a empezar. Una y otra vez. Durante casi una hora. A veces, si la mañana está tranquila, solamente se escucha el ruido de esa bicicleta confundiéndose con el monótono sonido de la rutina.

Varios muros más allá, ajena a la realidad de los demás patios, una mujer riega sus plantas al amanecer. Podría utilizar directamente la manguera, pero en lugar de ello prefiere usar una pequeña jarra de plástico con la que va humedeciendo poco a poco la tierra de cada tiesto. Es un proceso mucho más lento y laborioso, pero también más delicado y atento. Sospecho que esas plantas son ya lo único que puede cuidar.

A veces me pregunto qué comentará en privado los unos sobre los otros

En los edificios de enfrente se van encendiendo las primeras luces; abriendo las primeras persianas. Todas las vidas de la gente se parecen a primera hora de la mañana. Es el resto del día el que las va torciendo hacia los lugares más insospechados. En uno de los balcones, una chica en bata tiende la ropa sobre unos alambres. Todas las mañanas, en un balcón cercano, un hombre hace coincidir con ese momento su primer cigarro. Varios metros más abajo, a los pies del edificio, un anciano barre su patio con parsimonia. Apenas lo usa, está bastante limpio y ordenado, pero él insiste en adecentarlo a diario. Al fin y al cabo, se limita a repetir por inercia —y quizá nostalgia— lo que vio hacer a su mujer durante tantos y tantos años.

En el edificio que se levanta perpendicular al mío, una mujer se prepara un té con sacarina. Lo acompaña con una docena de galletas de chocolate. Un chico de mi edad entra en el cobertizo de su patio en busca de la silla de paseo con la que lleva a su hijo a la guardería. Los nuevos, celosos de su intimidad, han colocado un toldo. Los del bar han instalado una barbacoa nueva.

Cada uno de ellos vive en su pequeña región del universo ignorando lo que ocurre al otro lado de sus muros. Algunos lo intuyen. A otros les da igual. Resulta imposible no escuchar los sonidos de los otros patios y terrazas. Sin embargo, a todos les basta con saber que su vida transcurre con normalidad dentro de su parcela. Que allí se encuentra bajo su control. A veces me pregunto qué comentarán en privado los unos sobre los otros. Qué dirán sobre la chica que tiende la ropa. Qué opinarán sobre el anciano que barre su patio. Qué impresión tendrán sobre ese extraño hombre que dicen que observa a la gente desde su ventana. Es al único al que, por ahora, yo no he visto jamás.

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