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El peor vino del mundo

EN TODAS las familias gallegas hay alguien que hace vino. A veces es un tío tuyo. A veces es un primo lejano. Otras veces es un señor cualquiera que no tiene nada que ver con la familia, pero al que se le quiere como a un hermano porque siempre aparece por casa unos meses después de la vendimia regalando garrafas de vino a diestro y siniestro. Es imposible no sentir la necesidad anual de besar y abrazar a ese señor.

En Galicia, el vino de casa es una especie de religión. Se le respeta por encima de todas las cosas. No importa que sea turbio o que tenga un regusto amargo. Es más, esos detalles incluso se agradecen. Se consideran un síntoma de autenticidad. De entre todos los vinos posibles que puedes llevar a tu mesa durante una comida familiar, el de casa siempre será la mejor opción. Nunca un vino es tan aplaudido por los comensales como cuando se trata del vino propio. De hecho, tal vez lo único que se puede afirmar con certeza sobre cualquier familia gallega es que su vino siempre será mejor que el de los demás. Aunque se trate del peor vino del mundo.

Recuerdo que, en cierta ocasión, durante unas vacaciones de verano, un amigo de la facultad vino a pasar con nosotros unos días coincidiendo con las fiestas del pueblo. Llegó un jueves armado únicamente con una mochila y una botella de vino de su tierra: un Ribera del Duero estupendo con el que pretendía obsequiar a sus anfitriones. El domingo nos reunimos todos en casa para comer y, justo antes de sentarse, mi amigo le entregó la botella a mi abuela. La pobre mujer, atónita, como si le hubiesen colocado en las manos un condensador de fluzo, se giró hacia la familia y, con una sonrisa a medio camino entre la compasión y la extrañeza, comunicó lo acontecido.

«Raúl ha traído esto —comentó con recato, procurando no ofender al invitado—. Habrá que probarlo, ¿no?». Mis sobrinos pequeños observaban la botella alucinados, con una cara similar a la que puse yo cuando era niño y Sabrina apareció en la tele paseando a placer su teta derecha por todo nuestro salón. En las comidas familiares se servía vino de casa. En su botella de plástico. Con su tapón de rosca y la etiqueta de Coca-Cola. Aquel recipiente esbelto y hecho de vidrio era casi pornográfico. El padre de familia, que por aquel entonces era mi tío, descorchó la botella con indiferencia, se sirvió una copa, probó el vino y dijo: «Hombre, no está mal. Pero ya que estamos en fiestas, mejor será servir el vino bueno».

En Galicia, el vino de casa es una especie de religión

Al año siguiente mi amigo regresó a casa por las fiestas y en el botellero del salón descubrió la botella de Ribera del Duero que mi tío había descorchado el año anterior. Su contenido estaba intacto. Me dirigió una mirada interrogativa y un tanto molesta a la que no supe qué contestar. Pensé en ese cuento de Roald Dahl titulado El Mayordomo en el que el George Cleaver, un millonario inglés propietario de una suntuosa mansión, le pregunta a su mayordomo por qué sus fiestas no le gustan a nadie, a lo que el mayordomo responde que el motivo es la mala calidad del vino. Pensé en explicarle que, en las fiestas de nuestra familia, la situación era exactamente la contraria. Pero no me atreví. Solamente acerté a decirle: «Es que solamente a ti se te ocurre traer vino del bueno». Nunca más volví a ver a Raúl en una comida de mi familia.

El peor vino del mundo
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