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El mejor consejo del mundo

LA SEMANA pasada hice algo impropio de mí: le di un magnífico consejo a mi buen amigo Mario Beramendi. Sucedió durante una conversación improvisada y noctámbula en la que, de forma aleatoria, se alternaban opiniones sobre la calidad literaria de Eduardo Halfon y descripciones precisas de algunas rutinas de gimnasio. Unos sostenían que era mejor el levantamiento de peso con barra. Otros preferían ‘Monasterio’, la novela que el escritor guatemalteco publicó en 2014. De repente, y sin que mediase motivo alguno, sentí la necesidad de hacerle a Mario una recomendación. De señalarle el camino apropiado. Lo interrumpí con un gesto dramático y le di un consejo que él mismo ignoraba que necesitaba.

Sencillamente, le tocó a él. Yo llevaba meses con aquel consejo encima. Transportándolo en silencio por todas partes. A veces olvidándolo en algún sitio y a veces recordándolo en otro. Permitiendo que se chafase en el fondo de algún bolsillo viejo, como esos preservativos ingenuos que uno conserva en la cartera dese el invierno pasado. Llevaba demasiado tiempo aconsejándome encima, así que respiré hondo y lo dejé salir. En el medio de una comparativa entre el rendimiento muscular de diferentes ejercicios con mancuernas y un análisis de la evolución de las obras de Halfon publicadas por Libros del Asteroide. Qué importante es no perder jamás el sentido de la oportunidad.

Se trataba de un consejo impecable. Manifiestamente inapelable. Daba gusto repasarlo mentalmente. Paladear cada una de las palabras que lo componían. Resultaba imposible no detenerse a repetir sus sílabas lentamente y en voz muy baja. Casi con la punta de la lengua. Como Nabokov en el inicio de ‘Lolita’. Poseía la belleza de lo etéreo y la rotundidad de lo trascendente. Su sencillez era chocante. Su lógica, invulnerable. No habían pasado ni cinco segundos cuando ya me había arrepentido profundamente de haberlo pronunciado.

Y el motivo no era otro que su contenido. Era un consejo tan bueno que no merecía ser compartido con nadie. Porque esos son precisamente los consejos que uno debe guardarse. Los formidables. Cuando se trata de un consejo así, conveniente y certero, su sensatez lo convierte automáticamente en irrechazable. Aleja su aceptación de lo voluntario y la acerca a lo obligatorio. No existen argumentos para no seguir una sugerencia magnífica. Una recomendación sobre la que no quepa réplica. Tan pertinente y provechosa para el que la recibe que constituiría una imprudencia —cuando no una estupidez— desatenderla.

MARUXAPor eso un buen consejo es una putada. Por la situación en la que te coloca al recibirlo. Anula tu capacidad de maniobra. Tu libertad de decisión. Es como recibir unas esposas en las muñecas y unos grilletes en los tobillos. No te queda más remedio que aceptarlo aunque no quieras hacerlo. Sabes que no hay forma de desoír un consejo perfecto, o lo que es lo mismo, de ir contra los intereses de uno mismo, sin quedar en mal lugar. Sin parecer un idiota. Y eso no se le hace a un amigo. Más bien al contrario: el único consejo que se le puede dar a alguien que quieres es el mediocre. El inoportuno. El escasamente atinado. El único que le ofrece plena libertad para decidir si quiere seguirlo o no.

"Reconozco que es un gran consejo", contestó Mario en cuanto lo escuchó, quizá un tanto desconcertado por las escasas opciones que tenía de rechazarlo. Xurxo Chapela, que intervenía en la conversación diseccionado a Halfon y tratando de apartarnos por nuestro bien del asunto de los gimnasios, se apresuró a evitar el posible tropiezo de Beramendi: "De hecho, es un consejo tan bueno que no pensarás hacerle caso, ¿no?".

Me pareció un comentario acertadísimo. Una observación brillante que, además, me liberaba de mi remordimiento. Posiblemente, y en ese preciso momento, aquella advertencia de Xurxo era la mejor recomendación que Mario podía escuchar. Incluso mejor que la mía. Incluso mejor que ese otro consejo que, a fin de cuentas, se esconde en esta columna y que sostiene que un buen amigo jamás te prescribe una determinada conducta con el argumento de que es la conducta correcta. O dicho de otra manera: que a un amigo de verdad no se le intenta adiestrar, sólo se le dan consejos a medias. No me parece exagerado afirmar, a la vista de todo lo dicho, que el de Xurxo consistía en el mejor consejo del mundo.

Pero no por aquello que recomendaba, sino por todo lo contrario. Era el mejor consejo del mundo porque no dejaba de ser un consejo desastroso. Un consejo inapropiado. Desafortunado. En definitiva: directamente opuesto al mío. La clase de consejo que solamente te daría un amigo de verdad. Y menos mal.

El mejor consejo del mundo
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