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El hombre que no pasó a la historia

112,3 METROS. Esa fue la distancia que recorrió en el aire la ambición de Miguel de la Quadra-Salcedo en 1956 hasta que la gravedad la enfrentó al suelo. Su lanzamiento de jabalina, el más notable jamás registrado, superaba en más de veintiséis metros los 85,71 que habían bastado a Egil Danielsen para conseguir el record olímpico unos meses antes en Melbourne, cuando rebasó en otros doce metros el límite alcanzado por el campeón anterior. En términos aritméticos, la marca del español era un insulto a todos los atletas que no fuesen él. Y no eran pocos.

Su sistema, a la fuerza, era distinto. A principios de ese mismo año, Félix Eurasquin había adaptado el modelo clásico de lanzamiento a las técnicas propias de los palankaris —los lanzadores de barra vasca—, de tal forma que el atleta giraba sobre sí mismo impulsando la jabalina con el brazo al finalizar la rotación mediante un gesto muy similar al movimiento de un lanzador de martillo. Como resultado, en el estadio de Montjuic, Eurasquin logró batir el récord de España sin despeinarse a pesar de rondar los cincuenta años. Algo que probablemente habría hecho cualquier vasco bien desayunado, por otra parte.

De la Quadra-Salcedo —por aquel entonces, Miguel—, hizo suya la nueva técnica y en poco tiempo ya había igualado la marca que Egil Danielsen venía de conseguir en los Juegos Olímpicos. Fue solo cuestión de semanas que atentase contra la belleza del sistema métrico decimal y superase la temida barrera de los cien metros, estableciendo una nueva plusmarca mundial con un lanzamiento inmisericorde hasta hoy todavía imbatido.

El tema del perdedor que supera al ganador es recurrente en el cine y la literatura. No deja de ser, el fondo, el eterno leitmotiv del antihéroe que logra la gloria de forma tosca o poco estética

Su hazaña —paradojas del deporte—, tuvo no obstante un corto recorrido. Sus competidores no aceptaban el nuevo sistema de lanzamiento, denominado por la prensa de la época como ‘estilo español’, y en los mentideros del mundillo se comentaba que a la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) tampoco le hacía mucha gracia que una disciplina hasta entonces dominada por los europeos del norte, los europeos de verdad, fuese reventada por un tipo más moreno y más bajito que se presentaba a las pruebas —pobrecito— con un caldero lleno de agua jabonosa gracias a la cual era capaz de deslizar más velozmente su jabalina. Décadas de esfuerzo nórdico depurando una técnica hasta la excelencia para que de repente un don nadie deje todo tu palmarés veintiséis metros por detrás de su marca y se te quede cara de «y esto por qué no se me ocurrió a mí». Como para no indignarse.

Es natural. Nadie digiere bien esa clase de derrota. La victoria por la mano, entre iguales, es otra cosa. Cuesta menos asumirla. Pero es inevitable la negación cuando siendo el mejor eres vencido, porque te hace comprender que la altura de las cosas es solo una cuestión de perspectiva. Y es duro reconocer que quien es inferior a ti tal vez no lo sea tanto.

El tema del perdedor que supera al ganador es recurrente en el cine y la literatura. No deja de ser, el fondo, el eterno leitmotiv del antihéroe que logra la gloria de forma tosca o poco estética. Su figura, aunque con diferentes aristas, es reconocible en Don Quijote de la Mancha, Jay Gatsby, Aragorn, Edmundo Dantés, Tyrion Lannister, Ignatius J. Reilly, Mersault, Sherlock Holmes o el lazarillo de Tormes. Pero el caso que nos ocupa tiene además un componente de humillación y sometimiento del héroe inmaculado que nos acerca al protagonista con familiaridad. Como cuando ves a Matt Damon en ‘El indomable Will Hunting’ dando una lección de historia en la cafetería universitaria a los mismos machos alfa que minutos antes lo despreciaban por ser un simple bedel. Te identificas con él, con los laureles del fracasado, y sin querer te encuentras a ti mismo sonriendo en el sofá, orgulloso del joven Will.

Los rivales de Miguel de la Quadra-Salcedo, europeos de verdad que habían heredado el derecho a ser mejores que los demás, son esos tíos arrogantes de la película a los que Matt Damon, en buena lid, termina pegándoles una hostia. Su rabieta debía ser inocua. Un lanzamiento de 112,3 metros es un récord que la IAAF no podía ignorar.

Como ocurre en otros deportes, cuando se produce una situación no prevista en el reglamento éste se modifica para aceptarla o, a partir de ese momento, considerarla una infracción

Pero lo hizo. Como ocurre en otros deportes, cuando se produce una situación no prevista en el reglamento éste se modifica para aceptarla o, a partir de ese momento, considerarla una infracción —así sucedió, por ejemplo, con el fuera de juego en el fútbol—. Sin embargo la IAAF parecía temblar ante la idea de que el récord mundial estuviese en manos de un intruso en la categoría. Como si no pudiese permitir que la genialidad de un advenedizo, un humilde deportista ajeno a la élite que para participar en los Juegos Olímpicos de Roma viajaría junto a su hermano en una Vespa desde Pamplona, estuviese por encima del esfuerzo y la disciplina de toda una dinastía de lanzadores.

Tras largas deliberaciones y en una decisión sin precedentes, la IAAF modificó el reglamento con carácter retroactivo inhabilitando la actuación de Miguel de la Quadra-Salcedo y evitando así que el lanzamiento de jabalina más notable jamás registrado pasase a la historia. O al menos, a la suya.

Hay un chiste de Eugenio en el que un inglés y un francés perfectamente equipados y acompañados por un cocker spaniel y un labrador retriever pierden un concurso de cazar perdices contra un español que «iba en chándal, chancletas y con un perro patatero lastimado en una pata debajo del brazo». Cuando le preguntan cómo ha sido capaz de cazar 600 perdices sin escopeta, contesta: «Y porque me dolía el brazo de lanzar el perro al aire, que si no cazo más de 1.000». Imagino que el inglés y el francés pidieron su descalificación después del chiste. Y, sinceramente, ¿quién no lo haría?

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