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El don de la inoportunidad

MaruxaMI HIJA NO SE duerme cuando su madre o yo lo disponemos, sino cuando a ella le da la gana. Es así de rotunda. E insumisa. E independiente. La Constance Markievicz de la vigilia libre y potestativa. También es así de inoportuna. Su hora de irse a dormir es un punto indeterminado en el reloj ubicado entre las diez y las doce de la noche. Lo decide ella misma. Si tiene sueño nada más cenar, te viene a buscar con un cuento en la mano y te dice que la lleves a la cama. Pero si ese día no se quiere acostar temprano, es capaz de razonar contigo durante media hora, girando una y otra vez sobre los mismos argumentos, hasta que termina venciendo por agotamiento. Y entonces se va a la cama a las once. O a las once y media. O a las doce. Cuando ella lo estima conveniente.

Por lo general, elige quedarse en pie, jugando con su madre y conmigo, cuando a nosotros nos interesa ver una película o una serie, haciendo que esto no sea posible. De igual modo, basta que estemos los tres disfrutando de una agradable noche de verano por el barrio para que a las nueve y media insista en que quiere irse a casa a dormir. Con la siesta ocurre lo mismo. Si lo ideal es que permanezca despierta después de comer porque a las tres tiene pediatra, a las dos y media está roncando. Si conviene que duerma pronto para estar lista a las cinco, se duerme a las cinco menos diez.

Es un modo de proceder que aplica a muchos otros ámbitos de la vida. Si hace falta guardar silencio, se pone a cantar o a conversar de viva voz consigo misma. Si le pides que le explique algo a alguien, no dice ni una palabra. Si tenemos prisa, se cruza de brazos y se niega a caminar. Si te paras a charlar con alguien, ella decide que es el momento perfecto para echar a correr calle abajo. Tiene el don de la inoportunidad.

Y no se me ocurre una virtud mejor para ella. Porque si hay algo que no se debe ser en la vida es oportuno. Pertinente. Preciso. La oportunidad es una cualidad desafortunada. Favorece lo predecible y dificulta el equívoco. Tiende a impedir el malentendido. Convierte la vida en un proceso riguroso y burocrático donde cada pieza ocupa a su hora su lugar. Pocas cosas hay tan aburridas como llamar a una puerta en el momento adecuado. Lo interesante es hacerlo inconvenientemente antes o inconvenientemente después, cuando todo puede hallarse inapropiadamente desordenado.

Sospecho que a mi hija la colocó en el buen camino su madrina. Una mujer tan sabia que hace poco rechazó una importante oportunidad por ser demasiado oportuna. Llegó en tan buen momento que no era buen momento en absoluto. Y ese es el principal problema de la oportunidad. Que llega justo cuando debe llegar, ignorando que la vida es atractiva y excitante cuando las opciones nos pillan a pie cambiado. Cuando nos obligan a arriesgar. Por eso no hay nada peor que una segunda oportunidad. Porque suprime el riesgo. Porque te proporciona la ocasión de hacer las cosas como se debe. Algo que, como explica Michel Houellebecq en Plataforma, "va en contra de todas las leyes".

La madrina de mi hija me contó hace tiempo algo que le había sucedido en la empresa que dirige. Ella estaba en la oficina cuando un empleado, y gran amigo suyo, entró a coger una revista y salió hacia una zona común donde hay un cuarto de baño. Poco después, se escuchó el cerrojo de uno de los retretes. Ella decidió entonces ir a gastarle una broma a su amigo, a meterse un poco con él, así que entró sigilosamente en el cuarto de baño, se colocó al lado de la puerta del retrete y comenzó a alabar en voz alta y con tono exagerado el rico olorcito que había allí. "Qué magnífica fragancia desprende eso que estás dejando ahí", repetía entre risas. "Qué rico huele". Según me contó, llegó incluso a mencionar lo apetecible que resultaba "esa caquita".

Como no obtenía respuesta, se encogió de hombros y regresó a la oficina, pero al pasar al lado de un pasillo se encontró a su amigo sentado en una silla, leyendo tranquilamente la revista que había cogido un rato antes. En ese momento alguien salió del cuarto de baño, justo detrás de ella: se trataba del chico nuevo al que ella misma había contratado dos días antes y que acababa de escuchar cómo su jefa, pegada a la puerta del retrete, le comentaba lo bien que olía "su caquita".

"El chico se puso rojo, bajó la cabeza y continuó caminando. Acababa de llegar a la empresa, todavía no tenía confianza con nadie y era la primera vez que se veía en la necesidad de usar el cuarto de baño... No pude haber sido más inoportuna —me decía ella, terminando de contarme lo sucedido—. ¡Y menos mal, qué aburrida habría sido esta anécdota de lo contrario!".

Definitivamente, a mi hija la ha instruido su madrina. La suerte le ha dado esa oportunidad.

El don de la inoportunidad