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El día que me robaron

NO RECUERDO SU nombre. Supongamos que se llamaba Javier. Coincidía a menudo con él en los pasillos del instituto. Me parece que había repetido curso un par de veces. Era la clase de persona que te trata amablemente, incluso con afecto, cuando solo estáis vosotros dos y que te falta al respeto en cuanto necesita fanfarronear delante de su grupo de amigos. El nombre técnico para ese tipo de individuos es gilipollas.

Una tarde me lo encontré jugando a las recreativas en un local que había cerca de la casa de mis padres. Javier tenía el día simpático y pensó que sería buena idea divertirse a mi costa con su pandilla de palmeros. Al principio no eran más que unas cuantas burlas pobremente elaboradas y algún insulto. Podía soportarlo. Pero poco a poco Javier se fue volviendo más agresivo, quizá porque yo seguía a lo mío y no caía en sus provocaciones. Hasta que de pronto decidió que iba a hacerle caso me gustase o no.

Sin previo aviso, me agarró por un hombro, me giró hacia él y me soltó un puñetazo en la cara. Yo me caí al suelo y en ese momento aprovechó para pegarme una patada en el estómago. Porque sí. Porque no iba a consentir que yo permaneciese allí como si nada, haciendo oídos sordos a sus insultos. ¿Cómo me atrevía a no sentirme acorralado? ¿Quién me creía que era para dejarlo en mal lugar delante de sus fieles admiradores?

En cuanto me recompuse salí a la calle y, desde una cabina, llamé a mis amigos. Yo no era lo bastante fuerte ni lo bastante valiente como para enfrentarme a Javier, pero para su desgracia, mis amigos sí. De hecho, a mis amigos les encantaba buscarse problemas y meterse en peleas. Mi llamada les había arreglado la tarde.

Javier no lo pasó nada bien aquel día. En cuanto descubrió que yo había regresado a los recreativos a pesar de la humillación anterior torció el gesto. Aquello no se lo esperaba. Cuando poco después vio aparecer por la puerta a media docena de tíos dispuestos a partirle la cara, se dio cuenta del lío en el que se había metido. Lo que sucedió a continuación no es necesario describirlo. Acabó pidiéndome disculpas desde el suelo, sangrando por la nariz y llorando como un niño pequeño. Nunca volvió a dirigirme la palabra en los pasillos del instituto.

No me enorgullezco de lo que pasó aquella tarde. Los conflictos no se resuelven así. Mi reacción fue cobarde e irracional. Pero en plena adolescencia, aquella sensación de haberle dado su merecido a un matón de instituto fue muy reconfortante. El tal Javier había abusado de su fuerza, lo llevaba haciendo años impunemente, y desde aquel momento ya sabía que los actos tienen consecuencias. Por lo menos, en lo que se refería a mí. Y no estaba dispuesto a perdonarle ni una.

Han pasado veinte años y, como es natural, he aprendido a gestionar esa clase de situaciones de otra manera. En eso consiste madurar. Sin embargo, hace dos días volví a sentir la misma sed de venganza primitiva con unos tipejos que también se valieron de su fuerza para cometer una injusticia. La misma necesidad de convocar a mis amigos y poner cara de "ahora os vais a enterar".

Básicamente, lo que sucedió fue que me robaron porque pequé de imprudente. Me encontraba tomando algo en un bar, saqué cincuenta euros de la cartera y los dejé sobre la mesa, me levanté un momento para preguntarle al camarero si la máquina de tabaco admitía billetes y cuando volví a la mesa el dinero ya no estaba. Y no había nadie más en el bar, salvo los tres matones de barrio que disimulaban en la mesa del fondo, mirando para otro lado. 

Maruxa. EP

Les pregunté si habían visto un billete que había sobre mi mesa y su respuesta fue: "No, ¿de cuánto era?". En ese momento supe dos cosas: que habían sido ellos y que yo no iba a recuperar mi dinero. Para colmo, uno de ellos se levantó y le preguntó al camarero si le podía dar cambio de cincuenta euros. Fue entonces cuando volví a sentir lo mismo que aquella tarde de la adolescencia. Pensé: "Voy a hacer cuatro llamadas y estos sinvergüenzas se van a enterar".

Pero me contuve. ¿Qué era lo que pretendía? ¿Involucrar a cuatro o cinco amigos en una pelea de bar por cincuenta euros? ¿Arriesgarme a salir de allí sin el dinero y con una paliza encima? No era buena idea se mirase por donde se mirase, y sin embargo me corroía la rabia. Tal vez habría madurado, pero aquello no podía quedar así. Esos tres tipos se merecían un correctivo.

Así que recogí mis cosas, me puse la chaqueta, me dirigí hacia la puerta y, antes de salir, me giré y les grité: "¡Sé que habéis sido vosotros, cabrones, me debéis cincuenta euros!". Y salí corriendo calle abajo como si me llevara el diablo. No paré hasta llegar a mi portal. Que haya madurado no quiere decir que no siga siendo igual de cobarde que hace veinte años. Sólo faltaría.

El día que me robaron
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