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Donde cuelgo el sombrero

A comienzos de este siglo, o puede que del anterior, me mudé a Madrid para grabar un disco con el grupo de música del que formaba parte por aquel entonces. Recuerdo haber contado esta historia mucho tiempo después, en una columna para este periódico en la que me refería al profundo vértigo de aquellos días. Desde mi perspectiva periférica, Madrid tenía hechuras de femme fatale, y yo solo era un crío acojonado metiéndose por primera vez entre sus faldas. A propósito de nuestra llegada al piso el primer día en la capital, escribí en aquella columna: "No hay nada como disponer de un lugar en el que arrojar tus bultos para creerte a salvo. Saber que tus llaves abren al menos una puerta y tener un hogar es la misma cosa". Con los años me di cuenta de que esa afirmación distaba mucho de ser cierta.

Tener un hogar no consiste en saber que al menos existe una puerta cuya llave te pertenece. Como mucho, eso significa que tienes un refugio. O un guardamuebles, a lo sumo. Hace falta mucho más que la sensación de seguridad que te proporciona una guarida para poder llamar a ese sitio tu hogar. Hace falta el calor, hace falta el fuego. El hogar es la lumbre junto a la que uno se calienta, sobre la que prepara su alimento, son las llamas que brindan algo de luz en la oscuridad. La raíz de la palabra hogar es la misma que la de hoguera porque antiguamente el fuego era el elemento central alrededor del cual uno construía su hogar. Pero hoy en día no me parece tan sencillo señalar qué convierte a un determinado lugar en tu hogar. Es algo en lo que pienso a menudo.

En el año 1902, los compositores Jean Schwartz y William Jerome Flannery escribieron una canción titulada Any old place I can hang my hat is home sweet home. La traducción sería algo así como "hogar es cualquier lugar en el que puedo colgar mi sombrero". Hace algún tiempo, charlando con un buen amigo sobre la letra de esta canción y el concepto de hogar, me comentaba que él entendía esa frase de un modo muy gráfico: hogar es ese lugar en el que colocas los pies encima de la mesa. Sin mayor preocupación. Si llegas a un sitio, te sientas y colocas los pies sobre la mesa sin miramientos, sin necesidad de consultar a nadie, probablemente estés en tu hogar. Y reconozco que me gusta ese enfoque. Tu hogar es ese lugar en el que no necesitas pedir permiso.

Sin embargo, tiene que haber algo más. Pueden ser varios los sitios en los que uno sienta esa libertad, pero quizá no se pueda considerar a todos ellos como un hogar. Porque el auténtico hogar tiene, además, algo de última parada. Es el lugar al que vas cuando ya no hay otro sitio al que ir, cuando no quedan más sitios a los que puedas ir, cuando no quedan más sitios a los que quieras ir. Quizá el auténtico hogar sea ese lugar al que siempre puedes regresar, pase lo que pase. Tal vez el hogar no sea un sitio al que se va, sino al que se vuelve. Puede que esto y todo lo anterior sea lo que conforma, en definitiva, un hogar.

Estos días se está hablando mucho de la película Nomadland, recientemente premiada con el Globo de Oro en la categoría de drama y cuya directora, Chloé Zhao, también ha recibido el Globo de Oro por la mejor dirección. La película -está basada en el libro de la periodista Jessica Bruder País nómada: supervivientes del siglo XXI, editado en España por Capitán Swing- trata sobre una mujer llamada Fern que lo pierde todo en la crisis del 2008 y se ve obligada a llevar una vida nómada a lo largo de Estados Unidos, recorriendo el país con su furgoneta en busca de trabajos temporales o de carácter estacional y durmiendo en campamentos improvisados junto a docenas de personas que se encuentran en su misma situación.

Poco a poco, Fern se va dando cuenta de lo acompañada que se siente por esas personas. De la conexión que hay entre ellas. Del vínculo que se ha ido creando en esos campamentos, mientras toda una vida en común se iba formando alrededor de la lumbre. En una escena de la película, Fern se cruza en unos grandes almacenes con unos antiguos vecinos que parecen avergonzarse de ella. Una de sus hijas les pregunta si Fern es ahora una persona sin hogar, a lo que la propia Fern le contesta que no, que solamente es una persona sin casa -I"m not homeless, I"m just houseless-. Porque la realidad es que sí tiene un hogar. Y este se encuentra junto a toda esa gente con la que convive.

Y puede que, al final, todo este asunto se reduzca a eso. Puede que el hogar, ese sitio al que siempre puedes regresar, en el que no sientes la necesidad de pedir permiso, ese sitio al que no vas, sino que vuelves, y donde cuelgas tu sombrero, sea sencillamente el lugar en el que se encuentran las personas con las que compartes tu vida. Independientemente de donde viva cada uno. Y de si ese sitio tiene cerradura o no.

Donde cuelgo el sombrero
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