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Una desgracia familiar

RECUERDO A MI primo pequeño por sus andares, que es una de esas cosas por las que nadie debería ser recordado jamás. Caminaba flexionando demasiado las rodillas, como si fuesen dos muelles viejos, y sus piernas parecían estar siempre a punto de descoyuntarse, provocando que mi primo se desmoronase dramáticamente por el suelo, dividido en multitud de piezas articulables. He podido comprobar esta semana, al reencontrarme con él, que su forma de andar ha cambiado por completo al hacerse adulto. Ahora avanza de forma estática, muy tieso, mediante un juego mínimo de caderas y tobillos que lo impulsan vaporosamente hacia adelante mientras sujeta un bastón. Por momentos tuve la impresión de que, en lugar de caminar, levitaba. No pude decidir si lo suyo había ido a mejor o a peor.

Ilustración
MARUXA

Me telefoneó hace unos días para contarme que se encontraba en Galicia. Apenas habíamos empezado a conversar cuando me comentó que entre sus planes estaba hacerme una visita, cosa que me sorprendió, ya que no lo veía desde que era un crío sobre un par de muelles. Fue tan repentina e inesperada la noticia que no me dio tiempo a inventar una excusa verosímil sobre la marcha. Balbuceé durante unos segundos, enlacé dos o tres interjecciones como "ah" y "uh" y también "oh", y finalmente me cité con él en la terraza de la placita que hay en mi calle. Cualquiera que me conoce sabe que, para una persona como yo, dotada de una nula capacidad de reacción a la hora de improvisar un pretexto, la familia lejana es lo primero.

Lo vi llegar a lo lejos, aproximándose a la plaza como movido por el viento. Llevaba gafas redondas y un sombrero borsalino, y portaba en su mano derecha una cachava muy fina, como una vara de fresno, que no apoyaba al caminar. Si no fuera por los pantalones remangados, la chaqueta de lino y las alpargatas, habría jurado que se trataba del mismísimo James Joyce.

Tardó unos minutos en percatarse de mi presencia. Se sentó en otra mesa, en el extremo opuesto de la plaza, y le pidió al camarero un vermú rojo con tónica. Eran aproximadamente las diez y media de la mañana y aquella extravagancia fue lo primero que me hizo sospechar. De un bolsillo de su chaqueta sacó un cuaderno y a continuación un bolígrafo, que comenzó a mordisquear obsesivamente mientras observaba a la gente charlando, desayunando, paseando… Se fijaba en una reacción o en el comentario de un desconocido y, tras contemplar durante unos segundos el infinito, con la mirada perdida en los árboles o el cielo, realizaba algunas anotaciones en su cuaderno. Comprendí que aquel era el momento perfecto para escabullirme, así que me impuse al sentido común común y me acerqué a su mesa.

Lo primero que hizo, nada más saludarme, fue elogiar ciertas virtudes inmateriales de la plaza mientras me agarraba por los hombros: "En este lugar se reúnen las historias, Manuel —murmuró como si estuviese alabando algo que me pertenecía—. Pasan ante ti, se cruzan en tu camino. Algunas te eligen y otras te descartan. Es la vida lo que está sucediendo aquí". De repente, un escalofrío recorrió mis temores más profundos. Ese puñado de frases, una detrás de otra, confirmaba los peores presagios. El aspecto bohemio, el alcohol, las estridencias, los andares estirados… Sólo había una cosa que explicase todo aquello.

Me aclaró que no podía quedarse mucho tiempo. Al parecer estaba inmerso en un viaje que, según me comentó, le conduciría a reencontrarse con su propio yo. Apenas tuvimos quince minutos para charlar, durante los cuales se citó un par de veces a sí mismo, me expuso su teoría sobre la diferencia entre lo estético y lo artístico, corrigió a un conocido que se acercó un momento a hablar conmigo —"me he enterado de que", lo interrumpió, añadiendo la preposición que faltaba— y no prestó atención alguna a las escasas tres aportaciones que yo hice a la conversación. Antes de irse me pidió que pagase su consumición porque andaba justo de efectivo, se despidió alzando su sombrero, echó un último vistazo a la plaza y se marchó.

Con el alma helada, esperé a que hubiese desaparecido calle abajo y llamé por teléfono a su padre, mi tío Ramiro. La familia entera vive sumida en la amargura desde entonces. No saben cómo ha podido pasar. "Lo hemos educado igual que a sus hermanos", me escribía ayer su madre. "¿Y sus profesores no se dieron cuenta en el instituto?", se lamentaba su hermano. Fue una de las llamadas telefónicas más duras que he tenido que hacer jamás. Di un par de rodeos, vacilé al utilizar algunas palabras que podían herir la sensibilidad o el orgullo de mi tío Ramiro... Él se puso muy nervioso al notar mi inquietud al otro lado de la línea, así que me lancé: "Por favor, no os preocupéis, encontraremos una solución. Pero son varios los indicios que me hacen pensar que el primo Chencho podría ser escritor".

Pobre gente. Qué mala suerte han tenido.

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