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Cómo lo odio

LOS SÁBADOS por la noche, después de cenar, suelo ir a tomar una copa al bar de siempre, que casi nunca es el mismo bar, pero suele estar en el centro. Para llegar allí desde mi casa hay dos trayectos directos posibles. Ambos son igual de largos. En ambos hay las mismas pendientes. Paseando a la misma velocidad, se tarda aproximadamente lo mismo en llegar por un camino que por el otro. No obstante, existen dos importantes diferencias.

La primera se refiere al encanto del recorrido: una de las rutas, sinuosa y mal iluminada, discurre en su totalidad entre calles angostas, caducas, aplastadas bajo décadas de ladrillo; la otra, sin embargo, se extiende a lo largo de una amplísima avenida arbolada mucho más moderna, mucho más abierta y, en definitiva, mucho más agradable. La otra diferencia es que en este segundo trayecto hay un semáforo despiadado. Un aparato diabólico que siempre te detiene el paso. Da igual que corras o vayas despacio, no hay forma de llegar a él en el momento oportuno, justo antes o justo después de ponerse en verde. Te pasas media vida de pie en esa acera, con la mirada perdida en algún punto del otro camino, esperando a que las luces cambien de color mientras un río de coches fluye por la avenida frustrando tus planes de cruzar a destiempo. Cuenta la leyenda que se pone en verde unas tres o cuatro veces al día como mucho. Alguna noche incluso he tenido que regresar a casa sin haber sido capaz de llegar al bar. "¿Dónde has estado?", me preguntan al entrar. "Pasando el rato en el semáforo", contesto resignado. He asumido hasta tal punto la superioridad intelectual de esa máquina que, en la actualidad, cada vez que tengo que ir al bar, elijo siempre el trayecto sinuoso y mal iluminado. Porque he comprendido que no puedo vencer. He sido derrotado. Me ha puesto en mi sitio un dispositivo de regulación del tráfico.

Cuánto detesto ese semáforo. Y cuánto bien me hace detestarlo. Uno es profundamente infeliz cuando detesta las cosas grandes, importantes de la vida. Cuando aborrece su trabajo. Cuando odia a su pareja o a sus padres o a toda su familia. Cuando desprecia a sus amigos. Cuando siente aversión por todo aquello que le convierte en la persona que es o que define su vida. No me gustaría llegar a sentirme jamás así. Sin embargo, hay algo saludable en odiar las pequeñas cosas. Algo higiénico. Beneficioso para el equilibrio mental. Es como la diminuta válvula de las ollas exprés por la que se libera la presión. Si no odiásemos las cosas insignificantes acabaríamos reventando por algún lado. Porque un mundo en el que nada nos sacase de quicio sería un mundo tan feliz e insoportable, tan melindroso y homogéneo que todos nos volveríamos idiotas o locos.

Por eso conviene odiar las pequeñas cosas. Esos objetos o situaciones sin demasiada importancia que, sin embargo, a todos nos desesperan. Como el semáforo que tarda una eternidad en ponerse en verde. O la cortina fría y mojada de la ducha que se te pega a la espalda. O la gente que te agarra y te da golpecitos en el brazo mientras te habla. O la cuchara al revés bajo el chorro del fregadero que lo salpica todo. O el trozo del Bollycao que ya no tiene chocolate. O la línea de suciedad que nunca entra en el recogedor. O ese momento en casa de un conocido en el que, sentado en el váter, te das cuenta de que no queda papel higiénico. O la aceituna medio pocha que todo el mundo va descartando hasta que se queda sola en el fondo del cuenco. O el agüilla que cae en el perrito caliente antes de que salga el primer chorro de ketchup. O el corcho que no quiere volver a entrar en la botella de vino. O esos breves segundos durante los cuales estás a punto de estornudar, cierras los ojos, encoges la nariz, abres la boca y al final no estornudas. O la toalla que no seca. O el teléfono que se queda sin batería justo cuando estabas a punto de enviar el último WhatsApp. O esa extraña sensación de confusión que experimentas cuando crees que el ascensor va a bajar y, de repente, sube. O la pipa amarga que hay en todas las bolsas de pipas —especialmente cuando es la última—. O el apretón de manos que no aprieta. O la bayeta del camarero que huele como si llevase varias semanas muerta y con la que acaba de limpiar tu mesa. O la anilla de la lata de Coca-Cola que se te queda en la mano. O las calles con cantos rodados incrustados. O los calcetines que no se sostienen subidos. O los párrafos demasiado largos.

Yo no odio las cosas importantes. Al contrario. Soy feliz con mi trabajo, mi familia, mis amigos. Sin embargo, y aunque parezca increíble, hay quien opina que soy un gruñón. maruxa Gente que se extraña de que, a pesar de estar satisfecho con mi vida, refunfuñe a menudo y no esté siempre de buen humor. Si a alguno de ustedes les sucede lo mismo, espero haberles brindado una buena contestación. Cómo no ser un cascarrabias, maldita sea, con la de cosas pequeñas que hay para odiar. Y lo bien que sienta hacerlo. 

Cómo lo odio
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