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Amor en el hipermercado

Cruzó su carro de la compra delante del mío, impidiéndome el paso, y se apresuró a ocupar mi lugar. Lo hizo con atrevimiento, pero dando la sensación de no querer hacerlo. A lo Michael Laudrup. Yo estaba esperando para pasar por caja cuatro o cinco artículos, como siempre. Unos pañales, algo de vino, un par de cuñas de queso. Me di cuenta de que la mujer que se encontraba pagando delante de mí se entretenía reuniendo el importe exacto de su compra mientras charlaba con la cajera, así que aproveché para curiosear en una estantería lateral en la que había caramelos, chicles y huevos de chocolate. Medio minuto más tarde, cuando volví la vista hacia la caja, un caballero de mediana edad había colocado su carro de forma estratégica a escasos centímetros de la mujer que estaba pagando. Ahora era él quien se encontraba detrás de ella. Como por arte de magia, un desconocido había usurpado mi turno y, gracias a aquel movimiento, la siguiente persona en pasar por caja iba a ser él y no yo. Me quedé atónito.

Al principio tardé unos segundos en comprender lo que estaba sucediendo. Qué hacía aquel señor allí, disimulando como un carterista en el metro. Por qué no se apartaba para que yo pudiera pasar. Pero enseguida entendí que se me había colado; en un abrir y cerrar de ojos, con la precisión de un felino y el sigilo de un halcón -o al revés-. Me había despistado treinta segundos y de pronto yo era el tercero en la fila en lugar del segundo. Acababa de suceder allí mismo, delante de todo el mundo. A plena luz del día. Sin que nadie se diese cuenta. Culebreó por el pasillo, a mi espalda, con su carro lleno, se escurrió por el hueco que había entre la mujer y yo y conquistó un puesto que no le correspondía. Y de repente yo me sentí profundamente afortunado.

En estos tiempos que corren, tan llenos de solidaridad y confraternidad, no es sencillo ver a alguien colándose delante de ti en el súper. Es como un pequeño milagro. Ocurre tan pocas veces que, cuando tienes la suerte de presenciarlo, te sientes como esos cámaras de los documentales a los que la naturaleza premia al fin, después de varios días apostados en una colina, con la imagen de un okapi o de cualquier otro animal escurridizo y difícil de encontrar. Tu vida diaria se va sucediendo sin sobresaltos, los meses van pasando, iguales entre sí, y de pronto sucede ese prodigio diminuto que lo cambia todo. Un desconocido decide desplegar ante ti toda su habilidad táctica, toda su destreza en el arte de colarse en la fila. Y lo único que puedes hacer es rendirte ante su talento.

Porque no es sencillo ocupar el turno de otra persona en una cola, especialmente cuando se hace con delicadeza. Requiere de cierto dominio marcial de la oportunidad, de ciertas aptitudes intelectuales y motoras que están al alcance de muy pocos. Es prácticamente un don. Como el de los trileros o el de los comerciales de telefonía móvil. Al tipo que le roba el turno a otra persona en una cola se le ocurren formas de escabullirse hasta su objetivo que nosotros ni siquiera somos capaces de imaginar. Ellos ven tan clara la maniobra que casi sería una grosería no llevarla a cabo. A fin de cuentas, meterse entre dos personas en la fila para pagar en el supermercado no es algo que se le ocurra a cualquiera. Desde cierta distancia parecen personas normales, incluso menos que eso, pero de pronto te das cuenta de que estás ante un artesano de la picardía. Ante un maestro del ilusionismo.

Y en ese momento uno se siente privilegiado, feliz de compartir espacio con semejantes genios, con esas mentes nacidas para la victoria estratégica. Observas a cualquiera de ellos con admiración y piensas: "Cómo me la ha jugado, qué bien lo ha hecho, qué listo debe de ser este tío para haber logrado ganar un par de minutos aquí y ahora". Son como esos conductores habilísimos que arrancan más rápido que tú en el semáforo. Como esos amigos que, casualmente, a la hora de pagar la ronda, no encuentran la cartera. Y a veces ni siquiera te das cuenta de cómo ha sucedido. Suele ser un movimiento sutil e impecable. ¡Pam! Y ya te lo han hecho. Imagino la satisfacción que deben de sentir al saberse superiores. Al constatar que nadie más en el mundo, salvo ellos, serían capaces de algo así.

Me encontraba en la cola del supermercado reflexionando sobre todo esto cuando me di cuenta de que debía mostrar públicamente mi admiración y mi envidia. Dejé mi cesta en el suelo y comencé a aplaudir a aquel señor que se me había colado. Grité "¡bravo!" varias veces y también "¡máquina!" y "¡brillante!". 

Creo que en ese momento era amor lo que sentía por aquel desconocido tan listo y habilidoso. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, el hombre se ruborizó, pagó lo más rápido que pudo y se marchó. Supongo que así de humildes son los genios.

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