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Además de listo, desprendido

ME LLAMÓ la atención el razonamiento de un hombre durante una conferencia a la que asistí la semana pasada. Una conferencia que él mismo tuvo el detalle de advertir que enfocaría "desde una perspectiva inteligente". Para que los menos ágiles procurásemos no perdernos, supongo.

El tipo, que efectivamente debía de ser muy listo porque vestía unos vaqueros rotos y camiseta —sólo se viste así para dar un discurso ante un auditorio quien se lo puede permitir—, representaba a una de esas aplicaciones para móviles con las que puedes encargar cualquier cosa. Esas que te permiten no tener que levantar el culo del sofá.

Por supuesto, él las describía de una forma mucho más ingeniosa. Incluso introducía chistes en mitad del discurso. La gente lista suele hacer bromas cuando habla en público sobre asuntos serios. Da igual que no tengan gracia. Si las hacen es porque es gente brillante y la gente brillante siempre tiene sentido del humor. Los demás, de hecho, nos reímos porque sabemos que esa persona es muy lista, probablemente un genio, y aún así hace chistes. Como nosotros en las cenas de empresa. Quién nos lo iba a decir.

La charla se centraba en cuánto nos han facilitado la vida esos sistemas que nos evitan tener que desplazarnos. Como las aplicaciones mediante las que pedimos comida a domicilio. O las que nos permiten llenar la nevera con un clic. O las que hacen nuestros recados por nosotros. O las que sirven para enviar algo a la otra punta de la ciudad.

Pero lo interesante de la reflexión es que defendía que, en realidad, lo que haces con esas nuevas tecnologías es comprar tiempo. Tiempo para ti. No estás pagando para que alguien te traiga cosas a casa. En la medida en que esas aplicaciones te ahorran tener que ir personalmente a los sitios, lo que estás adquiriendo a través de ellas son horas libres. Eso es exactamente lo que decía aquel señor.

Me pregunté entonces cuál podría ser, a la vista de lo expuesto, el valor de mi tiempo. A cuánto ascendía el kilo de hora libre. Si era eso lo que estaba comprando, qué menos que conocer el precio. Un precio que no podía reducirse a las dos miserables monedas que me costaba el envío.

Mentalmente hice una lista de las cosas que solía pedir que me trajesen a casa y que en realidad no necesitaba. Cosas que compraba solamente por lo fácil que resultaba. Cuántas veces encargaba comida por pura vagancia. Cuántas veces había adquirido ropa que, de no ser por la aplicación, ahora no estaría muerta del asco en mi armario.

Me di cuenta así de lo mucho que gastaba innecesariamente gracias a esas nuevas tecnologías. Y del número exacto de horas de trabajo que destinaba a soportar esos gastos. Ese salario por hora era, precisamente, el precio del tiempo libre que, según aquel hombre, estaba comprando con su aplicación. ¡Acabáramos!

Salí de la charla enormemente satisfecho. Había descubierto que, debido a la inercia, estaba gastando más de lo debido en algo que no precisaba. Y que podía invertir ese dinero en cosas con las que me apetecía mucho más llenar mi tiempo libre.

Caí en la cuenta de que aquel era, en efecto, un hombre muy listo. Con una sola conferencia en vaqueros me había ahorrado un montón de dinero. "Como todo el mundo haya llegado a la misma conclusión, su empresa perderá además gran parte de sus beneficios —pensé mientras me marchaba—. Además de listo, desprendido. Bendito sea".

*Ilustración de MARUXA.

Además de listo, desprendido
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