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A la última invito yo

YO NO LO CONOCÍA. Era uno de esos amigos de tus amigos con los que nunca llegas a coincidir. Una de esas personas de las que te pasas la vida escuchando hablar, tanto que incluso jurarías mantener cierta relación clandestina de amistad con ellas, pero con las que el azar nunca ha querido reunirte.

Algunos de mis amigos cenaban con él una vez a la semana. Se trata de una pandilla que lleva juntándose para cenar todos los jueves desde hace dos décadas. Todos ellos son hombres, todos superan por poco los cincuenta años y todos se conocen desde que son unos críos.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXAHay un vínculo entre ellos que excede el de la simple amistad. Es algo que se aprecia en sus gestos. En su lenguaje corporal. En sus expresiones de camaradería y compañerismo. Basta con verlos a lo lejos una noche cualquiera, al fondo de la calle, dirigiéndose a su cita semanal entre risas, charlas, abrazos y empujones para darse cuenta de que, en realidad, a pesar de las canas, las arrugas y los kilos, son el mismo grupo de adolescentes que recorría el mismo trayecto hace cuarenta años para ir a echar un partido en el descampado donde ahora está el hipermercado.

Al verlos caminar juntos calle abajo un jueves cualquiera por la noche, si uno se fija bien, todavía se puede ver a aquel grupo de chavales de trece años en pantalón corto y con un balón bajo el brazo. Tal vez, en el fondo, nunca hayan dejado de ser aquellos críos.

En esa clase de pandillas, donde los lazos afectivos son tan fuertes y añejos, la muerte irrumpe como una bola de demolición. Es difícil resistir en pie. Es difícil que la propia estructura del grupo no se derrumbe sobre sus cimientos. A la fuerza, las cosas no pueden seguir siendo como antes. Uno se pregunta cómo podría continuar viéndose ese grupo de amigos una vez a la semana cuando uno de ellos ya no está. Pocas cosas tienen tanta presencia como una silla vacía. Pocas cosas ocupan tanto espacio. Hay ausencias que lo llenan todo. Que lo inundan todo. Especialmente durante una cena de amigos, pero también antes y después. Todos esos minutos que hay antes y después. Todas esas horas. Todos esos días.

Yo no lo conocía. Al menos, no personalmente. Pero lamenté su muerte como si lo conociese. Después de tanto escuchar hablar de él, la conclusión a la que llego es que era un tipo fantástico, que es una de las mejores cosas que se puede ser. Y lo demuestra el hecho de cómo decidió gestionar su propia ausencia. El modo en que decidió adelantarse al enorme hueco que sabía que dejaría su silla vacía. 

A veces no son las grandes hazañas las que definen a una persona, sino los pequeños detalles. Hacía tiempo que él sabía que estaba enfermo y que su muerte, tal vez, podría no tardar en producirse. Padecía del corazón, aunque no se lo dijo a nadie. Un jueves por la noche, después de cenar con su pandilla de toda la vida como cada semana, regresó a su casa y, al cabo de media hora, se murió. Sus amigos se enteraron el día después.

Pero no hubo necesidad de enfrentarse a la decisión de volver a verse o no el jueves siguiente. De tener que acordar si lo más oportuno sería juntarse, como siempre, y dedicar la reunión a llorar su pérdida o si, por el contrario, lo adecuado sería cancelar la cena una semana. O dos semanas. O para siempre. Su mujer se puso en contacto con sus amigos unos días después del funeral y les comunicó que su difunto marido había dejado pagada una cena para su pandilla en el restaurante de siempre. Ese mismo jueves. Para que se juntasen, cenasen y brindasen por él como si estuviese sentado a la mesa con ellos.

Ese jueves fue el de la semana pasada. El grupo de amigos se citó en el lugar de siempre y caminaron juntos hasta el restaurante. El dueño había recibido el encargo de celebrar aquella última cena muchos meses antes, una noche cualquiera, tal vez entre una cerveza y otra. En un ambiente tan distendido que incluso se lo había tomado a broma.

La pandilla decidió aprovechar la noche para recordar lo bueno. Los momentos bonitos. Las anécdotas más divertidas al lado de su amigo. Del tipo que había decidido que la última cena la pagaba él.

Yo los vi salir del restaurante a medianoche, al fondo de la calle, y retomar el trayecto que llevaban recorriendo juntos desde hacía cuarenta años. La única diferencia es que ahora ya no era posible ver a aquel grupo de adolescentes que charlaban y reían en pantalón corto y con un balón bajo el brazo. Ahora eran un grupo de señores de cincuenta y pico años. Nada más. Los chavales de trece años habían desaparecido. Y, probablemente, para siempre.
 

A la última invito yo
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