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Somos menos y más viejos

El empleo, el nivel salarial o el acceso a la vivienda están antes que los cheques regalo o los pañales gratis
Pensionistas. EFE
Pensionistas. EFE

SEÑOR DIRECTOR:

Somos menos, somos más viejos, la tasa de natalidad es muy baja y por cada pensionista hay apenas un menor de 16 años. Es una forma simple, a modo de lead periodístico, de resumir un problema demográfico que existe en Galicia. Su realidad nadie lo niega. Debería contemplarse como el problema de Galicia, en cuanto es la consecuencia de otras carencias. Cada trimestre, cada cierre de año, llegan los datos negativos de Estadística, desde el Ine o desde el Ige, y cada vez ya ocupan menos espacio en los titulares informativos: se ha convertido en normalidad el retroceso en la población. Tampoco son esos datos un buen balance de décadas para los gestores públicos que se han sucedido. También esto influirá en que la información llegue una y otra vez sin mayores ruidos. Esos indicadores demográficos son la expresión de una cuenta de resultados negativa. Habría que preguntar inmediatamente a quienes programan y contratan obras: ¿para qué se quieren tres aeropuertos si no hay gente? Únicamente para que otros nos visiten como parque temático. Pues dígase.

Aunque sea cierto que las zonas costeras y los grandes núcleos urbanos atraen población, concentran, algo que puede verse en las provincias de A Coruña y Pontevedra, el problema demográfico gallego es del conjunto del país y no solo de la Galicia interior "vaciada". Aquí se acentúa, 49,86 años de media de edad en Lugo, y Ourense, la provincia más envejecida de España, 50,6 años de media. Pontevedra es la que da una media más joven, 45,6 años. Los pensionistas representan la cuarta parte de la población gallega. Bienvenidos sean los viejos emigrados que retornan. Están en su derecho a ser acogidos por la tierra que no les ofreció esperanza. Pero por ahí no van las respuestas al problema demográfico de Galicia.

Causas y gestos

¿Dónde radica el origen de esta pérdida de peso demográfico y qué medidas eficientes hay que adoptar para afrontarla y para darle respuesta positiva, para cambiar la tendencia? ¿Es posible la variación a positivo para el caso concreto de Galicia? A estos interrogantes ya no encontramos respuestas unánimes en los políticos. Las diferencias o matices radican en si se responden desde el poder o la oposición, más que en posiciones ideológicas divergentes. Las diferencias ideológicas pueden aparecer, aunque carezcan de lógica, a la hora de plantear si el modelo económico y social influye y condiciona algo, o mucho, por ejemplo la edad en la que se registra el primer hijo (32,7 años, en Galicia) o en el número de hijos de una pareja. Creo, señor director, que en este caso, como en tantos otros, sería conveniente que las gafas o las orejeras ideológicas, colocadas antes y por encima de los datos, no impidiesen examinar los hechos y procesarlos con cierta asepsia. Así, las condiciones laborales y económicas de los jóvenes, las dificultades o la imposibilidad de acceder a una vivienda, incluso en alquiler, son factores a contemplar necesariamente si se pretende hacer frente al problema demográfico en Galicia, más allá de gestos para una foto propagandística o anuncios de ciertas medidas que únicamente merecen la calificación de placebos para tapar la inoperancia.

Los pisos patera en los que se concentran jóvenes en las grandes ciudades de Galicia o España, como en otros tiempos lo hacían estudiantes universitarios, que entran o llevan ya años en el mercado de trabajo, son todo un indicador de la alarma que debería haberse activado hace tiempo con la vivienda. Hasta el franquismo construía parques de viviendas públicas y ahora pudiera resultar que algunos, en una versión sintética del liberalismo, a la que le faltan capítulos y autores, identifiquen interesadamente la solución de problemas y satisfacción de necesidades con la acumulación de riqueza propia, servicio a intereses minoritarios y prácticas de corrupción. Si en sí misma la entrega a fondos buitre de viviendas sociales es un escándalo, un desprecio al electorado, en este contexto es una sinvergüencería total. Esos fondos son una expresión de la podredumbre que corroe la economía que pone en riesgo la estabilidad del sistema social y político de libertades públicas. Adam Smith y La teoría de los sentimientos morales quedan muy lejos de todo esto. Permítame usted una distracción y que le transmita una primicia para la sección de necrológicas: incluso se comen La mano invisible, que pasó a mejor vida.

Con esta literatura de andar por casa, pretendo apuntar a la madre del cordero de esta cuestión: casi todo se confabula para que los jóvenes se vean obligados a retrasar la formación de un hogar o de una unidad familiar o como quiera decirlo el lenguaje políticamente correcto. Digamos que generación de empleo, capacidad de acceso a la vivienda, condiciones y estabilidad laboral, nivel salarial, calidad de la vivienda condicionan la decisión de tener el primer hijo y el número.

Los pañales gratis, un cheque de mil euros u otras medidas que anuncian con frecuencia equivalen a dar vueltas alrededor del problema: no van al núcleo. ¿No pueden o no son competencia de algunas administraciones el campo de esas decisiones de política general? No es del todo cierto: un ayuntamiento tiene mucho que decir en política de viviendas o guarderías. Y si se pronuncian, como brindis al sol, sobre Trump o Evo Morales, con más razón, creo, deberían hacerlo en asuntos de interés próximo y directo para sus conciudadanos ante los centros de poder que corresponda. La situación no invita al optimismo.

Influencia

Es una obviedad que el peso de la población está directamente relacionado con la capacidad de influir en el poder político y de obtener inversión pública. Esta es una, y no pequeña, consecuencia del problema demográfico de Galicia. Que el tren de alta velocidad llegue, cuando llegue, tres décadas después de entrar en Sevilla guarda relación con esa falta de peso demográfico que se traduce en falta de peso político. Los representantes políticos de Galicia pueden tener más o menos autoridad y capacidad de audiencia por su propia talla como líderes políticos, pero es evidente que a la hora de plantear y exigir inversiones e infraestructuras cuenta y pesa la población que representan o tengan detrás. Y cuentan, seamos realistas, los votos con los que pudieran condicionar o decidir en la política general. En definitiva, señor director, aparece por diferentes vías la importancia de sumar población

…Y el gallego

También se necesita población para que el gallego como lengua no desaparezca, que es otro aviso que recibimos estos días desde el Consejo de Europa. Tampoco es una sorpresa. Cuando de lo que realmente hablamos es de la cartera, la economía y las políticas sociales, para dar respuesta a una población a la baja, esta es una forma de poner punto final a esta carta. La responsabilidad en el idioma, si a alguien le preocupa la pérdida de galegofalantes, se descarga siempre en la Xunta de turno. Además se considera una provocación y un ataque —a quién y a qué— preguntarse por la solemne ineficiencia de la "economía del gallego". Pero ese es otro jardín al que es aconsejable entrar con ropa de seguridad. De usted, s.s.s.

Somos menos y más viejos