sábado. 08.05.2021 |
El tiempo
sábado. 08.05.2021
El tiempo

Seguridad privada en el palacio de invierno

Michael J. Sandel propone en el debate social el discurso del bien común

Señor director: 

¿Es la meritocracia un termómetro real de la igualdad de oportunidades e indicador de una sociedad justa?¿La ética del mérito se entiende como una ficción de justicia que oculta en realidad la situación de quienes se han quedado en el fondo, sin posibilidad de ascenso? ¿La meritocracia alimenta y forma parte de las causas del descontento y la indignación social que marcan este tiempo? Pudiera parecer una provocación formularse estas preguntas cuando el esfuerzo está cuestionado como valor y los exámenes y reválidas en la enseñanza demonizados. Son boberías levantadas como bandera progresista, como identificar esfuerzo con los excesos del capitalismo, y que se difunden y se aplican en la gestión política. Pero, con independencia de estos accidentes, son preguntas pendientes desde hace al menos una década. Es una mirada a la crisis política y económica actual.

La gran depresión de 2008 trajo un empeoramiento de la situación económica para la gran mayoría, empobrecimiento para llamarle por su nombre; destrucción de expectativas para quienes acceden al mercado laboral o estaban o están en el inicio una trayectoria profesional, y un auténtico terremoto en el andamiaje de los partidos políticos tradicionales, llega al cuestionamiento del propio sistema. Son preguntas que se formulan, se analizan, y encuentran respuestas, se compartan o no, en la lectura de La tiranía del mérito*, de Michael J. Sandel, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales y profesor en Harvard.

Recompensas provocadoras


Una meritocracia es para la Enciclopedia Oxford de Filosofía "toda sociedad que crea una elite mediante recompensas acordes con las realizaciones que ha distinguido de los otros a algunos de sus miembros". El grado de movilidad vertical -el ascenso económico y social- es un indicador del nivel de apertura de una sociedad, señala hasta qué punto una persona con capacidad nacida en un estrato inferior puede ascender en la escala socioeconómica. La descripción la tomo de Anthony Giddens, con perdón para quienes lo ven como quien echó gaseosa en la socialdemocracia. Podría hacerse con cualquier otro teórico de la sociología.

Las recompensas a las que se refiere la Oxford de Filosofía se entienden acordes a los méritos, para ser ética y socialmente aceptables. ¿Es así: concuerdan logros y recompensa? Sandel analiza ejemplos que muestran que no. En algunos casos lo hace con detalle, como los chanchullos descubiertos en el acceso a las selectivas universidades americanas, donde el dinero y el origen familiar se imponen. En la misma línea negativa encontramos ejemplos en la información económica de las elites dirigentes de las grandes corporaciones o en el algo más que cuestionable -basta ver las líneas familiares que se suceden- del sistema de acceso a los cuerpos superiores de la administración pública, que analizó el colectivo Politikón en La urna rota. Unas propuestas reformistas frente a la crisis del sistema político español que, por cierto, cayeron en saco roto. Les correspondería afrontarlas a quienes son parte del problema. Una razón más para reivindicar el debate social y el regreso al valor del bien común que propone Sandel, mientras los liderazgos de las elites de los partidos tradicionales continúan a la espera de que las aguas por sí mismas vuelvan al viejo cauce. Esos que vinieron con que «saldremos juntos de esta» con la pandemia, que acentúa la crisis, mientras aplican polarización radical y trincheras partidistas.

Un par de detalles más. El que llega a la cima cree que todo es por méritos propios; cree que no tiene deudas con la sociedad. Resulta original, al menos para un servidor, cuando Sandel apunta como disfunción de la meritocracia la soberbia y egoísmo que alimenta en unos, los que llegan, y a la insatisfacción y resentimiento social de quien con capacidades equiparables quedó abajo y experimenta la injusticia.

Si hablamos de la movilidad ascendente, se lo decía hace un momento, es una urgencia la atención a la movilidad descendente. Ahí encontramos un indicador y un tumor de la crisis sistémica de estos tiempos. Y ahí encuentra su mejor caldo de cultivo la confrontación radical, la polarización política, que reflejan las elecciones en diferentes países y el Congreso de los Diputados. Cuando a los jóvenes de las clases medias y bajas se les cierra el horizonte no ya del ascenso sino de mantenerse en el nivel de vida del que proceden, hablar de meritocracia suena a provocación. Toca, como propone Sandel, prestar atención al bien común.

Esa referencia al bien común, que abandonó la derecha y la izquierda, como concepto y objetivo , es la conclusión o la tesis que defiende Michael J. Sandel. No es buenismo ni prédica alguna, como se deduce después de leerlo, ni invitación al asalto del palacio de invierno aristocrático. La elite de la meritocracia actual reside en urbanizaciones de acceso restringido por vigilancia privada, no en el palacio de invierno en el que se nacía con todos los méritos.

Permítame usted una cita que pudiera ser larga. La veo explicativa. Hablamos de una sociedad "con una amplia igualdad de condiciones que permita que quienes no amasen una gran riqueza o alcancen puestos de prestigio lleven vidas dignas y decentes, desarrollando y poniendo en práctica sus capacidad en un trabajo que goce de estima social, compartiendo una cultura de aprendizaje extendida y deliberando con sus conciudadanos sobre los asuntos públicos". 

En el furor del rencor partidista y acentuación de las desigualdades aparece como algo vacuo un "todos estamos juntos en esto"

El necesario debate


Buscar respuestas a esos interrogantes iniciales, más allá de los dogmas ideológicos del pasado, sean estos de resistencia o de hacer tabla rasa, parece una obligación cuando crece el número de jóvenes en paro o sin calidad en el empleo y sin opciones de ascenso profesional. Una respuesta que hay que buscar cuando los populismos y rupturismos desplazan a los partidos clásicos. Un fenómeno en crecimiento, sin que se le ponga remedio, desde la recesión de 2008. Es la propuesta del bien común por el que se pregunta este profesor en Harvard, autor de referencia en filosofía política que, según destaca Michael Ignatieff, liberal confeso y nada sospecho de veleidades colectivistas, intenta incorporar al debate social el discurso de la virtud cívica abandonado tanto por la izquierda como por la derecha. Uno de los principales problemas para que esto sea posible radica en que entre nosotros el debate se practica en términos de trincheras partiditas, con propuestas y réplicas que son consignas de los aparatos de estrategia de los partidos. El debate social abierto es una herramienta para el objetivo del bien común, para una sociedad más justa.

No es ninguna utopía. Aquí y allá encontramos ejemplos. No es patrimonio ni de la derecha ni la izquierda. Al estado de bienestar correspondía aquella mujer que en Sweibrücken trabajaba durante la semana en la limpieza y las primeras horas de las tardes del sábado las dedicaba a disfrutar en su casa de una obra de música clásica. Una muestra de virtud cívica está en el ejemplo gráfico que propone Sandel: la gran sala de lectura de la biblioteca del Congreso.

De usted, s.s.s.

* Sandel Michael J: La tiranía de la meritocracia. Qué ha sido del bien común. Traducción de Albino Santos Mosquera. Edit. Debate.

Seguridad privada en el palacio de invierno
Comentarios