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Rueda regresa a un escenario de país

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Señor director:
Hubo un tiempo de espera, de aplazamiento no previsto, dentro del Panteón de Galegos Ilustres. Tampoco es que el protocolo y la organización estuviesen fijadas con el rigor que pediría la ocasión. La dedicación del doctor Agustín Sixto Seco y del jefe de protocolo del Ayuntamiento compostelano, José Pumar, suplían la falta de programación. Se podía intuir por las voces que llegaban desde un lateral de la nave principal, el derecho frente al altar, que se registraba algún desencuentro entre cargos de UCD, que dejaban la Xunta preautonómica y habían perdido las elecciones, y los de Alianza Popular que llegaban con Gerardo Fernández Albor para tomar posesión como presidente. El desacuerdo era algo más que por razones protocolarias. En UCD no se acababan de enterar de que el poder se les iba de las manos en Galicia y en España. Para que nos entendamos todos y nos hagamos una idea del entusiasmo que había y el valor que se le daba a la autonomía que arrancaba, en San Domingos no había ni media entrada.

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Cuarenta y dos años y casi tres meses después, Alfonso Rueda Valenzuela regresó a este escenario para tomar posesión como presidente de Galicia. Mucho ha cambiado el país y la percepción positiva de las instituciones propias. Habrá que ver en el acto de ayer una intención simbólica y un mensaje. El país, además de población y generación de riqueza, necesita no diluirse para construirse como espacio de acogida y calidad de vida, para hacerse oír y respetar. Esto último debería figurar en el discurso del líder socialista, si a las siglas de PSOE en Galicia quiere que le antecedan las de PSdeG. En la campaña y en otras muchas intervenciones no fue así, ejerció como valedor del Gobierno de Sánchez. No hace falta seguir con mucho detenimiento la actualidad para concluir que el balance del Gobierno Sánchez con Galicia es negativo. Hago otro brindis al sol y le diré que el PP no debería instrumentalizar su posición en las instituciones gallegas para contribuir a la labor opositora a Sánchez, la que le corresponde a 
Núñez Feijóo en Madrid. El olfato ciudadano descubre rápidamente cuando hay defensa de intereses de Galicia y cuando se practica la confrontación como instrumentalización partidista. A algunos/as se les nota la impostura antes de que abran la boca y exhiban ignorancia sobre lo que protestan.

El Panteón,  a donde regresó ayer  la toma de posesión del presidente gallego, fue una idea o iniciativa, como tantas otras, de los gallegos de Cuba, para vernos y sabernos como lo que somos, habla de un país con raíces, formula una expresión de honra y reconocimiento a quienes dignificaron esta tierra e invita a dar continuidad a esas sendas.

El sol se vio tímidamente sobre Santiago el 21 de enero de 1982, y, si la memoria no me falla, la lluvia no hizo acto de presencia. El ambiente de aquella mañana, ni dentro ni fuera del recinto de San Domingos de Bonaval, ya le digo que no daba la menor idea del momento histórico al que asistía el país. Un par de policías locales vestidos con traje de gala, que no es que impresionasen por su porte, era lo único extraordinario en el interior de la iglesia. El primer presidente de la historia de Galicia tomaba posesión de su cargo. Debería entenderse y transmitirse a los gallegos como un acontecimiento único.

Quizás a Santiago, y no sé si al resto de Galicia, es aplicable lo que Gay Talese escribe sobre Nueva York en la primera línea de su último libro: "Es una ciudad de cosas que pasan inadvertidas". Talese reproduce lo que escribió sesenta años atrás en The New York Times, cuando ya firmaba la cuota que le corresponde por el llamado nuevo periodismo. Santiago no se entusiasma. Quizás la única ocasión de la que fui testigo, en la que respondió la ciudadanía, no los visitantes, fue cuando en el Obradoiro se celebró la declaración del Camino de Santiago como Primer Itinerario Cultural Europeo. La iniciativa la había impulsado y hecho realidad Marcelino Oreja. Era alcalde de la ciudad Xerardo Estévez, quizás de los pocos o el único regidor que se correspondió con la pretensión de capitalidad gallega y luminaria de Europa que se le supone a Compostela. Oreja, don Marcelino, es quien inicia y trabaja la activación del Camino de Santiago, dicho sea con permiso de quienes se cuelgan todas las medallas y de quienes las reparten interesadamente.

La idea de que Fernández Albor tomase posesión en el Panteón de Galegos Ilustres la inspiró, según mi información, el doctor Agustín Sixto Seco, el hombre infatigable que movía hilos y tejía lo que parecía imposible. El acto en sí, por su significado histórico, y la pátina galleguista que se le atribuía a Albor, aconsejaban la opción del Panteón, para la toma de posesión del primer presidente de Galicia. No encontró entusiasmo unánime dentro de la Alianza Popular (AP) de entonces. 

Cuarenta años después Galicia tiene asignaturas fundamentales pendientes. Dar respuesta a la pérdida de talento: los jóvenes mejor preparados que han de buscar oportunidades en otras latitudes. Acordar el trazado de ruta para la industrialización, el aprovechamiento de los recursos naturales y de las materias primas y, aparcados los partidismos, ejercer la valentía suficiente que no alimente los localismos estériles, tan bien reflejados en la existencia de tres aeropuertos, mientras Lugo o Ferrol quedan al margen del tren. 

En estas cuatro décadas Galicia dejó de ser la región pobre y atrasada que era. Michael Reid —le comenté ya a usted su libro ‘España’— sostiene que Galicia ha sido la región con el crecimiento económico más rápido en lo que llevamos de siglo. El consenso sobre cuestiones fundamentales para esta tierra, del que se habló esta semana con ocasión de la sesión de investidura en el Parlamento, será imposible por la primacía del tactismo de los tres partidos presentes en la Cámara. Pero es una necesidad y una obligación que no se debe silenciar aunque se reciba como cantinela de ilusionista.

De usted, s.s.s.  

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