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Perfil de un viejo

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Señor director:

Biden, al que se le ve físicamente rígido e inseguro al caminar, cumple mañana 81 años. Es el presidente de EE.UU. Aspira a ser el candidato demócrata en las presidenciales del próximo año. En la misma cita, Trump, 77 años, pretende desalojar a los demócratas de la Casa Blanca. En la política estadounidense no parece que exista discriminación por razón de edad, al menos por el techo. En el Vaticano tampoco, el papa Francisco tiene 86 años.

Doy media vuelta en el tiempo. Le recordaré a Golda Meir. Hago dos apuntes. Tenía setenta años en 1969 y pensaba en descansar después de una vida muy activa e intensa, tuvo que aceptar ser primera ministra de Israel. Hizo frente a una guerra, la de Yom Kipur, con 74. Esta edad, en aquellas fechas y con la trayectoria vital por las que pasó su infancia y juventud, de sufrimientos y escaseces hasta para comer, representaba mucho más que los setenta años hoy en una persona de un país desarrollado. Experimentó la miseria en Kiev, donde nació, bajo el imperio ruso, las calamidades de la emigración hacia la esperanza americana y el duro viaje, ya casada, a ‘Eretz Israel’ para hacerse allí desde la nada.

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La otra referencia con esta mítica mujer deja al margen la edad. Creo que es oportuna, aunque nos distraiga un momento. A Golda Meir el instinto en 1973 le advertía que venía guerra. Los servicios de inteligencia y el jefe del Estado Mayor le dijeron que no había de qué preocuparse. Pero en la celebración del Yom Kipur, día del arrepentimiento y muy sagrado para los judíos, Siria y Egipto atacaron a Israel. En 19 días los invasores se dieron por vencidos. Golda Meir dimitió —no había hecho caso a su olfato— aunque fue exculpada de los fallos de seguridad. Pudiera ser, a pesar de la distancia abismal entre las dos personalidades, la señal del camino que habrá de seguir ahora Netanyahu.

Vuelvo ya al perfil de los viejos. Sin pamplinas, me gusta más, me parece más cálida la palabra viejo que mayor. "Cóllase a min meu velliño, vamos xuntos camiñar…" cantaba Faustino Santalices el ‘Romance de Don Gaiferos’ con el acompañamiento de la zanfoña. ‘Un perfil de las personas mayores (2023), indicadores estadísticos básicos’ es el título de un informe*, con datos demográficos, de esperanza de vida y estado de salud, indicadores económicos, sociales y otros de las personas mayores de 65 años. Es toda una radiografía, con datos, de los viejos en España.

Antes del lado bueno de la estadística, como la esperanza de vida, y de las fotos idílicas de los engañosos anuncios de planes de pensiones, con una pareja de jubilados sanos, felices y hasta guapos en un campo de golf, apunto el rostro crudo y duro de la vejez. Ejemplos de edadismo —como el viejo no sirve para nada e incluso estorba— y de soledad y desamparo de los ancianos los encontramos con demasiada frecuencia en la actualidad informativa. No son extraordinarias las noticias del descubrimiento, por el mal olor que perciben los vecinos, del cadáver de un anciano que vivía solo en su casa. Nadie le visitaba ni llamaba. Nadie le echó en falta. O el desamparo que refleja el reciente descubrimiento por la Policía Local de Vigo de un hombre mayor, en la suciedad total, y con sus propios excrementos y orines en el lecho en el que permanecía tumbado. No se podía mover físicamente. Una hija vivía en el piso inferior. Algún miembro de la familia le llevaba comida. Los vecinos avisaron a la Policía por los gritos.

El peso en España de las personas mayores lo refleja, a enero 2022, el 20% con más de 65 años. La media de edad de la población española se sitúa en 44. Galicia es la tercera comunidad por porcentaje de mayores. Y es la segunda con las pensiones más bajas, lo que responde al nivel salarial previo de los años en activo. También hay, además de la territorial, brecha de género en las pensiones.

El informe habla de ‘sobreenvejecimiento’ de la población mayor, cuando el 6% de la misma es octogenaria. Y, un detalle a presente y fututo para el gasto público y las políticas de sanidad, más de la mitad de las estancias hospitalarias son de personas mayores. Y su número va en aumento. Por mi propio calendario vital, le recordaré a usted el impacto de la muerte de su íntimo amigo el escritor Hermann Bronch (‘La muerte de Virgilio’, en Alianza) en la pensadora Hannah Arendt, que es algo más que la banalidad del mal. No acepta que la desaparición del amigo sea definitiva. Y se da cuenta de que muchos de sus próximos están entre los sesenta y setenta años. "Me enfrento al problema de sobrevivir que es la versión vulgar de la pregunta más seria: ¿Cómo se vive con la muerte?".

Como he de ponerle cierre a esta carta, apunto a otros dos indicadores, la autopercepción del estado de salud y la felicidad. El 50,7% declara que su salud es buena o muy buena, con un matiz: se ven mejor los hombres (56,9%) que las mujeres (45,8%). Y sobre la felicidad influyen muchos factores del entorno, con los que varía la autopercepción: la soledad es negativamente uno significativo. La percepción positiva baja con la edad y es menor entre las mujeres que entre los hombres.

A la luz de los datos del informe, sería lógico preguntarse, y enlazo así con el inicio de la carta, si los dos viejos que aspiran a dirigir la primera, o una de las primeras, potencias mundiales no estarán apuntando al cambio en la pirámide de población que se registra en España y en los países del primer mundo. Sería uno de los efectos —¿bueno o malo este?— del envejecimiento de la población.

De usted, s.s.s.

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