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Mensajes varios en los tractores

Señor director: Un nuevo agente —quizás sin unidad y por tanto con mermada capacidad de poder— se quiere hacer oír en la adopción de políticas verdes. La traslación a legislación de las ambiciones del Pacto Verde europeo ha de contar con el campo. El cumplimiento del espíritu de ese pacto —mantener "una transición equitativa y socialmente justa"— lo cuestionan los tractores, que han salido a las carreteras y ciudades europeas. ¿Es la actividad ganadera y agraria la prioridad fundamental sobre la que actuar para un continente europeo climáticamente neutro? Nadie negará la realidad de la sequía, el cambio climático o la subida de las temperaturas, pero quizás ya no haya acuerdo a la hora de colocar a las vacas que pastan en los campos de Galicia como una de las primeras causas de impacto en el clima. Y va a ser difícil de convencer al campesino que se quedó en la aldea, prácticamente abandonada, que no pueda utilizar herbicida en su pequeño huerto o ante las zarzas que le invaden la casa mientras ve cómo se continúa aplicando con maquinaria pesada sobre amplios bordes de las carreteras públicas. No es lo mismo predicar que dar trigo.

Desde Bruselas, a los gobiernos estatales y las comunidades autónomas se han dictado medidas y se anuncian otras que afectan de modo drástico a la actividad en el campo, hasta cuestionar la viabilidad de muchas explotaciones. No se ha escuchado ni a ganaderos ni a agricultores. Los partidos y sindicatos ‘oficiales’, que más allá de anunciar las bondades de las ayudas económicas debieran ser cauce de comunicación en dirección doble, quedan cuestionados.

En la oficialidad surge la alarma de que el malestar y las demandas del campo las abandera la derecha y sus organizaciones más extremas, nacionalistas y antieuropeístas. Habrá usted observado estos días que hay corrientes informativas y de opinión que prestan más atención y le dan más relieve a quién está detrás de los tractores que a las motivaciones reales del malestar que engrasa la movilización del campo en casi toda Europa. Bien está que sepamos quién busca réditos partidarios en esta revuelta del campo —hay más que indicios—, pero el mismo interés y dedicación informativo-opinativa habría que aplicarlo a mostrar quién mueven los hilos de otras manifestaciones y movilizaciones.

La protesta de los tractores no es un fenómeno exclusivo de España —ahí, y sin que sirva de precedente, le daremos la razón al locuaz ministro Bolaños— aunque algunos pretendan llevar los tractores ante la sede socialista de Ferraz. Bolaños, sin embargo, falla, o no entiende de qué va la movilización, cuando quiere dar por resueltos los problemas con la aportación gubernamental de 4.000 millones —hubo inflación de subvenciones al campo y no eficientes precisamente— y en el cénit propagandístico, Bolaños se autoproclama como el Gobierno de los agricultores.

Lo cierto es que gobiernos y legisladores han de volver la atención hacia el campo, además de atender a los intereses económicos que mueven las políticas verdes — "las grandes oportunidades de negocio" que anunció el Pacto Verde—, además de escuchar a lobbistas que condicionan o presionan y además de la sensibilidad y la comprensión que prestan a las organizaciones y grupos ecologistas. ¿Es incompatible lo uno con lo otro? La tarea de gobernantes y legisladores es hacerlo compatible y que la filosofía política que mueve el pacto verde no se reduzca finalmente a un eslogan propagandístico de grandes compañías —ya es verde hasta el amarillo de los vehículos de Correos— que absorban las ayudas, subvenciones y demás dineros que salen de los presupuestos públicos, alimentados con la fiscalidad y la deuda.

Lola García, a la que el grupo El Progreso acaba de conceder merecidamente el Premio Puro Cora, escribía esta semana en La Vanguardia, "hace unos años se alzaba la voz de Greta Thumberg y la UE se aprestó a aprobar su Green Deal. Ahora avanzan los tractores por las autopistas de entrada a las grandes ciudades europeas y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha anunciado la relajación de varias de las condiciones medioambientales que se habían propuesto desde Bruselas para aplacar las quejas del campo. Su argumento político es que esas exigencias propician la polarización". En este párrafo de la directora adjunta de La Vanguardia veo, señor Director, los principales componentes del problema. Se deciden políticas en respuesta a movimientos de opinión pública: la mediática activista medioambientalista sueca, elevada a profeta laica por los medios, hace verde la política europea — Green Deal— y ahora los tractores obligan a la relajación de tal pacto y agenda. El temor a la polarización en realidad es la versión dulce de la preocupación ante un ascenso de la ultraderecha en las elecciones europeas del próximo mes de junio. La corriente no es solo en España, démosle señor Director la razón a Bolaños, es sorprendentemente europea. Desde el movimiento de los tractores hemos oído estos días consignas y mensajes contrarios a la Unión Europea, de regreso a los nacionalismos, cierre de fronteras y regreso a formas de autarquía. Convendría separar el grano de la paja.

A más corto plazo, 'La venganza del campo', que salió en tractor a las carreteras y toma las ciudades europeas, se puede convertir en un problema para el abastecimiento de productos básicos en el supermercado. El malestar o la desesperación de ganaderos y agricultores puede instrumentalizarse hasta afectar a la normalidad diaria de los ciudadanos que de momento reciben con comprensión y hasta aplausos a los manifestantes. Las declaraciones de algunos ministros, como las del señor Marlaska en Interior, no parecen la mejor forma de relajar los ánimos.

Me he apropiado el título —La venganza del campo— del libro de Manuel Pimentel que ya le comenté a usted ( 26.11.23). El libro, una recopilación de artículos, es una lectura aconsejable para estos días. Algunas claves se encontrarán para entender lo que sucede. Figura una cuestión: "Ya no queremos crecer pero no conocemos la alternativa".

De usted, s.s.s.

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