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Males desatados

La tardanza en la respuesta refleja desconocimiento o irresponsabilidad

SEÑOR DIRECTOR:

El castillo que se creía inexpugnable de la sociedad postindustrial y globalizada entró en crisis por un virus. En poco más de dos meses ha cambiado nuestras vidas por riesgos que no eran imaginables. Una realidad nueva, no prevista por los ciudadanos y parece, a la luz dela tardanza en la respuesta, que tampoco por los mandatarios, aunque Matteo Renzi diga que "Obama estaba muy preocupado cuando era presidente por el riesgo de una gran epidemia". Amenaza la salud, genera miedo, temor a la muerte, produce cambios radicales en la vida diaria ciudadana. Y algo más, es una parálisis, un retroceso para la economía y el empleo. Los efectos sociales de la gran depresión que vivimos desde 2008 están ahora como de nuevo como advertencia, aunque la situación sea diferente. Puede afectar a la deuda privada y a los recursos fiscales en estados, como el español endeudado hasta las orejas, aunque Montoro y Sebastián predican optimismo.

MalesSin tirar de conspiraciones, que circulan abundantes, claro que habrá quien obtenga beneficios. Hasta el fabricante de papel higiénico. Sin necesidad de bucear en creencias religiosas o supersticiones, la situación muestra la realidad del mal. Pertenece a la vida. En ocasiones y en algunas de sus manifestaciones no es previsible ni incluso administrable. Lo provoca el hombre que abre la tinaja de Pandora por luchas de poder, avaricia desenfrenada o irresponsabilidad.

Un factor a tener presente para no olvidar la vulnerabilidad que nos amenaza más allá de las previsiones empíricas.

Los aviones no vuelan a las ciudades del imperio (EE.UU.): se nos prohibió la entrada. Tampoco vuelan a la cuna del histórico Imperio romano. Tómelo usted como una imagen de la profundidad del problema inesperado. Vamos camino de estar como en el Orán de La Peste. Me permitirá la referencia por la querencia, que compartimos, a Camus. El rumor que alimenta temor y miedo domina hasta que la lucha para vencer a la peste da resultado meses después y se abren las puertas de la ciudad. En la literatura y el pensamiento de Albert Camus, La Peste y L'État de siège —déjelo así en francés que parece que suena menos fuerte— se encuentran. No es ningún salto en el vacío tal como constatamos este fin de semana.

Responsabilidad y aplauso

La moral de la responsabilidad impone que no es tiempo para la crítica. El florentino que admiraba Max Weber optó por perder el alma por el bien de la ciudad. No parece que la oposición vaya a hacer aquí lo mismo. No aparece la autocrítica que debería hacer el Gobierno. Que los ciudadanos y los titulares de las primeras páginas de los medios no fuésemos conscientes de la gravedad —nos ocultaron la información— no justifica la inacción del Gobierno hasta bien entrada esta semana. No pretendan extender culpas para diluir la propia. Incumplieron todas las normas que Sanidad llevaba semanas difundiendo en la manifestación del día 8. Una frivolidad política. La retórica de diferentes miembros del Gobierno, incluido Sánchez, quiere negar el error, que se visualiza en el Consejo de Ministros con las bajas. Toca, no obstante, colocarse con quienes tienen la responsabilidad del gobierno. Llegará el tiempo para la crítica. Y confiemos en que se haga.

La responsabilidad no incluye la obligación del aplauso frente al buenismo. Este puede reflejar desconocimiento de lo que se nos venía encima o, si lo sabían, no se atrevieron a confesar. Una irresponsabilidad en la gestión que los hechos dejan al descubierto. El gobernante que no adopta las decisiones no se libra de su responsabilidad parapetándose tras los sabios. Hay decisiones que son exclusivamente suyas: del gobernante. Cada palo que aguante su vela. Decía el autor de La Peste que las autoridades, "con la ayuda de los medios prefirieron ocultar la verdad antes que inquietar a la opinión pública". Estas semanas precedentes nos han tratado como a niños a los que se les oculta lo desagradable.

Algunos medios serios entraron a ese trapo del buenismo —"una gripe normal", "no hay motivos para la preocupación"— bajo la trampa que les sirvieron las autoridades: evitar el alarmismo, o sea autoprotección de los gobernantes. Qué rapidez y furia en los acólitos para negar la posibilidad de aplazamiento, que tendrá que ser, de las elecciones.

Ocultar la realidad en situaciones de crisis produce siempre el efecto contrario del buscado. Cuando un suceso provoca el hundimiento de las bolsas del mundo no se puede decir que no hay motivos para la preocupación. ¿Enloquecieron los mercados? Es solo un ejemplo de las contradicciones que presenta el discurso y los hechos. O, hasta ayer mismo, la falta de decisiones en dimensión adecuada a la amenaza. ¿Cómo se puede decir desde la responsabilidad de Gobierno que esta crisis sanitaria no afectará a la economía española cuando las bolsas del mundo se hunden? ¿Estábamos ante un nuevo Zapatero frente a la situación de 2008? La negación.

Cuando la información que se transmite deja campos abiertos para las dudas o la credibilidad genera el efecto contrario: la duda, el rumor, el temor y el alarmismo.

Ocultar la inacción

No podemos hablar de lo que desconocemos pero sí podemos valorar la gestión a la que asistimos. ¿Puede haber desabastecimiento de material para el tratamiento de los pacientes? Si usted escucha algún testimonio directo sobre pacientes y muertes en Italia le puede entrar algo más que preocupación. La magnífica calidad de los profesionales de la sanidad y el sistema público gallego y español recibió y recibe todos los elogios, merecidos siempre, en las intervenciones públicas de los políticos. Algunos de los que elogian hasta ayer criticaban el sistema. Pero en más de una ocasión la reiteración de ese recurso a las bondades únicas del sistema y sus profesionales se emplea para ocultar la inacción de las autoridades y las carencias en la gestión de esta crisis

Renzi, con la experiencia de Italia, señalaba en una entrevista en El País que los errores se habían cometido en la gestión y la comunicación. Aquí se puede decir que para la comunicación se colocó a un profesional excepcional. Se cubrió bien ese pie.

Pero la gestión, la adopción de medidas que generen confianza y seguridad en los ciudadanos -el contenido de gestión que tiene que transmitir el intermediario comunicador- presenta más que interrogantes.

Hay un plano de responsabilidad que es la gestión de la crisis que es la marca la política de comunicación. Cuando pase esta situación el Gobierno central y la Sanidad autonómica serán cuestionables en su política de comunicación. Matteo Renzi mandaba el mensaje a España de transparencia y números reales. El discurso buenista de nuestras autoridades no coincide, una vez más y también en esto, con el mensaje que Angela Merkel transmite a los alemanes: más de un 60% van a estar infectados. A nosotros no nos han dicho eso ni que todos conoceremos a alguien que morirá por esta pandemia.

De usted, s.s.s.

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