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Luces y belenes

El fenómeno de Abel Caballero en Vigo es algo políticamente heterodoxo en una democracia liberal avanzada

SEÑOR DIRECTOR:

Entenderá usted que haya prolongado la estancia en Vigo el pasado fin de semana, después de asistir a la bienal de cartelismo que organiza Terras Gauda, para ser testigo directo del encendido de luces por parte del alcalde Abel Caballero y comprobar que ninguna ciudad del mundo competirá con Vigo en el adorno de jardineras y calles con la Flor de Pascua. No representará una partida económica menor la dedicada a estas plantas..

Aunque no será lo mismo, no tendría inconveniente en volver para la inauguración del belén que se llevaron de la catedral de Santiago a la delegación de la Xunta en aquella ciudad. Cuando el debate político y la gestión se dilucida entre luces y belenes, conviene asistir en directo al espectáculo. Y alejarse lo más pronto posible porque algo se sale de la vía o está a punto de descarrilar. El fenómeno de Vigo con el alcalde Abel Caballero es cuando menos algo políticamente heterodoxo en una democracia liberal.

El belén pudo quedar en Santiago

Hay Abel Caballero para rato. No se ve oposición política; frente a él hay comportamientos de resistencia. Es mi conclusión después de pasarme unas horas en las calles de Vigo a la espera de que el alcalde entrase triunfal al escenario inaugural y después de asistir al entusiasmo y la entrega del público cuando saludó y se hizo la luz. La afirmación que le transmito de que hay Abel Caballero para rato contempla las voces que escuché a los críticos y tomo en consideración alguna anécdota sintomática. Le cuento una, indicativa: los aplausos del público en una sala de cine cuando el alcalde entra como espectador. Habrán de estudiarlo en los postgrados de Políticas y de psicología de masas.

Una de las justificaciones que ofrece Anthony Giddens para la Sociología dice que cuanto más sepamos de por qué actuamos, cómo lo hacemos y sobre el comportamiento general de la sociedad más podremos influir en nuestro futuro. Corina Porro, o quien haya sido el que tuvo la idea, antes de irse con el belén de la catedral de Santiago para la Xunta en Vigo, como contrapeso político a las bombillas del alcalde, debería haber aplicado la recomendación de quien fue director de la London School e inspirador de la tercera vía de Tony Blair. Con un conocimiento ‘científico’ de lo que sucede con la política local en Vigo podría haber actuado de forma políticamente eficiente. Probablemente el belén se hubiese quedado en Santiago. Si pretendían organizarle un ‘belén’ a la figura de Abel Caballero más bien se lo han montado a sí mismos.

Como periodista yo le puedo contar lo que vi. Se me escapa el por qué actuamos así como lo hicimos la muchedumbre la noche de ese sábado en Vigo. Del alcalde se entiende que es su forma de captar simpatías y votos. El altísimo grado de exhibición y acaparamiento personal que se apoya en las bombillas es otra derivada, y no la menor en el fenómeno. Pero, para mantenernos en la política, tendrán que ser expertos politólogos y en comportamientos de masas quienes expliquen la respuesta de la ciudadanía que canta y vocifera al unísono ante la indicación de Abel Caballero. ¿Es por Vigo, es por ‘nuestra’ ciudad?

Algo de esto, que nos suena a todos aunque solo sea por el cine, hay, sobre todo cuando todos los focos, las atenciones y los protagonismos apuntan al líder. Esa es la gran bombilla real. Su foto en las vallas del metro de Madrid le delata. La voz del alcalde suena en los altavoces por las rúas de la ciudad que abarrotan decenas de miles de personas y los niños felices, a hombros de sus padres, dicen "don alcalde" cuando la imagen de Abel Caballero aparece en las grandes pantallas que instalaron por la ciudad. Hasta el cielo cerró esta noche sus compuertas y no llovió. La noche anterior caía sobre la ciudad más agua que toda la que Franco embalsó para contrarrestar "la pertinaz sequía".

Si el populismo es, según la Rae, la tendencia política que pretende atraer a las ‘clases populares’, Abel Caballero ha conseguido concentrarnos a decenas de miles de individuos y atraer la atención de los medios de comunicación por las bombillas y no por su gestión o sus grandes obras. Peor sería que le diese por una gestión de rascacielos como el que quiere para su ciudad el estrambótico alcalde de Ourense.

Por cierto, Beiramar, una arteria importante de la ciudad donde tuve el hospedaje en Vigo, bien merecería una mínima atención urbanística y de adecentamiento. Sólo es una señal. Hay muestras evidentes del declive industrial, de los daños que dejaron los temporales de las crisis y las llamadas reformas, como la del sector naval. Y de que los proyectos no se concluyen o no se estudian previamente.

Creo que el sábado 23 acudimos y fuimos actores en Vigo de una ‘convocatoria emocional’, que si usted no lo ve muy forzado se podría enmarcar en el desorden emocional-populista que avanza por Europa. Ese en el que ven, por ejemplo Daniel Innerarity, síntomas de que algo no va bien, con problemas irresueltos e instituciones débiles, que se explica por un déficit en las élites dirigentes y por una derrota de su discurso. Lo dejo ahí a la espera de que alguien con autoridad nos dé luz sobre el fenómeno sociopolítico de Vigo, el de las bombillas.

Ya le conté que fui hasta Vigo la tarde anterior al encendido de luces para asistir a la entrega de premios de la bienal Francisco Mantecón: 1.435 carteles de 66 países concurrieron a esta XIV edición que viajó en los premios a Estonia, EE.UU., Rusia o Israel. Un éxito internacional de Terras Gauda, que preside José María Fonseca. No había en el acto representación del alcalde, al que me consta que tradicionalmente se le invita. La ausencia la destacó de entrada Fernando Ónega, irónico y brillante conductor de la velada. Estaba, como en ediciones anteriores el presidente de la Xunta. El alcalde o su entorno partidistas exigiría la exclusividad: no admi te que se proyecte sombra alguna sobre su persona.

La asistencia de Núñez Feijóo, presidente de la Xunta, le podría restar protagonismo a este fenómeno político y de masas. Son comportamientos sectarios que abundan en Vigo como en tantas otras partes. No deberíamos encuadrarlos en la normalidad de una sociedad abierta. Son las miserias de la política y lo que le decía antes: la expresión del fracaso del discurso político, y su falta de traducción en gestión. Ambas son cosechas de las élites políticas. Al sectarismo y al fracaso del discurso de la socialdemocracia y el centroderecha contribuyen las militancias entusiastas y acríticas. Algo que reflejó en ese acto la falta de elegancia de un exsenador socialista, al que observé: ignoró en aquel acto civil la mínima cortesía del gesto de cuatro aplausos sin entusiasmo para el discurso del presidente de la Xunta.

De usted, s.s.s.

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