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Un librero que ama los libros y la vida

Couceiro es el gran conocedor de las buenas bibliotecas de Galicia
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SEÑOR DIRECTOR:

Había una dependienta en la desaparecida librería Souto en Lugo que era una auténtica librera: amaba los libros. Atendía en la primera planta. Sabía qué ofrecer a cada cliente. Comentaba con entusiasmo cualquier novedad editorial. Lo hacía tanto con un best seller como con un ensayo sobre Hegel. Ella conocía qué libros coincidían con el interés de cada cliente. No necesitaba algoritmos informáticos que le ofreciesen el perfil de los parroquianos. Sabía de los gustos de cada uno por las compras y las conversaciones. Era tan convincente a veces que te llevabas lo que no habías sospechado. Buena vendedora, claro, pero sobre todo le gustaba su oficio y transmitía amor por los libros.

MXLe cuento esto cuando Couceiro, un librero que trabaja por Galicia, cumple 80 años. Podríamos recordar a 'Mendel el de los libros', del que ya nos ocupamos en algunas cartas anteriores, un precioso y entrañable relato de Stefan Zweig; la versión que hizo Francisco Uría del paso por Vigo del escritor judío en 'La pequeña librería de Stefan Zweig', o 'La Maison du Livre', de Françoise Frenkel, la librera judía que hubo de huir de la capital alemana en vísperas de la guerra. Poco más sabemos de ella que lo que cuenta en esa memoria. La escribió refugiada en Suiza. Sucede un poco como con el anonimato de la autora de 'Una mujer en Berlín'. Estamos en la capital alemana, con la situación que desembocará en la guerra, con la librería, y en los días finales, con el testimonio de 'Una mujer en Berlín'. Muestra la miseria en la que viven los berlineses al final de la guerra, la violencia y el brutal abuso sexual contra las mujeres por los soldados rusos. Es el rostro de la liberación que no se tapa. Un testimonio que impresiona por el desprecio de los vencedores, no todos, hacia la población civil que le tocó en el lado de los vencidos. Trae a primer plano los interrogantes sobre la maldad, sobre el lado oscuro de la condición humana. La librera se vio obligada a cerrar su 'Maison' y dejar Alemania.

Podríamos hacer una cóctel de amor, pasión y libros, con el regalo de Marco Antonio a Cleopatra. Miles de libros -varían radicalmente las cifras- de la biblioteca de Pérgamo se fueron a la de Alejandría. Sería la capacidad de seducir y amar de la mujer de voz dulce y con interés intelectual la que llevó a Marco Antonio a esta originalidad de obsequio entre amantes.

Le hago este batiburrillo, con el libro como masa, cuando Couceiro, el librero que cuida el libro viejo o antiguo, conoce como nadie las bibliotecas privadas de Galicia y lleva más de medio siglo mimando el libro gallego, cumple 80 años en plenas facultades físicas, mentales y emprendedoras. Acaba de editar una edición facsímil a tamaño real y otra reducida, para que encaje en las casas de hoy, de la carta geométrica de Fontán, el emblemático mapa de Galicia, con libro de Alberto Fortes para comprender lo que fue ese trabajo. No parece que haya encontrado una acogida digna entre las instituciones que deberían lucir la carta de Fontán con orgullo de país en las paredes de los despachos o en las antesalas. Couceiro es también el aliento de Edicións do Cerne, que recupera clásicos gallegos. Arrancó con la gastronomía. En su catálogo figura la condesa de Pardo Bazán con 'La cocina española antigua' y 'La cocina española moderna'. Participa también desde su fundación en Edicións Laiaovento. Hizo un intento serio por dar presencia al libro portugués en Galicia. Encontró una acogida similar a la que tendría si fuesen originales en chino; una muestra más de ignorar -¿despreciar?- al vecino, que es hoy el auténtico motor económico, con mayor capacidad de atracción y emprendedor del noroeste peninsular.

Qué gran error, confesémoslo, no haber mirado hacia el portugués a la hora de aprobar normativas y normalizaciones del idioma propio de Galicia. La responsabilidad, creo, no es solo de un lado.

Al librero Couceiro siempre le gustó la buena mesa, el buen vino, los buenos habanos y el disfrute de la vida. Como al común amigo Juan Ramón Díaz, periodista y bibliófilo, que se fue pronto. Bastantes penalidades llegan sin aviso como para no saborear el placer de vivir cuando es tiempo. Supongo que la dedicación a los libros y el hedonismo practicado de forma inteligente explican la permanente juventud de este librero que restauró un edificio para los libros en el casco histórico de Santiago.

En la planta alta de la actual ubicación compostelana de la librería había, como en Lugo, una mujer que conocía las preferencias y las manías del buscador de primeras ediciones o de materias concretas. Le hablaba al potencial comprador del ejemplar que quería vender como un gran descubrimiento, con absoluta pasión. Ayudaba a quien buscaba y alimentaba la satisfacción de irse a casa con una nueva adquisición.

Con Couceiro fui juntando primeras ediciones de Rosalía. La de 'Follas novas', con una buena encuadernación, fue la primera adquisición en un local anterior. Vinieron gramáticas-manuales, vocabularios y diccionarios gallegos, Cunqueiro -'Escola de menciñeiros' en un ejemplar dedicado por un paciente a un ilustre médico que le atendió y, por lo que escribe, le curó-, las publicaciones del exilio en Argentina y viejas ediciones de gastronomía. Resultan curiosas algunas anotaciones que los lectores, más bien lectoras, hacen en las primeras ediciones del 'Picadillo'. 'El arte de cocina, pastelería, vizcochería, y conservería', de Montiño, en edición de 1653, no presenta anotación alguna, salvo un nombre y una fecha. Me llegó por este librero.

Un día, aquella mujer que encandilaba con cualquier libro, me enseñó la que debía ser la edición póstuma (Burdeos, 1595) de los 'Ensayos' de Montaigne. Quise hacer consultas para saber qué era realmente y por dónde andaban los precios. Cuando regresé por la librería ya no estaba Montaigne en los estantes de la última planta. Hay que subirse al tren cuando pasa.

De usted, s.s.s.

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