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Inspectores de lechugas y gallinas con licencia

Señor director:

En la parroquia donde habitualmente resido hay algunos vecinos, retirados, que plantan sus lechugas y tomates o cuidan las plantas de kiwi y frambuesa que les dan fruto para los desayunos de los meses de invierno. Con las frambuesas hacen unas mermeladas exquisitas. Recogen igualmente manzanas, peras y otras frutas de árboles a los que no aplican tratamientos químicos frente a las pestes, cada vez más variadas y presentes. Los bojes, para no citar un frutal, que nos parecían inmortales en esta tierra, se los come en un visto y no visto un gusano o virus.

El año pasado, un vecino de al lado me obsequió con una buena cantidad de unas mandarinas, cogidas directamente del árbol, con un sabor extraordinario y contra lo que yo sospechaba, sin mayor acidez. Llenaron durante días la casa de un perfume dulce y fresco. ¡Qué mejor ambientador! Me animé y en primavera el Lois más joven y el más viejo plantamos en el fondo de la pequeña huerta un mandarino; parece que ha enraizado.

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No crea usted que le remito hoy una versión periodística del menosprecio de corte y alabanza de aldea. El camino para reivindicar el campo, que es urgencia por interés de todos, no se anda en dirección bucólica o de añoranzas, aunque hay ejemplos en un modo de vida así que nos conducen a iguales conclusiones que en ‘La venganza del campo’(Almuzara) formula Manuel Pimentel. Fue un ministro atípico, dicho queda como valoración positiva. El mensaje es claro: van a faltar alimentos y van a ser cada vez más caros. Habla de un «brutal encarecimiento», como respuesta al olvido y a las políticas agrarias. Mire usted para Galicia, donde lo que más abunda son las reservas de todo tipo, los espacios ultraprotegidos y los montes abandonados para que sean pasto del fuego. Queremos comer todo el año ciruela reina lo que, transpórtelas usted desde el otro lado del mundo, es combustible para el cambio climático. Un botón más de la irracionalidad del modelo con el que creímos que dominábamos la tierra y nos vimos como dioses. Mucha fauna desaparece mientras la declaran protegida pero ni las salamandras ni los sapos se alimentan de los boletines oficiales ni se visten con ropa de urbanita que disfruta del campo el fin de semana. Las granjas y explotaciones familiares han ido desapareciendo por falta de rentabilidad y de calidad de vida para el relevo generacional.

El aceite de oliva ahora mismo puede ser un indicador de la amenaza sobre la que advierte Pimentel, ingeniero agrónomo, doctor en Derecho, editor, consejero senior del despacho internacional BakerMckenzie y, además, vive y se ocupa del campo. Así se entiende que no encajara en los amantes del coche oficial. Recuerde usted su despedida como ministro en taxi.

En esta época del año algunos de mis vecinos de parroquia tienen nabizas, que sembraron antes de que finalizase el verano. El exceso de lluvias de este otoño parece que las estropeó un poco. Algo así sucede con las naranjas y mandarinas. Los árboles se ven cargados, el fruto no vale. Alguno de estos vecinos, en lugar del abandono o el recurso a las desbrozadoras para mantener limpias las fincas, cuenta con unas pocas ovejas o incluso ocas a las que veo y me ‘amenazan’ cuando me aproximo en las caminatas mañaneras. ¡Cómo las descubran los vigilantes del sistema!

Los huevos que se comen en estas casas fueron siempre de producción propia y, aunque sin sello oficial, le garantizo que sí son absolutamente ecológicos. A uno de estos vecinos le han negado la venta de unas gallinas. Podría sucederle a cualquier otro que practique este estilo de vida natural y activa. También hay por aquí, como usted imaginará, urbanitas trasplantados que incluso colocan césped artificial alrededor del chalet. Al cuidador de gallinas, que forman parte de su vida doméstica, en el establecimiento donde tradicionalmente las compraba le dijeron ahora que sin la licencia, permiso o lo que sea oficial correspondiente, no le podían vender las pocas gallinas que cada temporada adquiría para reponer. Cuestión de normativa. Y amenaza de sanción. Digámoslo claramente, aunque nos lo vistan con ropajes sanitarios quienes se vieron sorprendidos por una pandemia que se extendió descontrolada por Europa y el mundo. Lo paralizó todo y nos encerraron en nuestras casas.

Existen vigilantes y controladores para que absolutamente todo aporte dinero al estómago insaciable de los gobiernos y administraciones públicas. Ahí siguen 22 ministros y cuatro vicepresidentas. Multiplican los empleos públicos, para el clientelismo y rebajar las cifras del paro. Algún día descubrirán que se agotó la gasolina que las mantiene: la pagan unos ciudadanos a los que esquilman hasta por poseer unas gallinas. Se cargaron las clases medias y ahora van, eso dicen, a por los ricos de verdad. No me sorprendería que exijan registrar las cuatro plantas de kiwis y las plantaciones domésticas de lechugas y pimientos de Padrón.

Quiere usted algo más cómico que el Govern de Catalunya endeudó su país hasta las cejas, y reclama ahora gestionar todos los impuestos. ¡Será por la eficiencia que demostrada! Claro que si las deudas nos las perdonasen, usted y yo alternaríamos el caviar y el buen champán con los huevos fritos sazonados de auténtica trufa, algo más que unas raspaduras invisibles, y un Chateau d’Yquen, si el maridaje vale. Y si no, nos da igual.

Para contar con media docena de gallinas, como con el gato y el perro, en una casa de aldea hay que disponer de autorización de las autoridades gubernativas, no sé cuáles o si todas: locales, autonómicas, estatales o comunitarias. 

Ya nos advirtió Michel de Montignac que el único sabor que conocen los burócratas de Bruselas es el del chicle. Así se explica que con su permanente producción de normativas amenazasen la rica pluralidad de los quesos franceses. En Galicia el sector primario recibe tortazos incluso bajo señuelos de modernización.

Ya le digo, ahora le toca a las gallinas domésticas. ¡Manda huevos!, que dijo Trillo desde la presidencia del Congreso.

De usted, s.s.s.

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