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La 'geringonça' portuguesa revalidará

Una coalición de izquierda mantiene el Gobierno monocolor del socialista António Costa, que superó las duras exigencias de la 'troika'

El presidente portugués, António Costa, en una imagen de archivo. OLIVIER HOSLET (EFE)
El presidente portugués, António Costa, en una imagen de archivo. OLIVIER HOSLET (EFE)

SEÑOR DIRECTOR:

La próxima cita electoral para el seis de octubre, con la experiencia de un Gobierno de la 'geringonça', fórmula original de pacto sobre la que puede mirar ahora España, con la que el primer ministro socialista, António Costa, se declara partidario de continuar cuando las encuestas le dan como claro vencedor para octubre; las semejanzas y contrastes entre la política española y portuguesa de estos años; la realidad de un país que está de moda para el turismo, particularmente la capital, o el siempre aconsejable viaje por Portugal, con Saramago como guía o con el diario de a bordo, de Cardoso Pires, para Lisboa, son argumentos para quienes vivimos al lado y nos sabemos próximos, aunque lo ignoremos. Ahí tiene usted, señor director, en síntesis los apuntes para esta carta.

UNA ISLA. Tras los estallidos de los movimientos alternativos, rupturistas y populistas, Portugal aparece como una isla en el sur de Europa. La gestión de la izquierda aprueba en macroeconomía y cumplió con los deberes impuestos. Grecia, que apuntaba el camino alternativo de respuesta a la ‘troika’ —Bruselas, FMI y BCE—, está hoy gobernada por la Nueva Democracia, la derecha que cuenta con mayoría absoluta y que acaba de superar en ocho puntos a Tsipras, líder de la coalición de izquierda radical. Gobernará con mayoría absoluta un país que es triste referente de las penurias que deja la crisis. Italia muestra el rostro chulesco del populismo xenófobo y antieuropeo. Los gestos y las posiciones de Matteo Salvini, con los emigrantes o con la construcción europea y sus políticas, son el reflejo de una delicada situación para el país y para la UE. Y en España, casi tres meses después de las elecciones, la investidura presidencial y la formación de un Gobierno estable marca incertidumbre.

LA 'GERINGONÇA'. El Gobierno monocolor —habrá que subrayarlo en el contexto español— del socialista António Costa llegó al poder en 2015 tras una moción de censura al conservador Passos Coelho. Este había ganado pero no tenía mayoría. El socialista sumó los apoyos del Bloco de Esquerda (BE), la alternativa por la izquierda, y del PC, un clásico en la política portuguesa. Se trataba de desbancar a la derecha, como sucedió en España con la moción de Pedro Sánchez a Mariano Rajoy. Los desencadenantes fueron diferentes. La alternativa a la derecha la formuló en la Asamblea Nacional la portavoz del BE, Catarina Martíns. Las negociaciones llevaron al socialista António Costa a formar un equipo monocolor. Passos Coelho, que había aplicado con dedicación en la anterior legislatura las políticas de la ‘troika’, duró unos 20 días. Portugal tuvo, como España, sonoros casos de corrupción, como el del exprimer ministro socialista José Sócrates, detenido al descender del avión en Lisboa, o el Banco Espírito Santo, que aún da portadas. El último número de 'Sábado': foto de Cavaco Silva y "financiamento ilegal das Presidenciais de 2011".

El problema continúa, como refleja el Expresso de la pasada semana: «Justicia arquiva 94% dos casos de corrupçào». Faltan medios, acusan los investigadores aunque las denuncias «no paran de aumentar». El popular presidente Marcelo Rebelo de Sousa exige medios y dará la batalla. Un detalle, el presidente —PSD, la derecha moderada frente a CDS-PP— es la antítesis en cercanía al pueblo del distante y carente de empatía primer ministro, António Costa, auténtico estratega de la política portuguesa El último debate del estado de la nación, que se celebró esta semana, muestra que la fórmula ‘geringonça’ funcionó frente a los pésimos augurios de choque con Bruselas, para un país intervenido y para la durabilidad del pacto de PS,PC y BG, calificado de ‘geringonça’. Una palabra que el diccionario de Porto Editora traduce como «cosa mal hecha y que se estropea fácilmente; chapucería».

El país, a la luz de los datos del debate de esta semana, llega a las elecciones con un déficit del 0,2% sobre el PIB; este crecerá un 2,2%; con 350.000 nuevos empleos, de los que un 80% son indefinidos; con una subida de 95 euros en el salario mínimo; con incremento de 800 millones en la contribución a la Seguridad Social, en base a políticas de salarios y empleo, o con subidas del 78% en la contribución del gasto público a políticas sociales. La otra cara, desde la oposición que no logra crecer, muestra 2,2 millones de ciudadanos en riesgo de pobreza; estado crítico en el sistema de salud, en el que el 40% del presupuesto va al sector privado; el fuerte peso de la deuda pública o el incremento del número de portugueses que abandonan el país: 259.000 salieron entre 2016 y 2018. Lo cierto es que los deberes fundamentales en macroeconomía están hechos, aunque los salarios y los precios exijan ejercicios de equilibrio para vivir y aunque se niegue la burbuja inmobiliaria en Lisboa y Porto. Portugal ya no está intervenido. No hubo choques con los controladores.

El Gobierno de Costa, apoyado en una coalición de comunistas y radicales, obtuvo incluso alabanzas. No todo marchó bien, como usted recordará. La crisis de los incendios forestales —más de 60 muertos en el que todos recordamos de Pedrogâo Grande—, pésimamente gestionados, costó la dimisión de una ministra y una moción de censura por iniciativa de la derecha del CDS-PP. Los montes arden en Portugal como consecuencia del monocultivo del eucalipto y de la carencia total de ordenación en las plantaciones, como se puede observar fácilmente desde las carreteras. Denuncian también en el Alentejo fomento del monocultivo del olivo. Las reivindicaciones salariales de los profesores, tras largos años de congelación, marcaron otro punto de tensión en la coalición. Los comunistas tenían que dar explicaciones a sus poderosos sindicatos.

ATRAER TURISMO. Le apuntaba al inicio de la carta que Portugal está de moda para el turismo y para la atracción como residentes, por razones fiscales, de ricos y jubilados europeos. Incluya usted los españoles. Carmen Martínez-Bordiú, por elegir nombres del ‘corazón’ como podría hacerse entre los financieros y los altos ejecutivos, fijó su residencia en Cascais. Lisboa atrae turistas todo el año. Es un recurso importante para su economía y para la generación de empleo. La presencia de Madonna habrá contribuido, sin duda, a la promoción de esta capital. Pero la cantante parece haberse cansado del «paraíso», después de poco más de un par de años. Demasiada calma la que se respira por el barrio de A Lapa, donde fijó residencia en uno de los múltiples palacetes que hay por aquellas calles tranquilas, una de las zonas más aristocráticas de la capital, adornada en sus inmediaciones de toques bohemios para la diversión y el ocio. A Lapa están salpicadas de embajadas y cuenta con uno de los más lujosos hoteles lisboetas.

Frente a esta imagen de belleza y quietud hay en Lisboa una apuesta decidida por el turismo de masas como recurso económico. Existen zonas en las que la percepción es de concentración masiva. Algún viejo barrio lisboeta, próximo a A Lapa, podría definirse como temático en el modelo estandarizado que sigue su transformación para atraer turistas. Un cuidado toque decadente en la decoración de sus locales o en las reformas de viejos pisos y casas para el alquiler turístico. Incluso las largas colas para entrar al monasterio de los Jerónimos, en Belém, pudieran verse como otro indicador de esta atracción que Lisboa ejerce para el turismo europeo y americano. El inglés, el alemán, el francés o el español son idiomas que se escuchan en la cola de un supermercado o a la hora de desayunar en cualquier café de decoración ‘vintage’ industrial. Hay también apuesta por atraer a urbanizaciones exclusivas turismo de alto poder adquisitivo, con presencia gallega. Pero el fenómeno social y económico es este de masas.

Atentamente,

La 'geringonça' portuguesa revalidará
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