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Frentismo frente a constitucionalismo

La profundización democrática en un tiempo de cambios pide debates abiertos, diálogo y no imposiciones por minorías

SEÑOR DIRECTOR:
Las pocas esperanzas que pudiesen existir de que la política de bloques y confrontación iniciase un mínimo repliegue por razones de salud social y política del país quedaron en pura quimera. Las reacciones que siguieron al anuncio de la candidatura por el PSC del ministro Salvador Illa para la presidencia de la Generalitat despejaron toda duda. Los autodenominados constitucionalistas, desde los partidos a los medios y tertulianos capitalinos, saltaron como hienas sobre la presa: el candidato y la decisión. Si la prioridad de estos, los constitucionalistas fuese realmente frenar y desactivar el independentismo no se entendería que no saludasen como un acierto, una posibilidad de contención o, al menos, se callasen ante esta iniciativa de Sánchez o de quienes la hayan tenido.

Pero, señor director, las descalificaciones muestran que la prioridad es la misma de la que acusan a Sánchez. Vale todo lo que les pueda conducir al ejercicio del poder en España, de la que pretenden tener el monopolio, aunque tras ellos queden cenizas y la cuestión catalana se enquiste todavía más.

ILLAEl riesgo de un parlamento y un gobierno con mayoría independentista está ahí en las elecciones catalanas del próximo febrero, si la pandemia permite que se celebren entonces. La respuesta a la candidatura de Illa, descartado que tuviesen que aplaudirla, es absolutamente decepcionante para quien sin orejeras partidistas observe el escenario y entienda que estamos ante un momento seriamente problemático que pide, le diría a usted que como una emergencia, crear puntos de encuentro y rebajar el frentismo.

No es imaginable, señor director, que alguien pretenda presentarnos la operación Roldán —la política de Ciudadanos que se llevó el PP para número dos en su lista por Barcelona— como una estrategia que merezca tal nombre frente al independentismo o incluso para contrarrestar la irrelevancia del partido de Casado en Cataluña: séptima fuerza en el Parlament. Se trata de debilitar o destruir a la formación que pudiera pescar votos en el abandonado, por el PP y el PSOE, caladero de la moderación o el centro en el conjunto de España. ¿Cuál es la posición alternativa frente al secesionismo que no pase ahora mismo por el PSC? Ciudadanos, que pudo serlo, se autoexcluyó.

Agenda ideológica

La reafirmación de esta posición de bloques incomunicados y confrontados la practica igualmente Pedro Sánchez. Aquí ya no es que uno no quiera la pelea permanente, aquí la quieren los dos: Gobierno y PP. La aplicación de agenda ideológica por el Gobierno, la que le imponen su socios minoritarios en el gobierno y en el Congreso para prestarle el apoyo que necesita para mantenerse en la Moncloa, alimenta igualmente la pérdida de esperanza ante un repliegue de la política de confrontación permanente. "Voluntad de poder", titulaba Enric Juliana días atrás uno de sus análisis en La Vanguardia. Voluntad de permanencia como programa. Voluntad de imposición para cumplir con grupos minoritarios. Y esto se presenta en un balance como muestra de gestión eficiente. La marcha de la economía y las perspectivas inmediatas no le darían ningún sobresaliente como calificación a Pedro Sánchez.

¿Es imposible el entendimiento y el acuerdo entre los bloques? Cierto que las premisas que con frecuencia impone en el diálogo la oposición lo hacen inviable. Pero tampoco hubo o hay por el socialismo de Pedro Sánchez, más allá de puntuales estrategias en el campo de las palabras, intentos serios de construir puentes hacia el centro derecha. Ni ante la pandemia. Todavía ahora, bajo el paraguas de responsabilidad, se pide complicidad acrítica.

Ignorar el centroderecha —PP y Ciudadanos—, al menos en los grandes temas, supone negar una política de construir país, ya que se desprecia una mitad. Que lo haya practicado la derecha, como la segunda legislatura de Aznar, o que lo pretendan grupos sociales o de presión no legitima tal práctica y menos todavía cuando el respaldo de los votos no dio mayorías definidas. Hemos visto como algunos socios del Gobierno de Sánchez se manifestaban con un trágala —¿no será esto talante democrático?— ante las imposiciones de un bloque sobre otro, aunque se cuente con toda la legitimidad de la suma para mayorías parlamentarias.

Si se tratase de desactivar el independentismo no se explicaría la reacción a la candidatura de Illa

Transforman además en problemas cuestiones que no estaban o no están en las prioridades ni en las preocupaciones de la mayoría ciudadana. Un ejemplo lo tiene usted, señor director, en la urgencia que el líder de Unidas Podemos, que ocupa una vicepresidencia del Gobierno, y el independentismo catalán plantean para el fin de la monarquía parlamentaria. Ni los datos que aportan los sondeos de opinión así lo ven, ni las actuales circunstancias socioeconómicas del país lo aconsejarían, salvo que se desprecien los riesgos de generar situaciones de inestabilidad. Parece más bien una estrategia de distracción de otras urgencias, como la economía, o de buscar el río revuelto.

Tiempo de cambio

No es profundización democrática sino todo lo contrario la exclusión del debate abierto entre la ciudadanía y ante la ciudadanía para la conformación de estados de opinión en cuestiones en las que deberían escuchar a grupos y partes implicadas, buscar el diálogo antes de la adopción de determinadas medidas de calado. Hay asuntos que exigen un gran debate público, con aportación y participación de especialistas y sensibilidades diferentes. Obviar esto equivale a hacer tabla rasa del pluralismo que define a las sociedades abiertas. ¿Nunca será posible, por ejemplo, un debate abierto y una participación de sensibilidades sociales diferentes ante la elaboración de una reforma educativa? ¿No es posible hacerlo sobre la eutanasia aunque algunos opositores carguen con condenas más que con razones en contra?

Puede ser este un tiempo extraordinario de cambio, que la dinámica histórica impone, pero precisamente por ello son necesarias en los liderazgos políticos y sociales personas que sepan leer el tiempo en el que viven, transmitan confianza por su capacitación y por su sentido de la responsabilidad para contribuir a un tránsito sin innecesarios y peligrosos sobresaltos en el proceso de cambio. La resistencia —el objetivo de parálisis— que a algunos los sitúa frente a la historia, más pronto que tarde los dejará fuera.

Permítame usted, y termino, que, por contraste a la política española, vuelva la vista a Francia. En su alocución de fin de año Macron propuso "inventar una economía más fuerte", a partir de la primavera. Esa sí es la urgencia para España y para Galicia. Y con la esperanza como palabra nuclear de su discurso advirtió a los franceses de meses de grandes sufrimientos que quedan por delante.

De usted, s.s.s.

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