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Feijóo

La Galicia que salga de la pandemia pediría, en su dimensión, un programa de Nueva Frontera

SEÑOR DIRECTOR:

Casi cuarenta años después de la primera investidura de Gerardo Fernández Albor como primer presidente de la Xunta de Galicia, en el arranque de este complicado mes de septiembre Alberto Núñez Feijóo será por cuarta vez presidente de Galicia. La sesión de investidura se abre el martes; la votación, sin posibilidad para las sorpresas por los apoyos con los que cuenta, será el jueves día 3, y, el sábado 5, tomará posesión del cargo. De nuevo será presidente de Galicia.

Cuando en enero de 1982 los integrantes del primer Parlamento de la historia de este país eligieron, con los votos favorables de Alianza Popular y tres galleguistas independientes que habían concurrido en la lista del PSOE, al aliancista Fernández Albor como presidente, hubo que esperar quince días para la toma de posesión. UCD, que con el aparato heredado del Movimiento pastoreaba políticamente la Galicia preautonómica, no acababa de asimilar la derrota: el Amazonas había cambiado su curso. La caída no la imaginaba ni José Quiroga, autor de la expresiva frase del Amazonas, que era presidente preautonómico y candidato de UCD a continuar como presidente, con el Estatuto en marcha.

Con y por el aval de gestor que mantiene, el presidente gallego llega al cuarto mandato frente a una nueva crisis, ahora doble

Negar la realidad

Feijóo llegó en 2009 a la presidencia de Galicia, con 47 años y 38 escaños. Una profunda crisis financiera y económica hacía estragos en Galicia y en el mundo. El Gobierno de Zapatero se había empeñado en negar la realidad hasta que el firmamento se le vino encima. Llegaron a calificar de antiespañoles a quienes hablaban de crisis. Estas estupideces políticas conviene hacerlas presentes alguna vez para no repetirlas: la negación de una realidad adversa contribuye activamente a su empeoramiento. Atención, por tanto, a quienes pintan de colores o pretenden minimizar los peligros de la realidad actual.

FeijóoLe decía, señor director, que Feijóo hubo de tomar el timón en medio de una tormenta que algunos compararon con la Gran Depresión del 29. La convulsión financiera se llevó por delante las cajas de ahorro o el Banco Pastor, lo que se conocía como instituciones financieras gallegas. Algún día algún investigador nos ofrecerá las claves de cómo llegaron a esa situación las cajas y qué explica la salida que se les dio.

Feijóo llega ahora a su cuarta investidura, septiembre de 2020, en vísperas de su cumpleaños, 59, con cuatro diputados más que en 2009. Se encuentra también con la circunstancia negativa de una doble crisis: pandemia y caída de la actividad económica. El incremento de diputados que le apoyan entre la primera y esta cuarta, que no necesariamente última investidura, representa un sorprendente balance político para quien ocupa más de diez años el poder en tiempo de depresión y aumento del paro. Una crisis que dejó serios destrozos en el estado de bienestar, que algunos pretendieron aprovechar para anunciar su insostenibilidad y su desaparición.

El presidente gallego es uno de los contados gobernantes que en estas condiciones adversas, que no estaban superadas plenamente cuando llegó el virus, lograron sobrevivir, al modo de Angela Merkel en Alemania. Califíquesele como se quiera, pero Feijóo demostró capacidad de gestión política en medio de una profunda crisis económica y social. La oposición no logró desmontar esa imagen de gestor del líder popular gallego. Y lo intentó.

Sala fría

Le hablaba de la investidura de Gerardo Fernández Albor como primer presidente de la Xunta. Fue en una sala tan fría que dañaba los pulmones de fumador de Antonio Rosón, que presidía la sesión del Parlamento. Tomó posesión, como le decía después de quince días de espera por una UCD que no se recuperaba del golpe que había recibido, en la iglesia de Santo Domingos de Bonaval el 22 de enero de 1982. Fue una concesión simbólica, allí está el Panteón de Galegos Ilustres. Había que agarrarse a a lgo que diese barniz histórico y galleguista a la llegada del primer presidente de Galicia. No hubo el boato que sería exigible para una circunstancia así, ni brillantez. Allí mismo, cuando se iniciaba el acto, hubo tira y afloja, discusiones en tono alto: las aguas del Amazonas habían variado el curso. Creo recordar que solo la presencia de unos policías locales de Santiago con uniforme de gala, y no seré yo quien diga que tal vestimenta aportase solemnidad, y la labor del inolvidable doctor Sixto Seco como auténtico maestro de ceremonias, mostraban que allí acontecía algo que rompía la normalidad de una sociedad indiferente a los cambios históricos que se registraban en aquellos años.

Le hago esta referencia al pasado, y subrayo lo de primer presidente y primer Parlamento, para apuntar la línea del recorrido histórico que lleva la autonomía de Galicia. La galería de retratos de presidentes de Galicia solo cuenta con cinco cuadros. O siete, si alguien en una decisión discutible quisiese colocar a los dos preautonómicos, Rosón y Quiroga. Quiero decirle que estamos ante instituciones muy recientes y ante logros que son históricos. La que arranca ahora es la décimo primera legislatura: no hay más pasado parlamentario en Galicia. Hablar de "parlamentiño" es un desprecio a lo que fue y es un salto histórico para los gallegos. Estamos en período todavía de contribuir a la dignificación de estas instituciones propias. Fue ayer cuando Galicia alcanzó su autonomía. Lo digo, si me lo permite, como testigo periodístico directo, incluidos los avatares que en Galicia y en Madrid rodearon la elaboración y aprobación del Estatuto y las tensiones recentralizadoras que se llevaron por delante a un Antonio Rosón, primer presidente preautonómico, que veían en Cedaceros —sede central de UCD— la Moncloa y otros centros de poder capitalinos peligrosamente autonomista y galleguista.

Imposiciones en el programa

El martes pronuncia Alberto Núñez Feijóo ante el Parlamento su discurso para la investidura como presidente. Esta intervención se entiende formalmente como una presentación programática para la acción del Gobierno que busca el apoyo de los diputados. Formalidades, en circunstancias de mayoría absoluta. Pero hay dos realidades que le vienen impuestas como prioridades: crisis sanitaria y económico-social. Las conocía el electorado que le dio la amplia mayoría de 42 diputados. Por la gestión de estas dos crisis se le medirá. Como sucedió con la anterior. Esta adversa circunstancia extraordinaria actual inclinó sin duda al elector por quien ofrecía confianza y seguridad, tras el tránsito por la recesión económica anterior, en la que reforzó su imagen de gestor que venía, entre otros cargos, de su paso por Correos.

Cuatro legislaturas en su haber, una abultada mayoría que le avala desde la ciudadanía y su imagen de barón con línea propia, independiente, de moderación y autonomismo dentro del PP de Casado, le permitirían lanzar un ‘New Deal’, a lo Roosevelt, o una ‘Nueva Frontera’, a lo Kennedy : la tarea de construir la Galicia que supere la pandemia y busque recuperarse del retroceso económico debería implicar el señalamiento de horizontes que sean compartidos, más allá de partidismos, que generen esperanza. Que no sea por no lanzar el mensaje aunque no haya acuse de recibo. Aquella frase de Castelao que repetía Albor: "Non lle poñades tachas á obra mentres non se remata".

De usted, s.s.s.

Feijóo
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