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Espacios para la felicidad

Hay que añadir educación y sensibilización al impulso legislativo y de normas frente a la pandemia del feísmo

SEÑOR DIRECTOR:
"No solo hacemos mala arquitectura, sino que llenamos de eucaliptos Galicia". Es el titular de unas declaraciones del internacionalmente reconocido arquitecto pontevedrés César Portela. Acaba de ingresar en la Academia Galega das Ciencias. Su autoridad como arquitecto y como hombre de cultura que ama a su país le dan credibilidad, suscitan respeto e invitan a prestarle atención.

Ilustración para el blog de Lois Caeiro. MARUXATanto como de las grandes obras de este arquitecto —el Museo do Mar en Vigo o Palexco en A Coruña, para ceñirnos a Galicia— reparo con usted en alguna más humilde o menor. Le propongo disfrutar del elegante contenedor de la cafetería del parque Rosalía en Lugo; irse hasta el faro de Punta Nariga en la Costa da Morte, que nos puede servir como pretexto para hacer parada y fonda en el estrellado restaurante de As Garzas. Es una experiencia para los sentidos en la mesa y en el disfrute de la noche allí, con el silencio que subraya el mar, para despertar con un rico y variado desayuno; una visita a la actuación llevada a cabo en una carballeira de Lalín, que incluye piezas del escultor Sergio Portela. Equivale a regresar al útero de la terra-nai. O, en el camino de subida al faro de Fisterra, pararemos en el original cementerio, un núcleo de nichos de hormigón que miran al océano. Un espacio más que simbólico en una sencillez desnuda: "En el fin de la tierra para el final de la vida". No hay un nicho todavía ocupado.

Hubo o hay , según cuentan, resistencia en los vecinos para sumarse a esa expresión del encuentro final frente a lo desconocido. Allí podría hacerse real la voz de don Antonio Machado "y cuando la hora llegue del último viaje/y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar". Tuve la fortuna de pasar una noche de temporal en el faro del cabo Fisterra transformado con buen cuidado en hotel. Ningún equipaje más se necesita que la fuerza del viento y el mar que acogen. Cuando en la noche uno regresa, después de disfrutar del menú de O Fragón, y abre la puerta de acceso al faro-hotel, se siente ya parte integrante de una realidad diferente que marcan el viento, la oscuridad y el sonido de la fuerza del mar. Carece de todo valor lo que hasta llegar allí uno consideraba como imprescindible: preferiblemente casi desnudos, como los hijos de la mar.

Con el pretexto de esa doble denuncia que formula la autoridad de César Portela le propongo que reparemos una vez más en la fealdad y el mal gusto —eso que llamamos feísmo— que campa libremente por el país, incluso por los caminos de Santiago. Por cierto, algunos tramos en trazado de las rutas a la tumba del Apóstol deben responder al agotamiento del funcionario de turno, a las plegarias de algún cacique de los que aún quedan y quieren mostrar el peor rostro al que sin duda habrá contribuido o al uso de oscuras gafas de sol en día de espesa niebla por parte de quien decidió.

El excurso que hice con el pretexto del titular periodístico me permitió marcar algunas buenas muestras de arquitectura, con realizaciones de César Portela. Vale también en la digresión la austera sencillez, con alguna amenaza, que muestra el entorno de As Garzas en Barizo, a un paso de punta Nariga y su faro, en la Malpica que, según se mire, es principio o fin de la Costa da Morte. Pero no me atrevería yo a proponerle como modelo la construcción y el trazado urbanístico de lo que pueda verse en el casco urbano de Fisterra, de Malpica o Cee.

En la divertida película ‘Un franco, 14 pesetas’, hay una escena que transmite con fuerza lo que pretendo decirle. Carlos Iglesias (Martín en la ficción) despierta en el tren y observa desde la ventana el paisaje de Suiza: "Este país es como mi tierra, pero cuidada". Lo puedo hacer personal, con la experiencia del primer y sucesivos encuentros, siempre deseados, con el espacio de Baden-Würtemberg, el paisaje de la Selva Negra (Schwarzwald), el caminar por las calles de Friburgo, el viaje por carreteras suizas o por Baviera para encontrarse con la joya de Salzburgo en la frontera austríaca. Y, más próximo, observa el viajero por las carreteras de la Cornisa Cantábrica, por Asturias o Cantabria, los cambios en el cuidado y respeto al paisaje. Aquí en nuestro territorio, las sugerencias pueden invitar al viaje por los jardines de los pazos. Algo bien hecho. Feijóo le llevó al Papa un libro que los muestra. Hay que ir por Oca antes de que la peste que avanza por los setos de boj de Galicia amenace el esplendor de aquellos artísticos y centenarios buxos. La visita a los jardines de los pazos, si cuidásemos esta tierra como echaba de menos Carlos Iglesias en la película citada, debería figurar en las salidas didácticas de los escolares y en las excursiones que programaban para los viejos antes de la pandemia.

Hay un impulso del presidente Feijóo desde la Xunta en defensa y cuidado del paisaje y la arquitectura. Se ha multiplicado la legislación, la normativa y directrices de paisaje de Galicia. El paisajismo es ya grado universitario en una apuesta conjunta de las universidades de A Coruña y la de Santiago en el campus de Lugo. Hay hasta una paleta de colores para orientar a la hora de pintar las fachadas. Y hay que felicitar a Estrella Galicia por pintar en el Camino murales en medianeras o traseras de edificios, demasiadas veces a la espera del remate que no llega.

Pero sin duda falta la sensibilización y educación ciudadana, aunque avanza. Le he hablado en alguna ocasión de aquel maestro de mi infancia en Sobrado que nos llevaba a trabajar y cuidar el afrancesado jardín de la escuela, como una tarea educativa más. Repartía esquejes y semillas entre los alumnos para que hiciésemos plantaciones en nuestras casas. Lo recordé ayer, a don Francisco, al ver desde el coche en un jardín particular en Oleiros unos gladiolos espléndidos en una colorida floración. Para que el ocio sea algo más que barullo de copas nocturnas deberían educarnos la sensibilidad para las plantas.

La jardinería es fundamental para humanizar el entorno de la ciudad, de los pueblos o del propio hogar. Merecería potenciación en la FP y presencia en la enseñanza general. Todos los meses aparecen en The English Garden anuncios de cursos de diplomatura para jardinería profesional y otros para aficionados para diseño o cuidado de jardines familiares. Yahveh colocó al primer hombre y a la primera mujer en el jardín del Edén. De usted, s.s.s.

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