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Las complicaciones de los viejos

Hay un rostro de inhumanidad en la práctica de retirar a las personas mayores a espacios en los que solo les queda esperar el fin
Ilustración. MYRIAM ZILLES
Ilustración. MYRIAM ZILLES

SEÑOR DIRECTOR:

Dos noticias recientes, una de esta misma semana, hablan de maltrato o, si se prefiere, de las pésimas condiciones de atención a los internos en dos residencias de la tercera edad. Una mujer muere desnutrida y deshidratada en unos de esos centros. Es de estos días. De las informaciones con esta temática, que se repiten en los medios, puede deducirse que el interés de muchos familiares no alcanza a preocuparse por las elementales condiciones de vida y por la atención que reciben sus mayores en el centro a donde se han, o los han, retirado. Vamos a añadir, si usted lo estima oportuno, la multiplicación de sucesos en los que personas que viven solas se las encuentra muertas en sus domicilios después de días, semanas e incluso meses. Es obvio que vivían en la soledad absoluta. Estos hechos no dejan de reflejar graves carencias de humanismo en nuestra sociedad, aunque sea una verdad más que filosófica que el hombre nace y muere solo, por muy rodeado que físicamente esté de otras personas en esos momentos, como reflexionó Xabier Zubiri.

Financiar

La sociedad actual, en los países avanzados, tiene con el alargamiento de la esperanza de vida y el aumento del número de mayores un problema grave sin resolver. A finales de mayo hubo en Madrid un encuentro de premios Nobel, entre los que estaba Mario Vargas Llosa, que hablaron, debatieron y hasta sugirieron vías para afrontar esta realidad, tanto desde la vertiente personal como en los retos que supone para las sociedades y para la acción política y la gestión de los gobiernos. Estaba también allí Nicholas Barr, un ilustre profesor de la London School of Economics, experto entre otras materias en sistemas de pensiones. Cómo se financia, con costes como la sanidad que se multiplican con la longevidad, y cómo resuelven sus necesidades económicas estas personas mayores individual o familiarmente, más allá de la pensión que perciban como jubilados, cuando el sistema los expulsa de la opción de generar otros ingresos. No hay además fórmulas de ahorro para la población general, a pesar de todos los cantos a los planes de pensiones privados. A qué intereses responde realmente tanto por los gobiernos como por la entidades financieras, presentar estos planes como pócima mágica, algo que en estos momentos está muy lejos de serlo.

Lo decía el propio Barr, no hay conocimiento ni información válida para generar un ahorro y una inversión útil para los años que siguen a la retirada del mercado laboral. La pregunta del millón es cómo puede ahorrar para su jubilación un joven de hoy que no logra un empleo estable ni tiene capacidad económica por sus ingresos para hacer frente a la adquisición de una vivienda y crear una familia. Los alquileres suben, como conocimos esta semana, no solo por las viviendas turísticas, también y fundamentalmente por ser el alquiler la única opción que les queda a los jóvenes cuando esta no supone agruparse varios, como si continuasen siendo estudiantes, para hacer frente a los gastos de alquiler de un piso. Algo falla que supone una amenaza para pilares de estabilidad social y política

Votos

Las personas mayores son votos, cada vez más numerosos. Y son un problema, que marca la propia sostenibilidad del sistema de pensiones. La cuestión es si se está afrontando cuando vemos que los partidos políticos son incapaces de llegar a acuerdos en esa mesa de diputados que se ocupa del problema. Los economistas dicen que no se debería posponer la respuesta a esta situación.

No vaya a tener el viejo champán en la nevera cuando la otra castración la puede resolver en la farmacia

No es cierto, según los expertos, que la presencia de las personas mayores en la actividad laboral y económica reste posibilidad de empleo a los jóvenes. No representan igual productividad. Pero aquí hemos llegado a la pintoresca situación de que, por ejemplo, un pintor o un escritor que ha cotizado durante decenas de años y cumple la edad de jubilación haya de renunciar a la creatividad y a mantenerse en el mercado, a generar ingresos, si pretende cobrar su pensión.

Vivir intensamente

En la vertiente de posicionamiento personal, me permitirá usted que le cite el ejemplo que de Sócrates relató en ese encuentro de mayo el autor de Conversación en la catedral. Poco antes de beber la cicuta a la que había sido condenado para ser ejecutado, Sócrates pasó un rato estudiando persa. Quería aprender esa lengua, fue la respuesta que dio a sus verdugos cuando le preguntaron cómo se ponía a estudiar. La lección es fácil, hay que vivir con toda la intensidad posible hasta el último minuto. Así se comprende el deseo que declara el ya anciano escritor hispanoperuano en una reciente entrevista en la BBC, que la muerte le llegue con normalidad mientras esté escribiendo. Esa disposición de ánimo explica que casi a los ochenta años haya rehecho su vida sentimental y que ahora, a los ochenta y tres, anuncie para el próximo octubre la publicación de una nueva novela.

Aparcamiento

El tiempo de vacaciones es también ocasión para aparcar a los viejos en residencias o centros de la tercera edad. Son un problema. Un estorbo para la vida de quienes están en activo. Me dirá usted que soy un provocador, e incluso pudiera pensar que tan demagogo como un político en campaña, si le recuerdo que hay anuncios para denunciar la inhumanidad de abandonar a los perros, que como los viejos son un problema a la hora de irse de vacaciones. El no lo haría. Y nos conmovemos todos con el can que queda en la cuneta y corre tras el coche de sus dueños que emprende la huida veloz.

Pero no he visto, ni por parte de las administraciones públicas ni de asociaciones y ONGs, mensaje alguno que nos toque la fibra sensible con la imagen de un anciano al que se deja en uno de esos contenedores para viejos mientras la familia emprende el viaje hacia el hotel, el apartamento o el chalecito de la playa. Abuso de su tolerancia y doy un salto más en esta misma línea. Vivimos en un tiempo en el que el trato a animales y sus condiciones de vida están muy protegidos. Nada que objetar. Todo lo contrario. Formulo una salvedad, aunque no sea políticamente correcto, los excesos ridículos que abundan.

Bruselas y los gobiernos regulan el espacio que necesita una gallina ponedora en una granja o la temperatura y las paradas anti estrés de un camión que transporta ganado al matadero. Pero el hecho de que un gran número de personas de los países más avanzados acaben realmente aislados, agrupados o encerrados en intercambiadores vitales o contenedores de viejos no representa una alarma humanitaria. Digo intercambiadores por ser el tránsito en tiempo y el espacio de la vida activa al fin definitivo.

Así se entiende que los políticos crean que el aumento de la longevidad se resuelve con espacios de reclusión de viejos, llamadas residencias, y que en la práctica se realice además sobre ellos la castración económica, vía fiscal, para impedirle toda actividad que genere ingresos. ¡No vaya a tener el viejo champán en la nevera cuando la otra castración la puede resolver ahora en la farmacia!

Sería alargar por disfrute la longevidad.

Atentamente.

Las complicaciones de los viejos