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El absurdo se hizo presente

Proponerle al PP que bendiga la coalición que cocina Sánchez es invitar a Casado a tomarse la cicuta

SEÑOR DIRECTOR:

Una alta dosis de sinrazón está instalada en el acontecer político. No sucede solo en España, no es ningún consuelo. Galicia, de momento, está libre de la borrasca. Son tiempos de cambio que producen situaciones de desconcierto. El riesgo radica en que no aparezca, no se encuentre y sobre todo no se busque canal, o canales, de salida dentro del respeto a lo que se entiende por una sociedad abierta.

Mire usted, por ejemplo, para el Reino Unido , que acaba de celebrar elecciones esta semana con el triunfo de Boris Johnson, ese personaje estrafalario que lidera a los tories; con la victoria contundente en Escocia del SNP, que es todo un aviso, y con el hundimiento del laborismo que, para renegar hasta tres veces de la Tercera Vía de Tony Blair, emprendió con Jeremy Corbyn al frente una marcha hacia un horizonte que los votantes entendieron como espejismo.

Nadie imaginaba que la democracia parlamentaria más antigua del mundo llegase a una situación así, como la que llevó a este pintoresco personaje al 10 de de Downing Street. También era difícil imaginar que se produjesen unos liderazgos políticos como los hay hoy en España.

Bendición de la derecha

Es probable que usted y yo, como muchas otras personas, nos formulemos interrogantes y hasta nos echemos las manos a la cabeza con las noticias que llegan de descontroles y salidas de vía en demasiadas partes del mundo. Nos puede suceder lo mismo, o peor por la proximidad, si uno se detiene un momento, por lo que tiene de sintomático, en las declaraciones y propuestas que Pedro Sánchez formuló en rueda de prensa, tras ser propuesto como candidato por el Rey. Una soberana tomadura de pelo al derecho a la información de los ciudadanos, nada de la más mínima transparencia, tanto de lo que hace, negocia, y sus límites,, como de lo que pretende. La cerrazón que mostró no se justifica por el buen resultado de las negociaciones, cuando el temor, la incertidumbre y los peores pronósticos de lo que de ahí pueda salir calan en amplios sectores y no ya entre los que están predispuestos desde el extremismo ideológico. Era una buena ocasión para exorcizar ciertos demonios. No lo hizo. Y, además, mostró soberbia en su negativa.

Dejó también en esa comparecencia -poco o nada tuvo de rueda de prensa- unas pintorescas fórmulas de entender el funcionamiento de una democracia parlamentaria: le trasladó unas obligaciones a la oposición para él poder formar gobierno. Una cosa es demandar sentido de Estado y otra es exigirle al líder de la segunda fuerza que se tome la cicuta. Sería bastante más suicida, para el PP en este caso, que una gran coalición a la alemana.

Pedro Sánchez riza ya el rizo con ese estilo que practica de negociar por la izquierda la fórmula progresista -convendría saber cuáles son los contenidos de la misma- cuando después llama a la derecha para que ese matrimonio se pueda consumar. Y lo hace bajo la amenaza de excomunión para el PP por una hipotética responsabilidad que nos quiere presentar como una obviedad a los ciudadanos. Si fracasa en el intento, la culpa se la traslada a la derecha.

Si no hay mayorías claras, lo normal sería empezar a hablar entre las dos fuerzas más votadas y no necesariamente con el objetivo de una fórmula a la alemana de gran coalición (Grosse Koalition). Luego ya vendrían las prospecciones que fuesen necesarias para conformar mayorías y ya cabría con fundamento atribuir responsabilidades, si los líderes políticos son incapaces de convertir en gobierno el mandato fragmentado de las urnas.

Alguien debería recordarle de cuando en cuando a Sánchez cuál es su peso en escaños y cuál fue la evolución del voto después de las maniobras -todas las responsabilidades eran entonces de Pablo Iglesias y Podemos; Rivera ya pagó su empecinamiento- que llevó de abril a noviembre a repetir las elecciones-. De 123 pasó a 120 escaños. Está a 56 escaños de la mayoría absoluta.

Experimentos y legitimidades

Que algunos sectores y medios se escandalicen, e incluso algo más, ante la hipótesis de un gobierno de izquierdas y abran los nichos de la memoria histórica con la recuperación del concepto de frente popular, no legitima a nadie por la izquierda para emprender experimentos que pueden romper los tubos de ensayo. El envoltorio progresista no cubre esto. Y, aunque solo sea como nominalismo, sería aconsejable no resucitar lo que fueron lamentables fracasos. Las palabras las carga el diablo.

Pero insisto, si me lo permite, ¿cómo se le puede pedir al primer partido de la oposición, de centro derecha, que facilite el acceso al poder, vía abstención, de un gobierno de coalición de las izquierdas? Imagínese usted que Pablo Casado pactase con Vox para formar gobierno -algo que si se diesen las circunstancias no sorprendería a nadie- y que le demandase al PSOE de Sánchez la abstención para hacer viable tal coalición de las derechas. Las risas y las descalificaciones se oirían en todo el orbe terrestre. Es exactamente lo mismo a lo que le plantea Sánchez a la derecha cuando le pide que haga posible su coalición con Podemos, que cocina a fuego lento con el independentismo catalán. Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

El señor Casado como líder del PP ha dado muestras de incoherencia en la moderación ideológica que se espera de quien se define como centro derecha y no ha superado todavía el máster de interiorizar la España de las autonomías y entender que la unidad es real en la pluralidad. Pero eso no significa que como segundo partido más votado se le pueda ningunear por quien ha quedado muy lejos de la mayoría absoluta. El señor Sánchez cambia varias veces de caballo en menos de cien metros de carrera, tal como vemos y oímos. ¿Qué es lo que no entiende Pedro Sánchez de lo que han dicho? ¿No sabía lo que decía o lo que dice ahora?

No conviene olvidar que este Pedro Sánchez que llama a la responsabilidad de la derecha para él poder formar un gobierno de izquierdas e independentistas es además el mismo señor al que ayer mismo tuvo que descabalgar su propio partido cuando como una niño enfurruñado se aferró a su "no es no" y "qué parte no entiende del no", para hacer imposible la investidura de Rajoy.

Esta gente, señor director, se olvida de lo que dijo ayer y recuerda lo que sucedió hace 34 años. ¿Memoria selectiva? No, es una enfermedad que se diagnostica.

De usted, s.s.s.

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