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Julián Rodríguez, responsable del espacio Zona Franca, en los medios del Grupo El Progreso.

Los otros muros de Galicia

Crisis demográfica, raquitismo empresarial e inversión exterior son ahora los grandes retos

LOS MUROS que tiene ante sí la economía gallega no son kilométricos, ni se levantan sobre el furor proteccionista que proyecta la Casa Blanca tras la llegada de Donald Trump. No están construidos a base de hormigón, ni asentados sobre fronteras. Y tampoco el odio los ha erigido. Sin embargo, esos otros muros sí que los acabaremos pagando todos. Lejos de México, un país de acogida para miles de emigrantes y exiliados, Galicia intenta derribar murallas en forma de problemas. Veamos las amenazas sustantivas.

La crisis demográfica ha hecho saltar todas las alarmas, y por primera vez en muchos años, comienza a formar parte de la agenda política. Es un arranque. El debate, sin embargo, no puede pivotar, exclusivamente, sobre el fomento de la natalidad. Es mucha la literatura sobre el asunto como para no reparar en la clave que supone captar mano de obra inmigrante, y para ello la economía debe crecer. Un dato, la población activa gallega, 1,2 millones largos de personas, es la más baja desde 2006. Y la tasa de actividad, la segunda más baja de España, solo después de Asturias.

Hacen falta gallegos, como decía Fraga, y hace falta inversión extranjera, otro de los muros difíciles de derribar para la economía gallega. El dato, esta vez, se convierte en dardo. Entre 2004 y 2015, un período lo suficientemente amplio como para convencer a los más escépticos, la inversión de las empresas gallegas en el extranjero multiplicó casi por cinco los fondos que Galicia logró captar del exterior, que sumaron apenas el 1% de todo lo que recibió España en ese período. Una estrategia definida en este ámbito parece más que necesaria, que pase por plataformas de atracción y acogida, como la diseñada por el País Vasco.


Galicia crece y derriba muros, es cierto, pero no lo es menos que los que todavía quedan requieren de cambios sustanciales y profundos


El silencioso muro de la «terciarización» de la economía gallega parece imperceptible, invisible, pero para nada lo es. Es cierto que las economías avanzadas son las que cuentan con mayor hegemonía del sector servicios, y en Galicia es una evidencia, con un peso en el Valor Añadido Bruto de más del 69%, y con cinco puntos de crecimiento durante la crisis. Para caer en el dilema en el que se encuentra la economía gallega es mejor referenciar esta variable, la de la estructura de la producción, al empleo. Un ejemplo: del millón justito de personas empleadas en Galicia, unos 736.000 lo hacen en el sector servicios, mientras que la industria se lleva 165.600 ocupados, la agricultura y pesca aglutinan 77.500 empleos y la construcción otras 70.200 personas. Cifras elocuentes. Las preguntas parecen de cajón: ¿nuestra agenda política, esa que clama por un cambio de modelo, tiene en cuenta esta realidad que se impone con muy poca sonoridad? ¿Es necesario reindustrializar Galicia, como imploran algunas voces autorizadas? ¿Apostamos realmente por los servicios o su peso actual es una derivada más de la crisis de estos años?

El tamaño de las empresas gallegas, su raquitismo, representa otro hándicap. Un muro que creció unos palmos durante la gran recesión. En Galicia solo hay 1.100 empresas, según datos recogidos por el Foro Económico correspondientes a enero de 2016, que sobrepasen los cincuenta trabajadores. Es apenas el 0,5% del total, una especie única, por decirlo de algún modo. Frente a ello, una legión de autónomos (empresas sin asalariados), que suman el 54%. Galicia se mira en el espejo de las exportaciones y se ve guapa, marcando récords de ventas al exterior. Pero si se fija bien, la imagen se deforma, porque dos sectores, que es como decir dos grandes grupos, acaparan las mitad de esas exportaciones. Y son la automoción y el textil, que es como hablar de Citroën y sus auxiliares e Inditex y sus proveedores. Monocultivo.

El de los sectores productivos y su madurez es otra tapia que limita el crecimiento de Galicia. A la automoción, por ejemplo, se une la construcción naval, con una sobrecapacidad instalada que quedó en evidencia durante la crisis y que hizo de la propia Xunta su mejor agente comercial. Navantia, Barreras, Pemex... Fue por una razón: todavía son muy intensivos en mano de obra, grandes empleadores. Sin embargo, se echan en falta esfuerzos de la misma intensidad pero en otra dirección, y que apunten al complejo agroalimentario, el gran sostén de la Galicia interior y costera. Al agro y al mar se une la explotación de otros recursos que son como las eternas promesas en el deporte, nunca llegan a desarrollar todo su potencial, como sucede por ejempo con el monte y la silvicultura.

Galicia crece y derriba muros, es cierto, pero no lo es menos que los que todavía quedan requieren de cambios sustanciales y profundos. ¿Estamos realmente en ello?

Arias sigue en el Popular de Emilio Saracho
Paradojas de las finanzas y de la crisis, dos son los banqueros que siguen en pie, con puestos clave, en entidades que un día tuvieron algo de gallegas. Y nadie daba un duro porque fueran finalmente los elegidos tras el tsunami que dejó hecho un erial el sistema financiero autóctono. Curiosamente, ambos representaban propiedad en el capital, parte de su patrimonio familiar estaba en juego y no eran simples ejecutivos.

Se trata, por un lado, de Javier Etcheverría, que del banco familiar de Betanzos pasó a presidir lo que hoy es Abanca. Otro nombre propio, que ha resistido, es el de José María Arias, vicepresidente en el Banco Popular de Ángel Ron y vicepresidente también con Emilio Sarcho, el nuevo líder de una maltrecha entidad que busca reinventarse. Las pérdidas millonarias que presentó el propietario del Banco Pastor al cierre de 2016 no fueron sino el reflejo de una herencia, la de Ángel Ron, que Saracho no tiene por qué asumir, al menos en cuanto a autoría. Lo cierto es que José María Arias fue uno de los miembros del consejo del Popular que más motivos tenía para estar cabreado con su compadre compostelano.

La Fundación Barrié pasó en unos años (tras obligadas ampliaciones de capital a las que no acudió, es cierto) de ver su peso muy diluido en el Popular. Tenía el 7,8% del Popular en 2012, cuando se firma la absorción, y ahora cuenta con el 1,5%. Y eso son dividendos, ingresos que ha dejado de tener la institución. Motivos, pues, no le han faltado a José María Arias para cabrearse con la gestión de Ron. Y, ahora, tras alinearse con los díscolos, ve recompensado el apoyo a Saracho al mantener la vicepresidencia. Arias sigue.

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