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Julián Rodríguez, responsable del espacio Zona Franca, en los medios del Grupo El Progreso.

Las miserias del Popular

Los expresidentes Ángel Ron y Emilio Saracho ajustan cuentas y se insultan en el Congreso

INSULTOS como balas. No se puede pedir más a dos banqueros que convierten un culebrón en un auténtico folletín, ya que la crisis del Banco Popular sube de intensidad y cumple todos los ingredientes de dicho género dramático: ritmo intenso, argumento poco verosímil y simplicidad psicológica. De todo ello se han encargado nada menos que quienes fueron los dos últimos presidentes del banco, en etapas diferentes y por periodos muy distintos. Ángel Ron (Santiago de Compostela, 1962) y Emilio Saracho (Madrid, 1955) encarnaron esta semana el lado oscuro de las finanzas convirtiendo en un patio de vecinos mal avenidos nada menos que los salones del Congreso de los Diputados.

francaResulta difícil evadirse de la perplejidad al seguir las comparecencias de uno y otro en la comisión que investiga la crisis del sistema financiero, que dedica una pieza separada a la quiebra del Popular, "el mayor problema de la banca en toda Europa 
después de la crisis del Deutsche Bank", en palabras de Emilio Saracho, su último presidente antes de caer en manos del Santander. Algo más de un año de sepulcral silencio por parte de los dos ejecutivos desde que estalló la crisis para acabar rompiendo todos los límites con tal de defender su gestión. Ese fue el único denominador común de sus comparecencias en el Congreso, además de esporádicas alusiones al daño que se había hecho a miles de accionistas, como si pasaran por ahí cuando se realizaron las últimas y, a la postre, temerarias ampliaciones de capital del Popular.

Conviene situar a cada uno en su momento, y perfilar dos personajes que se han ganado a pulso su incorporación a un particular circo de los horrores del dinero, en el que figuran nombres propios como Rodrigo Rato, el fallecido Miguel Blesa o los muy nuestros José Luis Méndez y Julio Fernández Gayoso, entre otros. Emilio Saracho, procedente de la vicepresidencia mundial de JP Morgan, punto y aparte de la banca de inversión, pilotó el Popular tras el cese de Ron, apenas cien días hasta su liquidación y posterior venta por parte de Europa, un mecanismo que ambos también critican, aunque con argumentos diferentes. Ángel Ron, por su parte, era un chico de la casa. Llevaba unos treinta años en el Popular, siempre al abrigo de los Valls Taberner y el Opus Dei, hasta que llegó a la presidencia, en octubre de 2004. Llevó las riendas hasta febrero de 2017, cuando todos los males ya habían cerrado salidas viables para una entidad quebrada, con un problema estructural de solvencia desde la compra del Banco Pastor (2011) y falto de liquidez en sus últimos meses, hasta la intervención.

Algunas perlas. Saracho dice que, cuando llegó a la presidencia, el Popular era un banco que "engañaba", hacía "trampas", era "un desastre", "una caca". A su modo de ver una realidad diametralmente opuesta a la de Ron, el banquero madrileño, actual consejero de Inditex, se despacha asegurando que llegó como "bombero, pero a los pocos días me convertí en artificiero porque tenía que desmontar las bombas" que estaban en el balance. "Nadie en el banco me supo decir cuáles eran nuestras necesidades de provisiones; era como un avión volando sin licencia", aseguró dejando en evidencia, además, el papelón del Banco de España en toda esta crisis.

A la metáfora de los altos vuelos también se apuntó Ángel Ron. A su juicio, Saracho pilotó "un avión comercial como si fuera un caza", que solo hace "descensos en picado". Para Ron, Saracho "estaba dispuesto a estrellar el avión en la puerta del Banco Central Europeo". "Su principio básico como banquero de inversión era infundir pánico y asustar", añadió el compostelano, para asegurar que él y su familia también son damnificados por la última ampliación de capital, en la que pusieron, dijo, un millón de euros. Y el consejo, unos 500 millones.

Demasiados adjetivos y palabras gruesas y muy pocas explicaciones convincentes. El relato de la crisis del Popular de la mano de los dos expresidentes puede devenir en un sainete bochornoso si se siguen despachando con tanta soltura en público. Lo que no se dedicarán mutuamente en los reservados. Sin duda, la parte magra de la explicación a esta crisis no llegará de sus palabras. Tampoco de Europa, que vetó esta semana a un inspector del Banco de España en esa misma comisión de investigación, ejerciendo una mordaza muy poco presentable.

Será la verdad jurídica, en varias instancias, la que impere al final del túnel. Ángel Ron y Emilio Saracho afrontan un rosario de querellas por presuntos delitos de falsedad societaria, falsedad contable y estafa a inversores. Cuando se resuelvan, llegará el momento de conocer su mejor versión. 

La patronal gallega, abocada al turnismo

Camino despejado para la reinvención. Por insólito que pueda resultar, solo en clave de futuro podemos interpretar el último episodio en la crisis de la patronal gallega, uno de los actores del diálogo social, no se debe olvidar. Y ese mirar hacia delante marca un singular episodio con un proceso electoral que arrancó con la dimisión de Antón Arias y se cierra ahora sin candidatos a la presidencia, unos seis meses después. Vacío total de poder. Sin embargo, el hecho de que nadie quisiera dar un paso al frente, conocedores todos los barones provinciales de los recelos existentes, por no decir abierta enemistad, abre la vía a la refundación. Nada dicen los estatutos de los pasos a seguir cuando no se presentan candidatos. Por eso, son muchas las voces que claman por reconvertir la próxima asamblea general en la que se iba a votar al candidato en un auténtico proceso constituyente del que salgan nuevos estatutos y, siempre después, nuevo presidente.

La patronal es algo más que un reino de taifas. La división entre el norte y el sur es una herida abierta imposible de aliviar a estas alturas. Por eso, la reforma de los estatutos puede pivotar en la próxima asamblea por una vuelta al planteamiento diseñado el año pasado, con una presidencia rotatoria por dos años, que vaya pasando por cada uno de los presidentes provinciales. Esa es la única vía abierta hoy en día para que pueda haber un presidente.

El turnismo, aquel sistema político de la Restauración instaurado por Cánovas del Castillo, será reinterpretado ahora como único salvavidas para que los empresarios gallegos logren tener un presidente.
 

Las miserias del Popular
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